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Por Nicolás Adet Larcher

El tipo me habla casi en secreto, como si lo que estuviera a punto de decir fuese completamente confidencial, “lo sé de muy buena fuente” me dice y sigue manejando el taxi hasta el aeropuerto. Llueve y vamos bordeando el Río de la Plata. No entiendo bien de que me habla. “Vos sabes que The Weeknd, el cantante este, paraba en el Hotel Faena”, me dice, “y se tuvo que ir porqué fue hasta recepción con Selena Gómez a pedir la contraseña del Wi-Fi, pero cuando llegaron a Selena se le conectó solo el Wi-Fi”. ¿Y por qué se le conectó solo? Pregunto. Porqué ella ya había estado con Justin Bieber ahí, me contesta mirando al asiento de atrás donde estoy sentado. “Y el chabón se fue re enojado porque no quería parar en un hotel donde ella ya había estado con el otro chabón” remata y se ríe un rato hasta que llegamos. No le creo mucho, pero me asegura que es así. Antes de irme señala el río y me dice ¿Vos sabes por qué le dicen Río de la Plata de este lado y allá en Uruguay es mar?, “no” le digo rápido para ver que me contesta. “Yo tampoco”.Es domingo.

The Abel Tesfaye, mejor conocido como The Weeknd, había llegado a nuestro país para participar de un festival internacional. Los dos días anteriores 200 mil personas habían estado presentes en la cuarta edición del Lollapalooza en Argentina. En 2016 el número había sido de 170 mil personas. Esta vez, por primera vez se habían agotado las entradas y ante eso los organizadores decidieron ampliar el espacio en un 50 por ciento a diferencia de otros años. Los cuatro escenarios estaban más alejados y los otros puntos, gastronómicos, de reciclaje y stands de marcas se distribuyeron de otra forma.

El festival se realiza en el Hipódromo de San Isidro. Para llegar nos tomamos el Ferrocarril Mitre en Retiro. Hay que hacer fila pero al final no importa, cuando llega el tren cada uno entra como puede. Los primeros se apuran para agarrar un asiento. Algunos recalculan sobre el pasillo, giran la cabeza, quedan parados y se resignan el resto del viaje. En el tren la mayoría lleva las pulseras del Lollapalooza. Nos tenemos que bajar en San Isidro, el tren avanza a paso lento. Pegando una mirada cruzan chicas. Llevan el pelo de distintos colores, con la cara pintada, tatuajes, brillos y accesorios. En el tren también hay algunos tipos con lentes de sol, barba, chalecos y remeras de Metallica. Algunos extranjeros conversan por detrás y otros aprovechan para recordar ediciones anteriores del festival.

El Lollapalooza es un festival de rock, pero también es un festival de electrónica y de música alternativa, de indie, de punk. Es un parque de diversiones, una experiencia gastronómica y sensorial, el envase que contiene a generaciones que convivieron con el MTV de los ochenta y las que clickean las bandas que marcan tendencia en Spotify en el 2017. En el Lollapalooza una mujer de 70 años baila electrónica con Flume, mientras sostiene una lata de Coca-Cola, en la mano y una nena de 10 años sobre los hombros de su padre, canta canciones de Duran Duran como si los hubiese escuchado de otra vida. Un lugar sin tiempo, donde las épocas se confunden, como si estuviéramos en el capítulo de San Junipero de la serie británica Black Mirror.

Ese viernes 31 de marzo Metallica es el plato fuerte. Las personas circulan con chalecos de jean o de cuero, botas y remeras oscuras con el nombre de la banda. Se mueven en grupos numerosos. Llegamos a la fila. Nos piden que nos dividamos, mujeres a la derecha, hombres a la izquierda. Nos hacen caminar unos metros hasta un control. La policía pide que cada uno abra su mochila para revisar que hay adentro. A algunos los dejan pasar sin mayores problemas. A otros les quitan hasta las galletas y el encendedor sin motivo.

