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Las niñas Palavecino

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Por Gonzalo Emanuel Reartes.

Las calas y el jardín.

El pistilo amarillo parecía dulce, talvez por su forma de azúcar esparcida, o por el color vainilla que lo revestía. Aunque estaba cuidado por ese gran pétalo blanco, las avispas y abejas se las ingeniaban para libar de él. Las calas siempre estuvieron en el jardín del grifo, lo llamábamos así porque ahí estaba el único grifo, con pileta de cemento, en medio de todo el patio. Los otros jardines no tenían grifo, y para regarlos había que llevar agua en baldes, y con un tarrito andar repartiendo el sagrado líquido entre todas las plantas, tanto las que tenían y no flores. Luego aprendimos que también se lo podía regar con mangueras, esas de plásticos, con dos o tres colores intensos que se descolorían y rompían al sol, y con las cuales también aprendimos que los días en que el agua de la canilla tenía buena presión, se podía jugar a hacer pequeños arcoíris dentro del jardín.

En el jardín de grifo estaban las calas, decían las abuelas que el agua de jabón era buena para todas las plantas, pero para los lirios del agua mucho más. No de cualquier jabón, sino del “neutro”, es decir de ese blanco que venía en el pan rectangular y duro, del común, y que era mucho mejor cuanto más estacionado había estado remojando la ropa que se lavaría. Como ahí estaba el grifo y la pileta, era el lugar donde vaciaban de los tachos el agua enjabonada del remojo, y luego se cargaban con nueva agua limpia para continuar las tareas. Lavar a mano en batea de madera, dejar que el agua se vaya a estacionar en el jardín, que se haga barro, y luego pudra y vuelva negro, viscoso, y con un olor que, aunque fétido, algo atraía. Ahí, en ese preciso lugar donde algunas siestas jugábamos con gusanos ciegos, desde ese indeterminable sitio putrefacto, crecía la más clara flor de la casa. En ese jardín el agua de jabón, que nunca escaseaba, alimentaba a las calas.

No es que hubiera muchas, nunca llegaron a ser más que diez, por eso eran tan preciadas. Sí eran todas ellas elegantes y airadas, esbeltas y frescas, frágiles e imponentes. Algunas veces crecían muy altas, casi más que un metro. Otras veces eran pequeñas y de formas casi perfectas. Las había bien blancas, casi que recreaban la inmaculada pureza. Supongo que por este motivo también se las cuidaba. Era su cantidad, su actitud, su color y forma la que las hacía depositaria de una atención cuidadosamente preciada.

Las más de las veces se las cortaba para llevarlas a adornar, como un modo de adorar, a la imagen de la Inmaculada Concepción que estaba en esa gran habitación que era para recibir a las visitas. Esta era la causa cotidiana para cortarlas. Pero también para el día dos de Noviembre, o para el aniversario de algún difunto familiar, se sacrificaban algunas de ellas, y entonces las calitas iban a para al cementerio, ese que quedaba al final del pueblo en dirección al sur.

Así fue el destino de la Mama Vita, como las calas, del jardín al cementerio. Así, como las calas, era la Vita, elegante y airada, esbelta y fresca. Quizás porque ella conocía ese presagio es que siempre las cuidó y regó. Por ello también es que enseñó a mirarlas y admirarse ante ellas. Por eso es que quizás nos transmitió un silencioso secreto de respeto y relación con las plantas y flores. Un vínculo tejido con gestos, con caricias, con acciones que se repetían en cuidadoso ritual cada mañana, cada tarde, y a veces por la noche.

Ese vínculo se tejía con varios gestos. Regarlas era para alimentar las raíces, o refrescarlas y lavarlas en los días de mucho calor, en los de zonda, o después de las tormentas de tierra que sorprenden aún al pueblo. Cuando se regaba había que hacerlo a todas las plantas, a las que tenían y no flor. Con el tiempo aprendimos que ese era el extraño sentido de la justicia que ella poseía, y que con el ritual del riego nos lo enseñaba. El que tiene y no flor igual merece un poquitito de agua para aliviar su sed. A demás, si hoy no tiene flor, la Madre Tierra, la Virgencita del Valle y Diosito, un día le pueden hacer nacer, así que por las dudas, y esperando la justicia divina, había que regarlas a todas. Para tejer ese vínculo usó cañitas e hilos de colores, con el que inventaba andamios y torres para que los ramitos y ramas se sostengan, trepen y crezcas hacia arriba, hacia el cielo, que ellas también tiene que salvarse, y qué mejor que ayudarlas haciéndolas que miren hacia allá.

Así fue el destino de la Vita, como las calas, un día se fue para arriba.

El diablo en la cocina.

_ ¡Cruz diablo! Dígale m´jito –y con la pava retirada del brasero dibujaba una cruz con agua en el suelo.

_ ¡Cruz diablo! ¡Cruz diablo! –gritaba mirando desvanecerse al remolino.

