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Por Nicolás Adet Larcher  

Una ambulancia entra por la calle Libertad hasta la plaza. En vez de seguir, gira a la derecha y sube a la peatonal de la vereda de la Catedral. Parados, en el medio, hay dos policías conversando. La ambulancia estaciona al lado. Después de conversar un rato, uno de los policías señala hacia la Catedral, “ahí adentro está” dice. De la ambulancia baja un hombre pelado de lentes y barba candado. Visto al pasar parece Walter White, pero no tiene ningún traje amarillo, lleva un chaleco del SEASE, el servicio de emergencia del Ministerio de Salud.

Son casi las diez y media de la mañana. El sol empieza a picar entre abrigos, pero el frío otoñal todavía se esconde entre el viento que cruza la plaza y las sombras entre los edificios.

Sobre la galería de la Catedral, sentado en una silla plegable con una campera Adidas colgada está Miguel. Docente desde hace 35 años, hombre de bigote, barba casi blanca en su totalidad y un pelo engominado hacia la derecha. Lleva una remera manga larga rayada, unas cadenas que cruzan su cuello, su pecho y un cartel que dice “Miguel Guzmán. Supervisor Titular cesanteado injustamente”.

“Toda mi carrera he sido titular. No tengo ningún día de suplente. Entré como maestro de grado titular, he accedido a todos los cargos jerárquicos a través de un concurso” cuenta. “El último concurso que se ha hecho aquí en la provincia ha sido durante la intervención de Lanusse, ahí he ganado el cargo de supervisor titular”.

En la noche del domingo, mientras los medios dormían, algunas cuentas de Facebook anunciaban el inicio de la huelga de hambre de Miguel, una medida extrema frente a la situación en la que se encuentra: desde agosto de 2016 está sin trabajo. Las fotos circulaban, los textos de apoyo se compartían en forma instantánea.

Miguel trabajaba como Supervisor Titular de Nivel Primario y tenía cuatro horas como docente en el nivel superior dentro de una escuela. El único motivo que le dieron cuando lo echaron fue que no podía tener cuatro horas en La Banda como docente de nivel superior porqué se excedía, “si eso fuera cierto habría cientos de docentes echados” dice y agrega que según la Ley Salarial 5.873[1] tiene el aval de tener hasta doce horas en el nivel superior.

“A la gobernadora no le tembló la mano en firmar mi cesantía” cuenta, pero aclara que según él, “a ella le vendieron un buzón, porque hay personas en el medio”. Miguel señala a la ex presidenta del Consejo de Educación, “fueron los que cargaron las tintas. Me persiguieron todo el tiempo”.

El hombre del SEASE se acerca y le pregunta a Miguel cómo está. Saca su estetoscopio, un baumanómetro y le toma la presión. Le hacen algunas preguntas. Miguel saca un estuche de abajo, lo abre y agarra un aparato con una punta adelante. Se lo pone en el dedo y en la pantalla aparece un número. Tiene una presión de 14 según el médico, y el azúcar en 220.

Miguel es insulinodependiente y necesita tomar su medicación en forma regular. “Tengo muy variada la hipertensión arterial, que me sube, que me baja” me cuenta, además tiene glaucoma y pie diabético. “Cada día pierdo más la visión. No tengo la medicación que me corresponde”. Durante estos meses, amigos y colegas ayudaron para que pueda tener la medicación que necesita.

Cuando lo despidieron, su casa estaba deshabitada porqué se hundía, “casi la pierdo” cuenta y tenía pensado arreglarla para poder vivir ahí de nuevo. Pero mientras esté sin cobrar su sueldo no puede hacer nada para volver a habitarla.

Miguel dice que tampoco puede alimentarse bien, “siendo insulinodependiente hay comidas que están prohibidas para mí. Pero son a las que puedo acceder”, cuenta que las que debería comer son más costosas y que si tuviera su sueldo podría comprarlas, “como hice siempre”.

