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Por Ignacio Ratier*

en twitter es @ratierignacio

Ilustración: Martín Junco Gómez

Siempre me llamaron la atención ciertas cosas del verano, pero hay un fenómeno que me produce una comezón  particular en el cuero cabelludo: sus hits, las canciones más escuchadas. ¿Por qué pegan tanto? Cuando emprendemos un viaje de descanso, con destino en la costa, se vuelven como moscas que perciben el sudor propio de la típica práctica del veraneo: echar el cuerpo bajo los rayos del sol.

¿Cómo se justificarían viajes de doscientos, quinientos, mil setecientos o tres mil kilómetros si no traemos a casa la piel tostada? Es un símbolo de distinción y carecer de él desespera tanto como una seguidilla de lluvias que impiden ir a la playa. Queremos volver de nuestro viaje así: negritos y tarareando lo último de Shakira con Carlos Vives, o los estribillos de las cumbias  más cancheras.

Mi destino es Mar del Plata, histórico bastión del turismo en Argentina, inequívoco termómetro para medir el éxito de la temporada, para calcular los niveles de una  crisis y realizar estimaciones acerca del comportamiento del ciudadano medio frente a un desbarajuste económico. En esta ocasión, he decidido disfrutar de la playa, maximizar sus beneficios y hacer caso omiso a cualquier atisbo de fiaca –suelo pegar faltazos cuando hago esta clase de viajes.

Mientras gozo de un día de sol y camino por Playa Grande, de los sitios más concurridos por los jóvenes en la ciudad, siento cierta incomodidad por la concentración física; hay toallas dispersas a pocos centímetros unas de otras, cuesta distinguir adónde comienza el territorio de cada grupo asentado en la zona y las personas, que oscilan entre los quince y treinta años, bailan, beben alcohol, fuman marihuana, generan vínculos motivados por intencionalidades diversas -a veces enigmáticas- o simplemente observan cualquier rasgo del paisaje que les provoque interés o excitación.

La música es la misma. Quiero decir, las canciones. No intento criticar por criticar. No. Intento describir: alrededor de diez hits se reproducen en loop, hasta el hartazgo, sin que esto parezca incomodar a nadie. Las moscas que te persiguen y perciben tu sudor, inevitablemente terminan impregnándose en todo lo que alcanzan; no basta con señalar que quienes nos exponemos a este ambiente terminamos repitiendo involuntariamente las letras sino que, además, las imágenes que se corresponden con dichas secuencias terminan por producir asociaciones de intensidad variable con esos sonidos. Al transitar la costa, en vehículo o a pie; al contemplar el mar y sus inmediaciones, un ruido de fondo se cuela y de pronto la película presenta una inesperada banda de sonido.

¿Será un sedimento inaudible para el hombre, que sobrevive como consecuencia de la repetición exagerada o serán los frutos de una costosa inversión libidinal? Lo cierto es que penetran, se internalizan y forman parte de algo adentro que perdura, a veces más, a veces menos.

¿Qué más producen estos sonidos? ¿La mera repetición explica el fenómeno? ¿De qué hablan estas letras?

El hombre vive de ficciones, o lo que también podemos llamar “relatos”. Hasta los gobiernos necesitan relatos. Todos, porque es el hombre el que los precisa; desde hace muchos años cuando se amuchaban en las cavernas. Dicen que así, a riesgo de equivocarme, nuestra especie adquirió una postura erecta, cuando un primo lejano del sapiens sapiens necesitaba el lugar que a sus costados ya no tenía para poder pintar en las cuevas. Por eso, cuando comenzaba a observar a esos cuerpos ávidos de ritmo, también me preguntaba por lo que se narra, por el contenido de esos sonidos penetrantes y efectivos.

 

Regreso a “la feliz” después de una ausencia larga: tres años. Digo larga porque para alguien que tiene seres queridos en un lugar y acostumbró desde niño a vacacionar allí, tres años es mucho. Decía, al comienzo, que es el bastión histórico del turismo en nuestro país, pues con los años los cambios sociales han ido modificando, a la par, los hábitos turísticos de los distintos segmentos sociales y, a su vez, también las percepciones acerca de los diferentes destinos. A lo largo de la historia, la ciudad fue una plaza privilegiada para una sociedad que conservaba todavía elementos de un pasado patricio, mientras que más adelante se constituyó como el símbolo del ascenso social a medida que los trabajadores acumulaban nuevos derechos y se permitían desconocidos placeres. Algo así como un fordismo a la criolla.