Pasando la pulsera por un lector y cruzando un molinete hay que caminar unos metros para llegar hasta el predio central. Unas banderas casi medievales, al estilo de Game Of Thrones, flamean a un costado mientras desde el otro lado algunos se agrupan para cargar agua de un caño.

Llegando a la parte central del predio, ya se escucha la música de fondo que brota desde uno de los escenarios. Son cuatro en total: Main 1, Main 2, Perry’s y Alternativo. En el medio de todo el complejo está ubicado un stand de merchandising del festival. Para comprar cualquier cosa adentro primero hay que cargar la pulsera (Antes de viajar, cuando la pulsera llega a domicilio, un folleto dice que no es posible utilizar dinero en efectivo en el lugar y que solamente se usan las pulseras), uno se acerca con la pulsera al lugar, las personas detrás del mostrador sacan un aparato que parece un celular, lo pasan sobre la pulsera y descuentan parte del dinero que uno cargó. Momento Justin Timberlake pagando un café en la película In Time.

Me acerco al stand de merchandising a ver los precios de las remeras. Hay varias personas adelante. Sobre una pared hay remeras de las distintas bandas que se presentan en el festival, desde Metallica hasta The Strokes, Cage the Elephant, The XX o Duran Duran. También hay remeras con diseños del Lollapalooza, gorras, mochilas, gorros de lana, buzos, carteras, lentes y hasta ediciones limitadas de algunas prendas, que son más caras.

Mientras esperamos, de fondo suena León Gieco. Muevo la cabeza hacia un costado y se ve el escenario. León parado con su armónica y su guitarra. Toca Los Salieris de Charly y algunos cantan unas estrofas. Sigo esperando. Pasan El Imbécil, La Memoria, Cinco Siglos Igual, Pensar en Nada, La Colina de la Vida y ya pierdo las esperanzas de poder acercarme a tiempo hasta el escenario. Alrededor algunos descansan en el césped esperando por sus bandas, otros aprovechan para darse una vuelta por los talleres disponibles, desde Hip Hop hasta armado de revistas.

Nos vamos del stand de merchandising y nos acercamos hasta el escenario alternativo donde está Campo la banda de Juan Campodónico, otro eslabón de “la cadena evolutiva del colectivo Bajofondo” según la Rolling Stone que incluso llegó a elogiar una de sus canciones (Heartbreaks) como “si los Jackson Five hubieran hecho una pasantía en el taller de tambores del Lobo Núñez”. Campodónico es más conocido por haber sido productor de artistas uruguayos como Jorge Drexler, No te va a Gustar o El Cuarteto de Nos que por su performance como músico sobre un escenario, más allá de la construcción de Bajofondo que habían gestado con Gustavo Santaolalla allá por 2001 (extendida hasta hoy). Para Campo y en esa sintonía de tratar de darle un sonido a lo urbano que nació con Bajofondo, contó con el aporte de Santaolalla como productor para jugar con mezclas de pop/electrónico y cumbia desde lo alternativo.

Hay unas pocas personas adelante. Casi todos bailan al ritmo de Campo, otros miran desde lejos al pasar. Cruzando el predio, desde el Perry’s suena Dj Paul. Adelante hay un chico con cabeza de paloma que estira los brazos al cielo. En el medio circulan vendedores con remeras rojas y bandejas de Coca-Cola. Campo hace un corte y anuncia que van a tocar un tema de “un gran artista de esta ciudad”. Silencio y empieza a sonar con fuerza El Mareo canción interpretada por Gustavo Cerati y Bajofondo (guiño).

Ya son casi las 17 y termina de tocar Campo. Cruzamos parte del predio, de nuevo el stand de merchandising, un domo inflable del banco Santander y una construcción de madera de la marca de cervezas Corona. En el Main 2 está sonando Glass Animals desde hace unos 15 minutos. El cantante está parado en el escenario, con una camisa blanca que le queda suelta. Se llama Dave Bayley. Salta, se mueve de un lado a otro, canta casi sin pausas entre una palabra y la otra. Parece que no toma aire. Va y viene, le tiran una bandera de Argentina que dice “Glass Animals”, Bayley la cuelga del micrófono y sigue cantando. Mientras tanto, el sol se esconde.

