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Martín Kohan: el prejuicio del crítico literario como escritor frustrado es algo a lo que me opongo

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Por Esteban Brizuela

Allí está, sentado en el bar del hotel donde se aloja, el ensayista, novelista y crítico literario Martín Kohan. Lee, sin lentes y con el libro casi pegado a los ojos, Artigas blues band de Amir Hamed. Faltan dos horas para que en el marco de la 7° Feria del Libro de Santiago del Estero pronuncie su conferencia titulada “Hoy un juramento” (El nacionalismo y sus límites)”. 

Kohan tiene una trayectoria notable en cuanto a producciones de novelas y ensayos. Narrar a San Martín (2005) y El País de la Guerra (2014) son libros en los que aborda cuestiones vinculadas con la narrativa de la historia argentina. Algunas de sus novelas más celebradas son Ciencias Morales (2007), Bahía Blanca (2012) y la que publicó este año: Fuera de Lugar.

Riguroso, metódico y apasionado, Kohan dialogó extensamente con Subida de Línea acerca de su formación, sus obras, sus maestros, su relación con la literatura que se produce actualmente y sobre la vinculación entre intelectuales y política. Pero comenzamos hablando de la temática de su conferencia y la relación con un gran autor santiagueño: Ricardo Rojas.

Has venido a la Feria del Libro para dar una conferencia sobre el nacionalismo y sus límites. Lo que veo en tu caso es un marcado interés en la historia, pero dentro de la historia en la construcción de relatos y los mitos. ¿Es así?

Ahí está la marca de mi formación porque yo soy crítico literario y, por lo tanto, cuando me acerco a los materiales de la historia, me acerco no para otorgarles el estatuto de la ficción, porque siempre me he resistido a ese juego finalmente banal de igualar ficciones e historia, pero sí por el lado de lo que supone construcción de personajes y construcción de narraciones. Fijate que el hecho de que en castellano tengamos la misma palabra “historia” tanto para referirnos a la realidad de los acontecimientos como la narración que se hace de ellos, para mí es una señal al respecto; en otras lenguas hay una palabra para cada cosa. En verdad mi acercamiento nunca es a los hechos, a la empiria, como podría hacerlo un historiador, a mi me interesan las narraciones, que es lo que se supone que sé leer, abordar y desarmar.

Dentro del nacionalismo aparece una figura muy ligada a Santiago del Estero: Ricardo Rojas. ¿Lo has trabajado a este autor?

SI, de hecho en la feria hay un stand que tiene ediciones originales de Rojas, acabo de ver eso.

Y se lo toma como uno de los padres del nacionalismo…

Sí, es una figura clave del Centenario y además es una versión de lo que llamaríamos nacionalismo liberal. Dentro de lo que el nacionalismo ofrece como espectro, seguramente el de Rojas es lo más atendible, incluso para los que tenemos ciertas prevenciones respecto a cualquier formulación en términos de nacionalismo. Por supuesto fui a parar Rojas no solo con La Restauración nacionalista, que es el texto que corresponde al Centenario y coincide con la intervención de Gálvez hacia esa época. Habiendo trabajado a San Martín, para mí El Santo de la espada fue clave, tan clave como la Historia de San Martín de Mitre, y al mismo tiempo eso me llevó a otros textos de Rojas, porque trabajando la configuración de San Martín en Mitre no podía sino hacer el juego en relación con Belgrano, en cambio en Rojas la señal era que hiciera el juego con Sarmiento. Si las dos grandes historias de Mitre eran las de San Martín y la de Belgrano, las dos grandes biografías de Rojas eran la de San Martín y de Sarmiento, entonces también fui a El profeta de la Pampa, y no me parece casual que siempre centrándose en San Martin – quien parece inexorable en el panteón argentino- para Rojas el movimiento fuera hacia Sarmiento dentro de esta visión del panteón nacional más liberal.

Claro, porque es un texto condescendiente y halagatorio de la figura de Sarmiento…

Lo es, porque en definitiva es la tradición liberal, y de hecho El Santo de la espada aparece en tensión con un nacionalismo más castrense, porque son los años de la aparición del San Martín de José Pacífico Otero, por lo que hay no solo una disputa del nacionalismo y las perspectivas críticas del nacionalismo sino disputas entre versiones diferentes del nacionalismo.