_ Ahístá! Ya s´ido –y volvía a cebar mates, que parecían almíbar con yerba.

Ya se había ido, pero no sólo por el poder de las palabras, sino que el agua y la cruz, y una fuerte fe en todo ese universo, lo habían espantado. Él no siempre era malo, muchas sólo travieso. Escondía las cosas, las cambiaba de lugar, ponía el pie para que alguien tropezara, metía la cola en donde no debía, cargaba las armas, afilaba cuchillos, llamaba a la siesta para el cerro, en la noche para el río, empujaba al tímido, servía demás el vaso.

Pero por algún motivo poco claro nunca fue bien recibido en la cocina. O por lo menos no cuando irrumpía con violencia. A veces las puertas se abría despacito, rechinaban las bisagras, cantaban las piedritas al bailar a tropezones entre la gruesa puerta de madera y el suelo, era un abrirse que duraba un respiro, tanto para girar y ver quién entraba, y la Tía Mafita decía

_ Pasá y quedáte tranquilo…

Nunca vi a nadie entrar. El piso era de tierra y no dejaba ningún rastro ese invisible visitante. Tampoco se le convidaba nada. Sólo se lo invitaba a sentarse. Aunque nadie le ponía una silla o banquito especial, ni se podía decir que tuviese un lugar reservado. La Tía le había dicho que se quede tranquilo, y así obedecía. Pero si de pronto se le ocurría al visitante sulfurarse como un remolino, la Tía levantaba la pava y con agua hirviendo le hacía una cruz en el suelo, al tiempo que pronunciaba “¡cruz diablo! Diga mijito”, y todo se calmaba.

A veces aparecía en el patio. La Vita le gritaba “¡diablo, diablo!”, y con el brazo derecho le hacía una cruz, o un gesto como empujando viento para correrlo al diablo que se aparecía como remolino. Parecía que se quería llevar las cosas, levantaba las ropas tendidas, arrancaba las flores, volteaba las frutas, desparramaba la basura, cegaba a quien estaba cerquita escupiéndole tierra en la cara.

La Tía Mafita y la Mama Vita nunca le tuvieron miedo al diablo. Es como si formase parte de la vida cotidiana, como un visitante más asiduo que Tata Dios o la Virgencita. El diablo siempre andaba en la casa. No le tenían miedo, aunque a veces se enojaban con él y lo retaban. Con todas esas malas palabras que nos prohibían decirlas, ellas descargaban racimos de insultos al diablo. A veces también le hacían peticiones.

_ ¡Diablo vení y llevame para la mismísima mierda! –decía La Tía enojada.

_ ¡Misericordia! –y se agarraba el pecho con ambas manos la Mama Vita.

El diablo que era viento, quizás respiro, un poco de suspiro también, no tenía olor de azufre ni muerte, menos una apariencia rojinegra. No parecía ser tan malo como el que enseñaba el catecismo, ni tentar a la maldad. No. Este diablo era diferente al cristiano. El diablo que era suspiro no parecía tener legión de seres malévolos, ni inducir a la maldad, pues si fuese así las muy rezadoras Vita y Mafita no lo hubieran invitado a pasar a la cocina tranquilito. El diablo que era respiro no estaba en el profundo infierno, sólo aparecía en la cocina, en el patio, en el callejón del Río Seco, y en el campo, siempre levantándose al cielo, erguido, enérgico, asombroso.

Ahora que recuerdo, no era un solo diablo el que era suspiro y viento, eran varios. En el campo camino a las Barrancas solían aparecer, y la Tía Mafita los señalaba, “ahí está uno, ahí hay otro, mire mi´jito ahí está ese”. Se levantaban al cielo porque en ese campo hacía mucho calor en febrero, cuando había que ir a cosechar los nogales, pero esa es otra historia. Había muchos diablos. Le llamaban supay al huayra muyoj, es decir cuando el viento se enremolina grande y la tierra se enrosca como un gusano y trepa, y trepa por los aires. Así eran, digamos, una especie de diablos, otros, que estaban por todas partes y andaban haciendo travesuras, les llamaban mandingas.

_ Las cosas que te hace decir mandinga!

_ Mandinga lo anda buscando al muy pícaro!

_ Eso es cosa e´ mandinga!

_ Ni mandinga haría esas cosas!

A veces el diablo entraba en la cocina despacito, lo invitaban a sentarse tranquilito, y el muy pícaro, luego de estar un rato así, se despertaba y levantaba las polleras y batones, los delantales desparramados, los mantelitos de colores y servilletas bordadas en el piso, las migas de pan esparcidas por en el suelo, en las alpargatas, en las ropas, y humeando desde las brasas. De pronto todo quedaba quieto. Y la Tía Mafita, mirando al brasero y las migas quemarse y hacerse humo y esfumarse, decía

_ Eso es para las almitas, m´jito!

 

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