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Por Omar Layús Ruiz

Aprovechando el calor de Enero, hace unas semanas hice el chiste de prepararme un Campari –uno de mis brebajes predilectos y que supe trasladar desde la coctelería estrictamente veraniega, al resto del año- en uno de esos frascos de mermelada que están de moda; luego sacarle una foto y subirla a Facebook para leer más tarde los comentarios de aquellos amigos a quiénes si conozco personalmente y que saben de mi militancia anti lomopizza, trago en frasco y demás obscenidades. Los veía venir. Iba a ser divertido lidiar con ellos.

Exprimí una naranja, corté dos ruedas de un pomelo rosado que hace varios días deseaba usar, llené el frasco con hielos no sin antes poner cuidadosamente una de las rodajas al costado para que pudiera apreciarse en la presentación final; serví un poco menos de la mitad del frasco con el aperitivo y luego el jugo de la naranja exprimida.

Como me faltaba el sorbete para coronar la presentación, no me quedó otra que usar uno de los que vienen en los vasos que compramos un día con mis hijos en ese paraíso terrenal infesto de PVC que son los bazares que ahora riegan las peatonales de Santiago. Porque si hay algo que brotó en la llanura del centro comercial local son los bazares.

Relegados al rubro luego del sucesivo repliegue de otros que parecían más atractivos como bares, restaurantes y locales de ropa. Sumado a la improbable llovizna de inversiones y el consecuente reflote de nuestra economía,  por cortesía de un gobierno que le ganó las elecciones presidenciales por tan sólo un punto a un candidato que si ahora lo miramos de lejos, venía bastante deteriorado; los bazares ofrecen objetos de minoreo que todavía le permiten a la maldita clase media volver a su casa con, aunque sea, algunos tápers de buena calidad, coronando el paseo por el centro.

Volviendo a mi bebida, la estética del frasco me llevó a pensar una infinidad de alternativas de uso que van desde el ecologismo, el reciclaje cool, el retorno del arte readymade y todo eso que parece salir de esas páginas de Facebook que nos enseñan  a fabricar un satélite con un barril de combustible, dos perchas y un rollo de papel aluminio.

Hasta que vi las empanadas en frasco.

Un espectáculo aberrante. Aberrante no sólo porque la presentación carece de sentido funcional (dónde está el limón, por ejemplo) sino porque reafirma este espíritu de época que llegó hace un poco más de un año.

El nuevo gobierno, enmarcado en las derechas que se calcan en España, Brasil, Perú, Francia, Estados Unidos y que quieren volver en Venezuela, Bolivia y Ecuador trajo consigo, como toda derecha que se precie, un repertorio de significantes que volvieron a vaciarse para que los bienpensantes de nuestra época los carguen nuevamente de sentido: la publicidad de Chevrolet sobre la meritocracia, la editorial de La Nación del 23 de noviembre de 2015 un par de semanas antes de la asunción del nuevo presidente, las nuevas autoridades de las administraciones de ciencia y técnica pidiéndole a los científicos que se conviertan en verdaderos emprendedores, el replanteamiento de lo realmente federal reclamado desde las páginas del gran diario argentino, los filósofos zen, los billetes con animalitos, las neurociencias y demás cosas que conjugan aquello a lo que vienen las derechas al mundo: liberar las economías, deshistorizar los pueblos, retraernos al individualismo, la codicia personal y el cinismo de mercado.

No sorprende al caso ver una empanada en un frasco para una sola persona.

Las empanadas, como el asado y los fideos amasados, se comen de a varios y es poco probable que, al tratarse de empanadas, sólo nos comamos una.

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