En tu escritura sos un anfibio que se mueve en diferentes registros: la novela, el ensayo, la columna periodística, la crónica. ¿Tienes diferentes disposiciones para la escritura, distintas  prácticas o hábitos según lo que estés escribiendo?

Bueno, son géneros o subgéneros distintos, todos ligados a cuestiones de trabajo. La mayoría de quienes nos dedicamos a estas cosas tenemos varios trabajos, porque casi todos están mal pagos, digo para darle a esto una encarnadura muy concreta en las condiciones de escritura, que no es la del diletante que ensaya distintos géneros por puro gusto. A mí me convoca mucho encarar todo con el mismo desafío de escribir. Para mí hay algo respecto de la escritura y respecto del lenguaje por lo cual no es que se escriba todo igual, porque siempre son distintos registros discursivos y distinto horizonte de lectura, por lo que sería un error no modular esas variantes, lo que no implica que yo no me esmere en escribir todo con el mismo cuidado y con el mismo rigor. No es que hago algunas cosas con detenimiento y otras al pasar. Para mí no hay escrituras al pasar.

Tienes un doctorado en Letras pero decías en una conferencia que elegiste no hacer la carrera de investigador. ¿Esto tuvo que ver con que una carrera de investigador te hubiera obligado a enfocarte en poner tus mayores esfuerzos en determinada temática y lo que te gusta en realidad es moverte en diferentes géneros y ahondar en temáticas diversas?   

Yo diría que fue una interrogación acerca de en qué consistía mi vocación. Yo seguí Letras por vocación pero para mi gusto hay una integración por la cual se supone que todo docente es también un crítico literario, y todo crítico literario es también un investigador. Se da por sentado de que alguien que ha estudiado Letras y se dedica, como yo, a la docencia, hay cierto tipo de práctica que va de suyo. Y yo no creo que sea necesariamente así. Hay críticos literarios extraordinarios sin vocación docente. En mi caso no tengo vocación de investigador, como podría haber descubierto que no tenía vocación para la docencia. Entonces, el ensayo me interesa muchísimo, la crítica literaria también; la investigación no, no tengo talento para eso, porque es un tipo de escritura que no es exactamente igual que la crítica literaria; es un tipo de relación con los materiales distinta, sino sería lo mismo un investigador que un crítico, y no es así. En esa distinción ratifiqué mi vocación de crítico porque me encanta, en términos de Barthes, poner por escrito las propias lecturas. Un trabajo de investigador supone poder disponer de un proyecto de largo aliento, poder diseñar y redactar un proyecto, ser capaz de  articular informes de avances de un proyecto, responder a parámetros de géneros discursivos bien establecidos con respecto a cómo se elabora un proyecto, y eso no forma parte de mi vocación.

En la actualidad se produce mucha literatura y hay críticos que se dedican a leer lo nuevo y realizan una especie de panorama de esa nueva literatura. Pienso en Los gauchos irónicos de Juan Terranova o Los infames de Maximiliano Crespi. Hay otros que como Abelardo Castillo, ante la pregunta de si vale la pena arriesgarse a leer lo nuevo por el miedo a perder tiempo, prefieren releer a los clásicos. ¿Cuál es tu caso?     

Leo mucho lo nuevo y ese riesgo del que vos hablás es un riesgo que no me disuade sino que me convoca. A mí me motiva muchísimo formar parte de esas definiciones de aquello que vale la pena o no, para usar tus términos. No quiero estar a la espera de que alguien o varios definan eso, no me interesa pensar que una instancia exterior a mí va a validar cuáles son los escritores que valen la pena y cuáles no, y una vez que eso está dirimido entonces yo llego y leo solo lo que se ha señalado como lo que vale la pena…a mí me interesa participar de esa elaboración, porque además no hay un sistema ISO 9001 para establecer criterios de calidad. Me interesa participar de las disputas del valor de la literatura, y eso supone leer cosas que me van a entusiasmar muchísimo y otras que no, y las que no me entusiasman también me convocan, como crítico y como narrador. ¿Por qué no me gustó? Cuando un texto me parece que no, ¿por qué no?, ¿qué es lo que me parece que no funciona? ¿cómo creo que debería haber sido? ¿cuáles son las apuestas que me interesan? Yo no tengo eso completamente resuelto, no es que tengo una máquina evaluativa totalmente establecida y con eso yo mido.