Cage the Elephant aparece mientras resuenan los últimos acordes de Glass Animals en el otro escenario. El cantante, Matt Shultz, sale con una camisa roja que una hora después terminará en el piso. Llegan para presentar su último disco Tell Me I’m Pretty con canciones potentes como Cold, cold, cold o Trouble y otros éxitos de su repertorio como Cigarette Daydreams y Come a Little Closer. Shultz corre por el escenario, salta, transpira, se tira al piso, levanta el pie del micrófono. Por momentos parece que se queda sin aire, pero no. Sigue, recorre todo el escenario, baja, se abraza con algunos fans mientras canta Trouble, dos tipos enormes de seguridad lo siguen, empujan fotógrafos para seguirle el ritmo por debajo del escenario, Shultz los esquiva y vuelve a subir, sacude la cabeza, sigue corriendo. Ver Cage the Elephant es como ver una banda que se congeló en los sesenta/setenta y se descongeló hace unos años. Shultz es un rock star setentoso, con la locura, la impronta y la imagen de un Mick Jagger con aires de Iggy Pop (cada vez que se saca la camisa, las botas y se sube sobre las manos tambaleantes de sus fans para bailar sobre una marea humana) como cuando canta Teeth para redondear cada show.

Fotografía: LA NACIÓN

Después de transitar una hora con Cage the Elephant, que rankea en lo mejor de esta edición, suenan los ingleses de 1975 de fondo mientras comemos una hamburguesa sentados en el césped. Esperando Metallica, pasamos por Don Diablo en el escenario de electrónica y volvemos a uno de los escenarios principales para encontrarnos con The XX.

A las 21:30 estamos parados en medio de una multitud esperando el show de Metallica. Ya son las 22 y la banda sigue sin aparecer. Se enciende la pantalla, aparecen escenas de “El bueno, el malo y el feo”, la película de 1966 dirigida por el italiano Sergio Leone, con una banda de sonido compuesta por el gran Ennio Morricone. Al rato sale Metallica a escena y da rienda suelta a un concierto que se extiende por más de dos horas. En ese lapso de tiempo, Metallica irrumpe con la brutalidad de su nuevo álbum, pesado, ruidoso, el regreso de Metallica al metal más duro. Gran parte del show se desborda con canciones nuevas de ese disco llamado Hardwire to self-destruct que incluye 26 temas extensos de entre seis y siete minutos, algunos de hasta ocho minutos como Halo On Fire o nueve minutos si hablamos de Ronnie Rising Medley. Por momentos, el sonido se pierde entre el viento y retoma. En algunos tramos del show, la banda mete mano en su propia historia y toca algunos clásicos como The Memory Remains de su disco Reload de 1997 o Master of Puppets, tema que le da nombre a su disco de 1986. Como cierre, después de una hinchada que pidió más mientras The Chainsmokers esperaba desde el otro escenario, Metallica dio lugar a dos canciones históricas de su repertorio: Nothing Else Matters y Enter the Sandman. Para el lamento de algunos, dejó afuera Unforgiven (canción que si había tocado en el Lollapalooza de Brasil) pero que decidió descartar al momento de dar pie a un repertorio más acorde a la furia de su último disco.

Entre idas y vueltas al festival, paramos en un hostel de Recoleta. En los pasillos, en la terraza, entre las habitaciones, se escuchan conversaciones entre uruguayos y argentinos, venezolanos, franceses y algún comentario en inglés que retumba en la madrugada. El lugar es acogedor, suenan los Rolling a la mañana desde un parlante durante el desayuno y, conversamos con algunos huéspedes en la terraza mientras tomamos unas cervezas a la noche. Un venezolano nos cuenta su paso por distintas disciplinas, desde boxeo hasta la cultura samurái. Nos tira algunos datos sobre tiburones y japoneses. Pasamos la noche. A la mañana desayunamos algo rápido, un café acompañado de unas tostadas con manteca o mermelada. Las bandas tocan al mediodía. En el medio vamos a alguna librería, damos vueltas por la zona. Vemos que podemos almorzar. Surge la idea de traficar sanguchitos al festival. Nos perdemos Turf que está a las 14. En la cocina del hostel se arman algunos sanguchitos, se envuelven en papel film y se guardan en las mochilas junto con golosinas. Llegando a la entrada del Hipódromo, una amiga saca dos sanguchitos de la mochila, se pone una campera y guarda uno en cada brazo. Agarra la mochila, me pide una campera y la usa para tapar las golosinas que quedan adentro. Hacemos la fila de nuevo, varones de un lado, mujeres del otro. Llegamos al control, pienso en lo gracioso que sería que la policía le encuentre un sanguche en cada brazo. Pero pasamos sin problema.

