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Por Martín Junco Gómez 

 

Ingresamos a la Plaza Libertad por calles Avellaneda e Independecia y vimos, a lo lejos, varios grupos de personas que, con cánticos y banderas de distintos colores, nos contaban a qué habían ido.

Bandera “Frente de Organizaciones Peronistas”, “Patria Grande”, “Movimiento Evita” y varias banderas más, que no llegaba a identificar de lejos, se encontraban caminando, casi como perdidas unas de otras, por los alrededores de la plaza. Por momentos pensamos que había una desorganización grande, que no se entendía demasiado hacia dónde había que ir pese a se sabía que el Acto del 24 de Marzo Día Nacional por la Memoria por la Verdad y la Justicia, se realizaría en la Plaza del Maestro.

Nos fuimos de allí, comentando que posiblemente se desconcentraron los movimientos y que ya habían partido hacia la Balcarce y Avda Belgrano (s). Tomamos la Avellaneda, de camino a la Belgrano y allí, Pupe, un compañero, nos gritó:

-¡Eh! ¿A dónde van?

– Eh, Pupe, pensamos que ya se habían ido, estábamos encarando para la Plaza del Maestro.

– No, no. Vengan, marchen con nosotros – Y nos acobijó entre tanta confusión.

Volvimos a la Plaza Libertad. Caminamos sus veredas, sin meternos demasiado en la columna vertebral de la marcha. La seguimos. Juanca, mi compañero en ésta crónica, mientras fotografiaba todo me dijo:

-Es la primera vez que vengo a una marcha aquí.

-Son las más hermosas que hay- le contesté.

Continuamos. Casi llegadas las 19:45 marchamos hacia la Av. Belgrano.

-Poca gente che. En años anteriores se habían aglutinado más personas– pensaba.

Me cerraron la boca cuando llegamos a la Belgrano y se encontraban los compañeros de La Cámpora y las cientos de personas que suelen convocar.

Las arengas no cesaban y mantenían vivos los fueguitos de cientos de desaparecidos. “Macri basura, vos sos la dictadura”, fue uno de los que más canté. Sí, con un poco de bronca.

Bajo las banderas marchábamos. Diferentes, heterogéneas, de variados colores, con muchas consignas e íconos de la política nacional y latinoamericana.  Bajo una misma lucha se unían. Ahí fue cuando comencé a sentir calor. Pero el calor no era el típico que suele azotar a la geografía santiagueña. Éste calor era distinto. Era un calor de lucha.

La marcha avanzaba. Mientras, continuaba tomando nota. Levantaba la cabeza, miraba y anotaba en mi celular todo lo que estaba al alcance de mi vista (y de mis oídos).

Las arengas no cesaban y mantenían vivos los fueguitos de cientos de desaparecidos.

“Zurdos de mierda, mientras más marchan peor están las cosas”, decía una señora, de pasada, en la 9 de Julio y Belgrano, específicamente en las torres del Complejo Juan Felipe Ibarra, casi al frente del famoso “Café Martínez”. La miré. Obvio, me molestó. Y tal vez les haya molestado a quienes la escucharon. Su indiferencia no manchó nada. Sólo intensificó el significado de la lucha y de ésta marcha.

Continuamos marchando. Juanca se situó mucho más adelante y siguió tomando fotos.

(Fotografía por Juanca Paez Gimenez)

A un costadito, al borde de la playa de servicio, empleados de YPF, que no estaban trabajando por el tránsito cortado momentáneamente, en ese carril, en su mano, miraban. Unos se emocionaban, filmaban, atónitos en su mayoría, sin poder descifrar qué hacían esa banda de locos que tomaban una calle y salían a gritar. Por la misma vereda, empleados de otros comercios señalaban, sonreían, filmaban. Sin decir nada, pero en complicidad con el ejercicio de hacer memoria.

 

Decidí despegarme de la vértebra a la que me uní primero y me adelanté un poco más. A medida que avanzaba me encontraba con conocidos, amigos y compañeros militantes de años anteriores.

