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Gonzalo Emanuel Reartes.

Ella es flaca, sus movimientos lánguidos, su piel clara, sus ojos rasgados al extremo, su voz inconfundible, sus palabras incomprensibles… pero algo nos entendemos. Ella está siempre ahí, me espera cada vez que voy; creo que así como a mi me llama la atención sus ojos, a ella le debe llamar la atención los mios henchidos de asombro, pero sobre todo de resignación.

Creo que la relación viene trabada desde hace un tiempo, cuando nos conocimos y le pregunté si tenía «prestobarba», y ella contestó «no-entendo», y le pregunté si tenía «jabón veritas» y dijo «no-entendo», y le pregunté si había «queso port salud», y ella dijo, si, así es, con una leve sonrisa y sus ojos rasgados al extremo: «no entendo»… Ahí fue cuando mi ceja izquierda se elevo suavemente, asentí con la cabeza, hice un gesto de asombro disgustado, y un silencio quedó entre los dos, hasta que me fui vencido, desconcertado…

Pero vuelvo a su local. Dos veces a la semana quizás. Hay como un ritual entre los dos. Me acerco en silencio, le hago un pequeño saludo con las cejas y la cabeza, le pago, el entrego el dinero cuidando siempre de no rozar sus manos, y una vez que ella ha guardado el efectivo, me responde con una leve sonrisa, y expresión de lamento irónico, «non tengo moneda, calamelo te puedo dal…» Ahí es cuando mi resignación llega a la cumbre, cierro los ojos, inhalo, esbozo una pequeña sonrisa, levanto un poco los hombros y asiento con la cabeza…

Hace unos días me animé a dar un paso más en la «conversación ritual que nos une». Se repitieron las acciones, gestos, movimientos, hasta el punto donde ella me ofrece los «calamelos». Yo le contesté inmediatamente, estirando el brazo y señalando con el dedo índice, si me podía dar «caldos». Ella miró los caldos, me miró a mí, miró los caldos nuevamente, me miró de nuevo a mí y dijo «no-ancanza!, calamelos si!», y me dio los caramelos.

Y así seguimos ella y yo. Y en mi casa cada vez tengo más «calamelos», de los masticables, que no me gustan, así que los guardo, y cada vez que los veo me acuerdo de ella. Si seguimos así voy a quedar sin monedas para el colectivo -que tampoco me harán falta porque habrá que pagar con un San Martín-, y tendré para el día del niño en agosto una tracalada de «calamelos» para regalar. Como dice Martín, es mejor regalar «calamelos» a los niños, que regalarles caldos.

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