Además intuyo que muchos escritores de las nuevas generaciones han sido tus alumnos…

Los dos que nombraste sí, ¡por eso no me quieren! Crespi estuvo como adscripto en una de las cátedras en que yo estoy, o sea que en realidad fuimos compañeros. Y Terranova claro, fue alumno mío y seguro que no le puse la nota que él creía merecer. El seguro creía que merecía un 10….

Te voy a nombrar a tres críticos que creo han sido importantes en tu formación y quisiera que me digas algo sobre ellos: David Viñas, Ricardo Piglia y Beatriz Sarlo.     

Además de nombrar a tres grandísimos críticos, nombraste a tres de mis profesores. Yo cursé con David Viñas dos cursos de literatura argentina del siglo XIX, con Beatriz Sarlo cursé literatura argentina del siglo XX en 1987 y después un seminario sobre literatura y dictadura en 1988. Con Piglia cursé otro seminario en 1990. Fueron mis profesores, además de haberlos leído, y en el caso de Piglia y Sarlo tuve el privilegio de haber establecido un vínculo y un diálogo más allá de haber sido alumno. Y puedo agregar que tuve como profesor a Noe Jitrik, a Nicolás Rosa, a Josefina Ludmer, quien además dirigió mi trabajo sobre San Martín.

De hecho, El País de la Guerra está dedicado a Ludmer…

Es que mi trabajo como crítico le debe muchísimo a ella. Uno hace con estos críticos y profesores un trabajo no tan distinto a lo que hace un novelista. Por ejemplo, cuando escribes novelas vas leyendo y vas tomando cosas que te interesan de otros autores, un aspecto o dos aspectos de uno, otros aspectos de otro y finalmente lo que soñaríamos como originalidad, en el mejor de los casos es una combinatoria.  Y en el caso de la crítica, la lectura de Ludmer me ha marcado muchísimo, sobre todo su idea de construcción del objeto de estudio.

Así como estos críticos fueron tus referentes a nivel nacional, creo que hay a dos a escala internacional que fueron faros en tu formación. Me refiero a Walter Benjamin y Roland Barthes   

Bueno, son como faros tan altos….Sí, obviamente me han deslumbrado pero en cuanto a la elaboración de conceptos y de posicionamientos teóricos, Adorno para mí es alguien fundamental y definitorio. En Benjamin y en Barthes está la premisa de que un crítico literario es un escritor, que en un punto es casi un lugar común. Sin embargo, muy a menudo no se termina de ver a un crítico literario como un escritor en pie de igualdad con el novelista o cuentista. El prejuicio del crítico literario como escritor frustrado es algo a lo que me opongo.

Esa idea de Sartre de los críticos como guardianes de cementerio….

Me parece un planteo totalmente falso. Y precisamente con Benjamin y Barthes estamos frente a extraordinarios escritores. En el caso de Barthes me parece notorio, y eso me parece que se puede transferir a Piglia, porque hay un juego de seducción muy a menudo en la persuasión de sus hipótesis y de las ideas que aportan que tiene que ver con los efectos encantatorios de su retorica y su escritura. ¿Cómo un crítico podría ser un escritor frustrado si en realidad es un escritor?

En tu doble condición de novelista y crítico, ¿prestas atención y lees las lecturas que se hacen de tus obras de ficción?

Por supuesto, nada más lejos de mí que una actitud displicente, por el contrario, estoy interesado y pendiente. Pero ahí no se conecta el narrador y el crítico literario, porque no vuelvo a mis textos con mi mirada de crítico, sobre todo porque no releo mis textos. Yo he leído un solo libro mío, que fue Dos veces junio y en una supervisión de una traducción al portugués. Fue la única vez que agarré un libro mío.

¿Tampoco los ensayos?

No, para mí el trabajo está terminado. Puede ocurrir que coyunturalmente, de manera muy excepcional, reviso algo. De Narrar a San Martín no volví a leer ni una página más: ya está. Es la relación que tengo con lo que escribo, es una relación hacia adelante, yo estoy mirando lo que quiero escribir y no me seduce volver a lo ya escrito. Por lo tanto, las lecturas que se hacen sobre mí son siempre iluminadoras. Y cuando son reseñas periodísticas que no son muy afectuosas, me afectan muchísimo, por supuesto, pero aún en el desacuerdo esas lecturas me ayudan a pensar sobre lo que escribo.

