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Por Soria y Obes.

Es ingenuo pretender que un programa televisivo haga las veces de gran iluminador, dejando al personaje prístino a la mirada de los contemplativos. El público argentino ya manejaba información crítica del primer mandatario, y el programa de Mirtha no hizo más que confirmarlo, con toda la profusión y las deformidades que el medio puede lograr con los detalles. Nada más que eso.

¿Qué tal si Macri reaccionaba rápido y respondía con precisión las preguntas de la conductora? No digo con exuberancia, porque la impostura sería notoria -súmenle las suspicacias más que justificadas. El arco televidente, que no constituye una muestra electoral por comparación, hubiera recibido un shock, una sorpresa, un palazo inesperado que hasta a sus mismos partidarios les costaría expresar.

¿Alguien recuerda el agónico round donde Jorge “Locomotora” Castro da vuelta la pelea contra Jackson? Esa mano para muchos que la vimos fue un zapallazo; otros más creyentes hablaban de un milagro: zapallazo o milagro formaba parte de aquella historia, era una posibilidad dentro de la biografía boxística de Castro, y fue sin duda el motivo por el que quedamos prendidos a la tele. Bueno, la moral del entrevistado político tradicional con la que percibimos una entrevista, no aplica a Macri. Y esto lo “saben” hasta los más desprevenidos usuarios del mercado político, con decir que fue la prenda que cautivó a estos públicos post-políticos en el 2015.

Escuché el balance positivo que hicieron de La Noche de Mirtha los funcionarios más cercanos al presidente. Ninguno esperó otra cosa, al contrario, estaban satisfechos porque no pudo ser más auténtico, “más Macri” -con todas las derivas que incita el personaje. Después de aquella pelea, “Locomotora” estuvo alejado del ring por seis meses, justo el tiempo apodíctico que Cambiemos usó de compás de espera, un plazo prudente para sanar heridas que de otro modo serían motivo de un retiro oprobioso. Ésta mano providencial no la necesita Macri, no tiene la urgencia de un campeón. Si se siente acorralado sale como puede, desprolijo y sin culpas, total es consciente que al Rey lo (in)viste la mirada del pueblo.

Creo que fue Sidicaro quien reparó en las maneras físicas y gestuales de Macri, totalmente nuevas para la semblantería de nuestros mandatarios. Alguien del poder que llegaba al poder: un tránsito imperceptible para él, una tautología, y algo inimaginable para los espectadores de la asunción al mando. Más aquí en el tiempo, Ernesto Semán en “Hecho burgués, país maldito”, planteó el primer descenso a la Presidencia en una larga saga de profesionales aspirantes, un punto de referencia que confunde nuestros mapas del poder y nuestras expectativas.

Las clases sociales, la clase social en singular, ha sido un recurso trabajado por vías alusivas desde antes de llegar a la Rosada. El Pro y su artífice no han escatimado en ofrecer material, incluso sus propias interpretaciones, como si hasta en este campo la dicotomía original necesitase reproducción. El origen de clase y no la lucha, el origen como dato impresionista, enunciado por fuera del prejuicio como palabra clave articulada a las políticas de Estado, a la historia de los ocupantes actuales del poder y a sus intereses, al C.V. en constante expansión de su mentor, que suma entradas y operaciones varias en las redes sociales; toda esta cartografía al servicio de una voluntad popular que pasó por alto las advertencias, y prefiere mantos de piedad, mientras dure la piedad, a las cadenas nacionales fatigosas de Cristina.

La única vez que Macri tomó distancia de Macri, y fue a los ojos de todos mejor que su mejor versión original, fue en la ONU. Habló de corrido de cuestiones que parecía saberlas de memoria. Eso fue el año pasado, y el truco duró lo que su lectura: tenía un par de telepromters al frente. Ya había usado este dispositivo en 2015 y Lucas Llach sin querer lo deschavó con una foto tomada desde el palco. En marzo de éste año confundió las hojas que leía en el mensaje por el inicio de sesiones ante el Congreso. Si el Presidente diera una conferencia de prensa semanal, pensar en cadenas nacionales sería suicida, excitaría a los productores de contenidos al extremo de convertir las comidillas de las conferencias en un género.

Para los que confieren a una cita televisiva, mitad gastronómica y mitad política, los poderes de un oráculo, una plataforma ideal para vender productos y atribuírle valores -más todavía cuando el producto es el mismo sujeto que enuncia- las miserias de una personalidad pueden alterar la digestión del mensaje y convertirse en un fruto exótico de difícil asimilación. ¿Acaso Macri, sabedor de sus limitaciones expresivas, y también de sus poderes de auscultación, no dijo antes que Quintana, Peña y Lopetegui eran “mis ojos, mis oídos, mi inteligencia”? ¿Cómo si no se explica la función de Durán Barba al frente de la curadería del lenguaje, del discurso y de la imagen, haciendo precisamente de esas miserias de la personalidad pública un estilo para las mayorías?, ¿Había posibilidad con tantos avales en contra que las respuestas de esa noche reconocieran un rol que explícitamente tercerizó en hombres de su más estrecha confianza?

Entre las banalidades que cuenta Bioy Casares de su vida de joven aristócrata en Buenos Aires, asocio aquella, por el origen de la protagonista y la despreocupación de la confesión, en la que una amiga suya montada al tren descubre por partida doble al transporte público y a otra ciudad con el mismo nombre después de los confines de Barrio Norte. Las marcas de origen son una perspectiva irreductible y casi agradecemos que el actual presidente haya bajado de su zona de confort a conocer el país federal y desigual, aunque tantas veces tengamos la impresión que en su displicencia, su desapego, la voluntad pierde a cero con su hábitus de clase.

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