Recuerdo que en ocasiones, cuando era niño, en casa se hablaba de un tío abuelo al que le decían Albertito. Albertito era escritor, escribía poemas, cuentos, ensayos y, también, obras de teatro. Mi abuela consideraba oportuno traer a cuenta la anécdota de un día en el que su primo llegó, satisfecho con lo producido, con una obra de teatro en la mano. El fulgor se debía a lo ocurrente de su trama: un trabajador avieso de ensoñaciones que había pasado su vida imaginando el día en que por fin podría ir de vacaciones a Mar del Plata. El hombre, enamorado de una mujer que coloca no pocos escollos en el camino de la conquista, un día consigue sus anhelos: el tan ansiado viaje y la gracia de ir acompañado por la muchacha en cuestión.

Albertito era muy querido en el cenáculo cultural de Santiago, concurría con frecuencia a las tertulias de librería Dimensión. Con los patitos desenfilados en su cabeza, porque cuando el cortocircuito ocurre ya no hay vuelta atrás, terminó desagregándose progresivamente de la sociedad, finalizando su vida muy solo y alejado hasta de sus familiares más próximos. Pero al menos dejó este recuerdo –y otros más- que, aunque no me pertenezca del todo, creí conveniente compartir.

Continuando con Mar del Plata, el siguiente capítulo de la ciudad la encuentra más alejada de gran parte de las elites, ya consolidada como un centro turístico popular. Sin embargo, tiene un encanto producto de muchos elementos que la vuelven entrañable; las familias que bajan de los micros con sillas y sombrillas a cuestas, elevando cantos de devoción a la diosa arena; los jubilados y sus toppers, las medias tres cuartos con el elástico exigido a todo lo que da, las chombas más bien de color claro y preferentemente con rayas horizontales, y las bermudas estilo safari; los pintorescos paseos que pueblan nuestra filmografía y los álbumes de fotos familiares desde las páginas acromáticas; el asombro en la cara de los niños y jóvenes que ven por primera vez el mar, expresión que cautivó a genios como Deleuze en Deuville, cuando veía a aquellas personas inmersas en la experiencia de lo prodigioso, de lo espléndido, de lo inimaginable, de lo sublime.

Rodeado de todo ese encanto, cuando me encuentro tarareando a toda hora lo que el zumbido dicta, me propongo seguir haciéndolo pero de una forma más consciente. ¿De qué habla todo eso que repito? Lo que se me ocurre no es precisamente original; percibo una enorme maquinaria kitsch, pastiches como un montón de chicles pegoteados, sabor romance, novela rosa, un ligero aroma a melodrama y un componente pseudo beatnik por demás curioso. Se habla principalmente del amor, está claro, pero enmarcado en historias fugaces motorizadas por un combustible etílico y trágico. La encontré en el boliche/en la playa (no importa, había música, eso es lo que cuenta) y la encontré porque pude ser capaz de cobrar valor y mandar todo al diablo, salir por la noche y en el descontrol hallar lo que deseaba.

Un popurrí del verano podría decir algo como esto:

Una cartita que yo guardo donde te escribí que te sueño y que te quiero tanto/ y ahora quiero verte desnuda/ si me das yo también te doy/ yo te propongo esta noche olvidarnos de todo/ te hizo llorar por amor, ahora quieres vengar tu corazón/ esto para ti fue un juego, me pegaste fuerte y todavía me duele/ nos fuimos mirando y desafiando poco a poco/ esta noche está linda pa´bailar, todo te da igual/ Vente p´acá ah ah ah.

 

Las narrativas, amén de la furiosa bataola de machismo que despliegan, dicen que sufrimos, ¿quiénes? vos y yo; eso es lo que tenemos en común, por eso podemos entendernos y cuidarnos. Al menos por un rato, sobre todo si tenemos un par de copas encima. Son historias que saben que algo nos duele pero somos conscientes, a la vez, de nuestra finitud: no hay tiempo que perder. La propuesta es encontrarnos en la pista, seducirnos y conquistarnos. No puede fallar

Lo que escucho se parece mucho a lo que veo, eso es lo que me asombra, tal vez por ingenuo. ¿Cómo es que esas relaciones rítmicas se asemejan tanto a ciertos aspectos de la vida social observables en ese sitio?