De repente -y tras todo lo acontecido con el Indio Solari en Olavarría un par de días atrás- los Redondos dijeron presentes con “Juguetes Perdidos”. Lo que sentí en el momento fue universal, porque estoy seguro que la piel de gallina y la emoción que escaló por mi piel la sintieron los cientos que estábamos marchando y, posiblemente, los 30.000 compañeros por los que luchamos también.

“Los viejos amores que no están, la ilusión de los que perdieron” endulzaba el oído de todos mientras, de a poco, llegábamos a la ex Secretaría de Inteligencia del Estado, en la Av. Belgrano, casi Alsina. Seguramente, ese dulzor sonoro se tornó agridulce para varios que pasaron momentos de mierda en ese sombrío lugar.

“Cárcel común, perpetua y efectiva, ni un solo genocida por las calles de Argentina” comenzó a escucharse por los parlantes, mientras, con euforia, se replicaba en las cientos de gargantas que se encontraban allí.

 

***

 

1, 2, 3, 4, 5… 19, 20, 21…30, ¡30.001 compañeros detenidos y desaparecidos presentes, ahora y siempre!

Mujeres con antifaces blancos inundaron la oscura calzada de la Av. Belgrano.

Silencio.

“¡Justicia!” – un grito quebrantador se escuchó desde el fondo.

Unas mamás, con sus bebés, tendieron una manta blanca en el asfalto. Las cuidan, las aman, y consigo traen una canasta de mimbre. Entonces, fue cuando sentí que alguien lloraba. Me di vuelta para ver qué era lo que sucedía y un silbato me allanó la atención nuevamente.

Movimientos tenaces, casi coreográficos, eran realizados por las mujeres que realizaban la intervención. Cada uno de esos movimientos, terminaba con los dientes apretados y los puños fuertemente cerrados, como si estuviesen aferradas a algo. Una ilusión, su propio cuerpo tal vez. ¿Su vida? Posiblemente la vida de las madres a quienes interpretaban. No lo sé. Aún tengo esa incertidumbre.

Un fuerte silbato, a cargo de una de ellas, sonaba repetida y estrepitosamente, rompiendo la escena, rompiendo el silencio. Las mamás levantaron rápidamente a sus bebés del piso y las abrazaron como si hubiese sido lo último que les quedaba por perder. En ello, patearon la canastita de mimbre y, por sorpresa, descubrimos lo que había en su interior. Lápices usados en el piso, un poco de maíz, flores.

(Fotografía por Juanca Paez Gimenez)

Una a una, comenzaron a vendarse los ojos. De maneras diferentes, caminando en direcciones sin rumbo.

-Nadie escucha, nadie ve, nadie habla– decían al unísono.

-Nadie escucha, nadie ve, nadie habla.

-Nadie escucha, nadie ve, nadie habla.

Continuaban caminando en direcciones perdidas, gritando, mirando al público, no con sus ojos, sino con su alma que se encontraba vendada. Se taparon los oídos y los ojos llorosos se hicieron presentes en las señoras que tenía paradas a mi lado.

Lo que la mayoría vio fue un grito mudo. Quienes realmente lo sintieron, escucharon en esas muecas el grito de una madre que, ante la incertidumbre de no saber el paradero de sus hijos, tan sólo gritan buscándolos, o tal vez, gritan sufriéndolos.

Grito mudo. Nadie las escucha. Grito mudo. Nadie las escucha. Grito mudo. Nadie las escucha.

 

Avanzaban unos pasos, retrocedían un par más. Una de las madres entró a la escena y  caminó, como buscando a alguien. Se ató un pañuelo en la cabeza y ahí, como si de una ilusión se tratase, aparecieron las locas de Plaza de Mayo, las madres del pañuelo blanco. Alzaron a las bebés del piso. Con su corta edad no comprendían qué era lo que estaba pasando, y menos aún dimensionaban el suceso del que ya son parte. No lo entienden, pero son ellas la Pirámide de Mayo, representando la histórica ronda de los jueves, de todos los jueves de hace 41 años, con todas las locas a su alrededor, en su ronda, en un aniversario más de aquel 24 de marzo de 1976.

“Los lápices siguen escribiendo” nos dijeron, y ni siquiera hablaron.  

-¡Arderá la memoria hasta que todo sea como lo soñamos!- gritaron.