“Hace ocho meses que no cobro un centavo de mis haberes, no tengo obra social, no tengo seguro de vida, no tengo la prepaga, no tengo nada. Soy un indigente. Con 38 años y medio de aporte en la caja de jubilaciones de la provincia, hoy soy un indigente”. Miguel se lamenta, mueve las manos. El sol le alumbra una parte del rostro y la otra parte queda en la sombra. Me mira y dice “Ellos me han convertido de la noche a la mañana en un indigente”.

“Sin sueldo. Sin medicamentos” dice un cartel apoyado contra uno de los pilares de la Catedral. Abajo tiene pegadas unas cajitas de los medicamentos que toma Miguel, uno para la circulación, otro para el glaucoma, otro para la hipertensión, un antidepresivo y un ansiolítico. A un lado y marcado con la palabra “URGENTE” aparece, también, la insulina que necesita.

– No he comido – dice Miguel

El hombre del SEASE lo mira, “tiene que comer” se limita a decirle. Miguel le recuerda que está haciendo una huelga de hambre. Le Dicen que lo mandaron a chequear que esté bien. Una señora que está filmando le pregunta al hombre del SEASE quien lo mandó a revisar a Miguel. Responde que simplemente llamaron por teléfono y se acercaron a chequear. Mientras guarda las cosas, le dice a Miguel que en caso de que no los manden de nuevo llame para cualquier control que necesite. “Anoten el valor que tiene ahora a las 10:20 y llamen más tarde” les dice a quienes están alrededor. Toma sus cosas y se va. Le agradecen la visita.

“La causa está parada por el Superior Tribunal de Justicia. Ellos deben decidir si yo puedo volver a mi trabajo, o no”. El año pasado un juez había estudiado su expediente y había decido dictar una cautelar para que el pudiera volver a trabajar, “el Consejo hizo caso omiso” y luego una jueza subrogante que “todavía estaba rindiendo para ser jueza en enero” borró cualquier posibilidad. Miguel pide un pronunciamiento “por sí o por no” porque “si es no, yo tengo que buscar a la Justicia Federal”.

Miguel sigue sentado. Algunos curiosos miran desde afuera, por detrás de las rejas de la Catedral. Se acercan a ver qué pasa, preguntan, otros llegan con abrazos y fuerzas. En la Catedral no lo recibieron con el mismo entusiasmo, pero sigue sentado llevando adelante su medida de fuerza. Le pregunto por qué cree que lo despidieron. “Yo creo que es porqué salí a las calles en apoyo a la lucha docente. Creo que fue por no querer hacer listados sábana de los docentes que adherían al paro”.

Miguel recuerda, y vuelve sobre las marchas de los docentes a principios de 2016. Marchas que fueron reprimidas por las fuerzas de seguridad, con miles de docentes en las calles, con dos docentes detenidos: Ítalo Garnica (también cesanteado como Miguel), Darío Palomo y con listas que los policías armaban en las rutas para controlar quienes asistían a las marchas desde el interior. Los docentes con sus guardapolvos reclamaban diálogo, blanqueo de cifras en negro y paritarias. Desde el otro lado les respondían con uniformes y detenciones.

“No tenía porqué hacer un conteo de los docentes que adherían al paro o no. Para eso está la escuela, el director, el vicedirector, el secretario que son los que toman nota y la envían al consejo. No tenía fondos ni recursos para irme a Pinto, Aguirre, Salavina a ver que docentes habían hecho paro y cuáles no” me cuenta.

– ¿Eso pedían? – pregunto.

– Eso Exigían. Con memorando. Yo por supuesto no me fui con ese memorando al interior por falta de dinero y porqué me parecía justo el reclamo de los docentes.

“Gracias a esas luchas, hoy en día la gobernadora ha hecho todo lo que tenía que hacer para poder blanquear algunas cifras en negro. Gracias a tantas luchas” dice y se recuesta sobre su silla. Tiene la mirada cansada, pero la voluntad firme. Mientras se acomoda, llega Ítalo Garnica y se saludan. Miguel brinda algunos elogios a su compañero y Garnica se sienta a su lado. Miguel agradece a quienes están a su lado por acompañarlo. La lucha recién empieza.

[1] http://www.jussantiago.gov.ar/jusnueva/Normativa/Leysalarial.php

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