¿Y tus textos de ficción a quién o a quiénes sueles dar a leer antes de publicarlos?

Hay un elenco relativamente estable, las que más se han ido desplazando, a mi pesar, son las esposas. Los amigos han permanecido más, las esposas han virado pero ahora confío en haber hecho una estabilización perdurable: me casé el año pasado y espero ya tener una lectora estable. En el caso de la persona que vive con uno no es solo que terminaste y le pasaste el manuscrito, para mí funciona en el sentido de que cualquiera pasa un día de trabajo y cuando llega la noche se cuenta lo que hizo.

Claro, no es pensado sino que se da en la cotidianidad

Cuando voy a la cancha y llego a la noche cuento cómo fue el partido. Cuando estoy escribiendo, le leo lo que escribí. No quisiera darle tonos solemnes, no es ninguna escena solmene.

Hace un rato te preguntaba por críticos, pero hay un escritor que es Juan José Saer y sueles declarar que ha sido fundamental la lectura de su obra.  

Sí, ha sido central para mí. Y fijate que las cosas están conectadas a la vez porque lo primero que yo leí de Saer a los 20 años fue Glosa, en el seminario que daba Beatriz Sarlo en la facultad. El impacto y el deslumbramiento que para mí supuso la lectura de Glosa dura hasta el día de hoy.

Sarlo dice que es uno de los mejores escritores argentinos. ¿Coincides?

Coincido y coincido en que luego de Borges, Saer es el mejor escritor argentino. Y ese impacto de lectura se tradujo en un estimulo de escritura, cosa que no pasa siempre porque uno puede sentirse impactado por un escritor pero que no interpele tu propia escritura. En el caso de Saer mi deslumbramiento de lector fue inseparable de la disposición de nutrirme de eso y aprender de ahí.

Si Saer ha sido un autor fundamental que conociste en tu juventud, ¿cuál ha sido el último autor joven que te deslumbró?

Mirá, de los jóvenes me gusta mucho Leonardo Sabattella. Tengo mala memoria, porque son varios. Hernán Arias me gusta mucho, Matías Capelli también, y son escritores de alrededor de 30 años.

¿Hernán Ronsino?

Sí, también.

Porque lo vinculan con la escritura saeriana…

Creo que leí todo lo de Ronsino, y hace una combinatoria particular, porque es el mundo Saer en gran medida y después tiene combinatorias porque tiene al mismo tiempo una tradición Conti. De los escritores de mi edad las novelas de Gustavo Ferreira me parecen colosales; El espectáculo del tiempo de Juan José Becerra me parece un libro deslumbrante. Luis Sagasti es un escritor que me interesa mucho, Bellas artes es un libro fabuloso. Sí, leo mucho y me estoy olvidando de muchísimos.

Se nota que sos un apasionado de lo que haces e intuyo que tienes una gran disciplina para el trabajo. Alguna vez leí que te propones leer al menos 80 páginas por día. ¿Todavía es así?

Son más, son entre 90 y 100 páginas. Contrariamente a lo que parece, que parece una actitud de autoexigencia, me puse eso al revés: para poder parar. Porque se podría decir “¡ah cómo se exprime a sí mismo!” o “¡qué autodisciplina!”… no fue así, porque en un momento me parecía que nunca era suficiente y no sabía parar, siempre me parecía poco lo que había leído, siempre me parecía poco lo que había hecho. Yo además leo lento, leo lento en el sentido Saer, tengo una relación con la lectura de una cadencia pausada, con lectura detallada y pormenorizada. No voy rápido, el ojo no corre, no tengo golpe de vista, no hay diagonales en mi lectura. Entonces un momento me dije ¿cuánto sería razonable? Bueno, tanto, entonces tengo que permitirme parar.

¿Sigues escribiendo en bares?