-“Detrás de las paredes que ayer te han levantado te ruego que respires todavía…”- Piel, sudor, abrazo, llanto, emoción.  Se acercaron a nosotros, a los espectadores, y cada una de ellas nos entregó lápices. Recibí dos de color verde, color esperanza.

“Los lápices siguen escribiendo” nos dijeron, y ni siquiera necesitaron hablar para hacerlo.

Caminaron, de espaldas al público, y ataron los pañuelos y los antifaces en las rejas de la ex SIDE.

-Compañeros, ahora vamos a realizar unos minutos de silencio en memoria de nuestros detenidos y desaparecidos.

Murmullo. Tambores.

Totalmente desorientado, acabé en la vereda de la ex SIDE y escuché a una de las actrices decir:

“¿Has visto que ha entrado alguien a esta casa? Guau, qué fuerte”..

Continuamos marchando.

***

Ésta vez me adelanté un par de metros a la marcha. Caminaba de espaldas y veía la marcha avanzar a paso firme, a paso memorioso.

“¡Ahora y siempre es el grito!” (vocifera una chica conmovida, no tenía más de 20 años).

Adelante, una señora, totalmente emocionada, avanzaba en silla de ruedas, junto a un joven que la llevaba con mucha paciencia.

Me acerqué a ellos.

-¿Madre e hijo?

-No, soy su nieto. Mi abuelo es un desaparecido. Carmen Santiago Bustos se llamaba.

– Y de…- No me deja repreguntar nada, y en estado de éxtasis me dijo:

-Desaparecido del barrio 8 de Abril.

(Fotografía por Juanca Paez Gimenez)

La señora me miró y lloró. Se secó con su pañuelo blanco, que lo llevaba fuertemente apretado a su mano, junto a un ramo de flores que llevaba en su pecho y apoyando la cabeza en el pecho de su nieto, en la cual se encontraba una foto de su marido desaparecido, continuó avanzando.  No podía contener su sollozo. Bustos decía presente en cada una de sus lágrimas.

Extremadamente curioso era el parecido de su nieto con su marido desaparecido. De esas casualidades que nos indican que cada uno de los compañeros desaparecidos se encuentra más presente que nunca.

 

***

 

Llegamos a nuestro destino. Plaza del maestro.

De a poco nos acercamos al escenario ubicado en una de las manos de la ancha avenida. La leyenda de “Nunca más” rezaba humildemente sobre un escenario que abarcaba casi toda la calle.

La marcha la encabezaba un largo afiche, en el cual se encontraban cada uno de los desaparecidos santiagueños. Un único grito, siempre.

Una de las máscaras blancas fue tomada por una señora que, con una foto de un desaparecido en el pecho, la levantaba al cielo. “Aún aquí” pienso. El gran afiche se posó frente al escenario, como si hubiese sido una extensión del mismo.

Enseguida la noche comenzó a desaparecer y las banderas pintaron su propio cielo.

“¡30.000 compañeros presentes!”

“¡30.000 compañeros presentes!”

“¡30.000 compañeros presentes!”

Nuevamente sentí que el calor me tapaba, me abrigaba. Y los compañeros unidos, los compañeros que están, los que no, los que nos emocionamos, los que se hacen sentir más presentes que nunca, los que encontraron, los que reconocieron, los que aún siguen esperándonos, me aliviaban el calor y la fatiga de la lucha, empujándonos otra vez hacia ella.

Todos ellos nos decían que estaban presentes.

Lo están.

Ahora y siempre.

Comentarios
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Junco
20 años. Del interior, coterráneo de Homero Manzi. Estudiante de Comunicación Social. Fuerte tendencia al arte del diseño. Dibuja. Trata de ilustrar. Le regalaron una tableta de dibujo digital que aún trata de aprender a usar. Vectoriza todo, hasta sus más grandes problemas. Le apasiona Bersuit y Red Hot Chili Peppers. ¿Su patria? Su familia y amigos.

1 Comentario

  1. Asi que gracias a la Campora la marcha del 24 de marzo de 2017 en santiago del estero fue multitudinaria??? grosero error, muy alejado de la realidad. O están hablando de la marcha en Plaza de Mayo??

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