El sábado nos relajamos un poco más. No intentamos estar en todos lados al mismo tiempo. Solamente hacemos lugar para Duran Duran, Nervo, The Weeknd, The Strokes y Flume. Dejamos pasar algunas bandas, nos permitimos un recorrido por los Food Trucks ubicados dentro del espacio gastronómico. Nos acercamos a un camión que se llama Marlon, tiene el rostro de Marlon Brando dibujado encima y por dentro varias fotografías del actor. Una de las hamburguesas se llama “Padrino Burger”. Pedimos y mientras esperamos nos regalan auriculares. A los costados hay otros food trucks. Comida italiana, sanguches de bondiola, hamburguesas con salsa barbacoa de frutos del bosque, tacos, salchichas, comida vegetariana, y demás variedades que se pierden entre la multitud.

Nos sentamos en el césped. Esperamos por Duran Duran. Simon Le Bon, el cantante, aparece en escena con una remera celeste, camisa blanca, pantalón blanco y zapatillas verdes. Las vocalistas que lo acompañan se roban gran parte del show, Duran Duran muestra una performance arriba del escenario intacta, con un sonido limpio y sin baches que atraviesa cualquier época. Le Bon se permite un homenaje a David Bowie con Space Oddity y nos deja remontarnos a los ochenta entre clásicos dentro de su repertorio como: Come Undone y Ordinary World.

Esperando a The Weeknd, escuchamos unos gritos. Adelante, un hombre exaltado habla en inglés y pregunta si están tan emocionados como él por ver al cantante Abel Tesfaye que por primera vez se presenta en Argentina. Sigue gritando, “I fucking love The Weeknd” dice. La gente alrededor lo filman y le sacan algunas fotos. Sobre el escenario se encienden las pantallas y empieza a sonar Starboy, una de las canciones que The Weeknd compuso junto al dúo francés Daft Punk. La otra canción junto al dúo, I feel it coming, sonará sobre el final, luego de transitar otras canciones como Reminder, Sidewalks, False alarm, I can’t feel my face y dejar The Hills para el cierre definitivo.

Cerca de las 22, ya está todo listo para The Strokes. Suena una cumbia. Nos miramos, nadie entiende que pasa, pero saltamos igual. Es una versión de Reptilia remixada por un santiagueño, un guiño de la banda a su público argentino. Con esa cumbia de por medio, Julián Casablancas y el resto de The Strokes aparecen sobre el escenario.  Modern Age empieza a sonar y es el anuncio de un show que apeló a destacar a la banda más por sus clásicos que por sus últimas canciones. Los momentos sublimes se condensan en Someday, el pogo masivo de Reptilia y en le bonus de Last Night. En las redes sociales, la banda luego reconoció que nunca había dado un show de esa magnitud y que por primera vez en su historia habían logrado convocar a más de 60 mil personas (algunos hablaban de 90 mil).

El cierre de la edición 2017 del Lollapalooza estuvo a cargo de Flume, un dj australiano de 25 años que además de ser productor, es una de las figuras fuertes de la movida electrónica por la que había apostado el festival. Entre fuegos artificiales y un remix de You & Me de Disclosure, el Lollapalooza llegaba a su fin con promesas de volver en un futuro no muy lejano: el 2018.

Ahí estaremos.

 

 

 

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