Veo, a un costado de la mesa en la que escribo este texto, la tapa de la última edición de la Revista Crisis, y dice: seamos consumidores lo demás no importa nada. Rápidamente recuerdo un pasaje de Las partículas elementales, para algunos críticos la obra cumbre de Michel Houllebecq, donde habla de la progresiva ampliación del mercado de la seducción y los vínculos del sexo con la economía en un mundo abigarrado de formas neoliberales. No soy de esos conspiranoicos que andan por la vida con chaleco anti-balas mágicas y que creen que las industrias culturales fabrican nuestros hábitos sobre la base de nada, apelando a elementos puramente imaginarios que luego irán materializándose a medida que se inyectan en la psiquis de las masas (¿de las qué?). Al contrario, creo, tal vez siguiendo a los que sí saben del tema, que la música popular construye identidades a partir de valores, creencias y prácticas preexistentes a estos productos.

Justamente porque que esos valores y esas prácticas preceden al producto, creo conveniente retratar una imagen de un día cualquiera en la playa: un joven posa, frunce todo lo que sea susceptible de fruncimiento en su cuerpo, mientras la música a todo volumen emana de los parlantes que llevó junto a sus amigos. Ellos esperan recibir atención, obtener al menos un número para telefonear y hacer previa a la noche antes de ir a Nirvana, el boliche canchero que se pone los lunes. A dos metros, un grupo de chicas parecen preocupadas; a una de ellas se le escapó decir adonde estaban y es posible que “unas minas que no aguantan se les penquen”. Sacan la bebida, preparan tragos y dejan que todos vean cuánto les gusta el vodka. Se me antoja un vaso. En ese infiernillo de toallas y objetos al borde del  extravío, el cuadro parece sobrecargado de teatralidad, un manojo de imposturas, por momentos, insoportable.

Somos espectadores de nosotros mismos porque nosotros mismos somos la mercancía. Hay cosas que se obtienen a cambio de dinero y hay otras que se consiguen a cambio de la moneda simbólica de la aprobación ética y estética. Nuestro cuerpo está a la venta, tiene un precio y, en algunos casos, contamos con sofisticadas estrategias de marketing. El diagnóstico de Houllebecq, planteado dos párrafos arriba, se remonta a los años ochenta, en los orígenes de la filosofía new age y toda la maraña de religiosidad oriental y liberación individual. Para el escritor francés, esas nuevas expresiones y modos de estar en el mundo no eran más que los primeros síntomas del fracaso y degradación de la generación de los hijos del mayo del 68`; para él, ese hedonismo a ultranza era una fuerza en expansión.

Sin embargo, la temporada en Mar del Plata no se reduce a jóvenes escuchando y bailando siempre la misma música, seduciendo y vendiéndose. Hay mucha tela para cortar más allá de eso. Para sus residentes la cosa ha ido mal, cada vez que pregunto “che, no está tan mal dentro de todo ¿no?”, los taxistas y comerciantes en general me contestan que no, que está mal, y siempre se muestran monotemáticos: sólo hablan de la temporada y de lo difícil que es la vida el resto del año.

Veo el amanecer en la costa, el sol brotando desde adentro del mar, y no se me ocurre algo más hermoso, no concibo una vida difícil en un lugar así. Puede que haber conseguido cerveza a buen precio sesgue un tanto mi visión. Pienso en las playas interminables, en la extensa variedad de lugares para visitar, y aunque en todos esos sitios haya un nicho para el mercado de la seducción, se escucha más que cumbias-pop o reggaetón. Hay una playlist para cada momento; para procesar el final de una relación, celebrar, expresar bronca, para el exceso de politicidad en sangre o cualquier estado de ánimo. Distintas expresiones, colectivos e individuos se encienden a cada momento en una ciudad vastísima que nunca se termina de conocer del todo.

Es cierto, a veces me invade la sensación de habernos perdido en un laberinto, persiguiendo el mito de la autenticidad para, nuevamente, terminar bajo el mismo sol. No somos los mismos pero vivimos en el mismo tiempo.

Ahora que febrero se diluye y el verano se aleja lentamente por la acera caliente, estas cosas se me vinieron a la cabeza. También se me ocurre que todo ese clamor reaccionario de la juventud perdida, sólo tiene sentido cuando veo que intentamos encontrarnos. Todo el tiempo. Perdido está quien deja de buscar. Un maravilloso poema de Juana Bignozzi se presenta ante mí, sonrío porque ahí hay una forma de felicidad, y susurro algo que nadie va a oír: …aprendí hace mucho / que no hay nada más patético / que la canción del verano  / la canción del momento/ pasado ese verano / pasado o ese momento.

*Periodista y Lic. en Comunicación Social.

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