Si, lo de las bares no tiene que ver con la escritura, los bares son lugares para estar. El bar es el lugar donde más me gusta estar; no es la escritura lo que me lleva al bar, es la vida la que me lleva al bar. Hoy llegué a la mañana y en la habitación no estuve, dejé las cosas y me fui al Bonafide cerca de la plaza, después me fui al bar del Forum y ahora estoy acá. En un rato iré a otro bar porque no hay un lugar en donde me guste más estar. Entonces sería una distorsión decir que escribo en bares: leo en bares, desayuno en bares, veo futbol en bares, preparo clases en bares, me encuentro con la gente en los bares. La mayoría de mis amigos no conoce mi casa, porque si alguien me quiere ver nos vemos en el bar. Para mí los bares son los lugares para estar, incluso solo. Estuve muy poco en mi casa a lo largo de mi vida, no me gustan las casas, así como hay gente que no le gustan las plazas o no le gustan los aviones, bueno, a mí no me gustan las casas como un espacio para estar, no encuentro dónde estar en una casa, en la cama me aletargo, en los sillones tampoco me gusta estar, en cambio el bar es perfecto.

En una entrevista decías que la literatura es uno de tus tres temas preferidos de conversación. ¿Cuáles son los otros dos?

La literatura es el tercero, no hablo mucho de literatura. Yo sigo siempre los temas que me sacan, me han educado así, cuando a uno le hablan, contesta. Es raro que yo saque un tema. Yo trabajo de hablar de literatura, a veces por ejemplo me pasa que doy una conferencia, que la doy con muchísima pasión, me encanta, además yo tengo el criterio de que eso puede durar indefinidamente; si hay preguntas, si hay comentarios o algo para decir… yo he estado más de cuatro horas dando charlas y por mí no terminaría. Muchas veces pasa que terminás, te vas a cenar y quienes te acompañan quieren seguir hablando de literatura, y yo ya no quiero. En una escena de sociabilidad la literatura ya no es un tema para mí. El tema de conversación que más me gusta es el futbol, y con cierto tipo de sensibilidad y empatía con el interlocutor, el amor. No con el que sabe de amor tipo Julio Sosa, sino con lo que a mí me parece el único saber amoroso que es el de la perplejidad, el de no saber, el de escrutar e indagar algo que nos desconcierta siempre y que nunca terminamos de entender lo que nos pasa, nunca terminamos de entender lo que pasó y a la vez no podemos dejar de interrogarnos. Hablar de eso con quienes vivieron o viven un trance amoroso me encanta.

Te propongo un último tema: los escritores y la política. Considero que respondes a la figura del intelectual y se ha hablado mucho en estos últimos años de la necesidad de ponerse de un lado o de otro. Pero por tus participaciones en el programa 678  y otras intervenciones en medios de comunicación, me parece que no te sientes cómodo con esa división tajante. ¿Te niegas a ese antagonismo?

Con tomar partido sí estoy de acuerdo. Pero hay dos fanatismos simétricos, cierto modo del ser K, y recalco “cierto modo”, que tiene mucho de obcecación e inflexibilidad pero no veo menos obcecación e inflexibilidad en la rabia anti k, que me resulta igualmente insatisfactoria. Entonces, primero que el corte no tiene por qué ser binario. Mis posiciones políticas responden al Frente de Izquierda, con quienes también tengo discusiones. Pero por qué tendría que aceptar el corte binario, en una determinación que no se sabe de dónde viene, si sos k o anti k.

Se trata de no aceptar la pregunta entonces

Claro, porque la pregunta te marca la respuesta. O sos un incondicional del kirchnerismo o sos lo contrario. En mi caso no solo no he sido incondicional, no he sido nunca kirchnerista, nunca los voté. Hace años que voto a candidatos del Frente de Izquierda, con quienes tengo acuerdos y desacuerdos. Con el kirchnerismo los acuerdos nunca me resultaron suficientes como para votar a sus candidatos. Y los desacuerdos los he podido plantear y discutir de la mejor manera en 678, o con Horacio González en alguna feria del libro de Lima con absoluto respeto y para mi enriquecimiento. O con Daniel Filmus en una feria del libro de Guadalajara. Desacuerdos, intercambios, acercamientos, distancias. Aprendí muchísimo en el acuerdo o en el desacuerdo. Y si un intelectual no puede entrar en la gradación de matices, en la complejización de una elaboración y no puede sino caer en las posiciones binarias tajantes, eso es lo contrario de pensar. Lo que uno agradece a González o Sarlo es que ayudan a pensar cuando estás de acuerdo o cuando no. Lo que le agradecés a Ricardo Forster o Tomás Abraham es que los lees y te ayudan a pensar lo que no habrías pensado sin esa otra palabra.

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