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Gonzalo Emanuel Reartes.

Sí, ella de nuevo, la de voz inconfundible y palabras incomprensibles; ella de nuevo con sus ojos afilados al extremo y escuetas pestañas, con sus labios finitos y pálidos. Ella, la que me llenó de “calamelos” las carameleras, los frasquitos de colores, la panera, la azucarera, la frutera, la heladera, y los dos cajones de arriba del ropero. Una vez encontré con sorpresa y sonrisas “calamelos“ en los zapatos, comprendí que ella, por alguna magia aún desconocida, andaba endulzando mis pisadas. Por suerte para el día del niño me deshice de ellos, no con poca angustia y tristeza de deshacerme de esos objetos que adornaban mi hogar, pero sobre todo la recordaban a ella, a la flaquita del super de acá a la vuelta.

Pero me deshice, y con ellos pensé también se iban mis esperanzas. Pues la relación de pagar y dar el vuelto en “calamelos” y “caldo” se había estancado, y no avanzaba en ninguna dirección. Había dejado ir a los “calamelos” acumulados, y con ellos mis esperanzas acumuladas, para siempre. O por lo menos eso creí hasta el día de hoy que sucedió algo asombroso.

El día comenzó como cualquier otro, escuchando a los tacos de la vecina de arriba, la puerta mal cerrada del pasillo y un pajarito en un quebracho verde. Había soñado con una fiesta en Brasil en donde una morocha de pelo largo bailaba samba vestida de negro con plumas verdes, pero no lograba recordar bien a ella ni a la música. No sé qué vínculo tendrá ese sueño con la añoranza que me invadió, y recordé las mañanas en mi pueblo natal, y deseé no el cotidiano desayuno de cereales y leche, sino el telúrico “yerbiao” bien dulce con un sándwich de mortadela en pan francés. El deseo era tan fuerte que esperé hasta la hora en la que abren el super y para ahí encaré.

Como cada vez que voy saludé con un leve gesto de cabeza y un tímido “buenas…”. Y pasé al fondo a buscar el pan y el fiambre. Me atendió una señora en la fiambrería, y como de costumbre nos costó entendernos. Supongo que a las complicaciones del idioma, para ella se suma el desafío de entender una tonada esdrújula y cantada, con varias consonantes comidas o aspiradas.

Yo pregunte “cuánto sale la mortadela?”; contestó la señora “no entendo”. Como esta parte de la comunicación la conozco, no me preocupé y con paciencia, mi índice de mano derecha apunto a una mortadela petisa y gordota, que brillaba y sonreía entre rosas, blancos y puntitos negros de pimienta, al tiempo que preguntaba nuevamente “Cuánto sale la mortadela?”; la señora me contesto “Cala o balata?”. Entonces insistí, “pero, cuánto sale?, cuál es el precio?”; y ella insistió que la alternativa era “cala o balata”. Evidentemente no nos entendíamos, y como siempre yo pediría lo que deseo y ella  me daría lo que se le ocurra. Entonces pedí “200 gm. de mortadela!. Y ella, ya con tono enojado, respondió “moltadela cala o balata?, cala o balata?”, haciendo un pequeño gesto con sus manos y señalando la que yo miraba y una mortadela escondida, por vergüenza en su contextura y fisionomía, detrás de un salchichón primavera que se veía sabroso. Entonces comprendí su disyunción, con leve sonrisa señale la “cala”. Ella no sonrió, sacó la “moltadela”, la pasó por la máquina y me la entregó en un paquete. Había sido un triunfo para las teorías de la comunicación, y un aporte fundamental en las relaciones internacionales para nuestros países. Ahora tenía que ir a consolidar esos vínculos con la nación oriental en presencia de ella, de la cajera de voz inconfundible y palabras incomprensibles.

Ahí estaba ella, iluminada por la luz que la buscaba ingresando desde la calle por el portón de chapa azul. Ahí estaba ella detrás de esa caja cromada con máquina roja y calculadora negra. Ahí estaba vestida de verde y azul. Ahí estaba con sus ojos rasgados, con su sonrisa irónica y una obstinada voluntad de dar dulzura en forma de caramelos masticables. Ahí estaba ella, y aunque ninguno de los dos lo sabíamos este encuentro no sería como los demás.

En la fila había un muchacho antes. Él estaba con una remera blanca que tenía un dibujo de un elefante volando sostenido por un globo rojo. El dibujo me llamó la atención y recordé la reflexión de mi amigo Carlos “Chiquito” Vergara, un ornitólogo esotérico que cree que ser cagado por un pájaro es buena suerte, y sueña ser cagado por un elefante volador, con la esperanza que un misterioso y desconocido dispositivo de la providencia harán que la suerte sea mayor en función de la cantidad de las heces de este paquidermo. Debí sospechar que el dibujo en la remera contenía un mensaje que de algún modo inextricable avisaban lo que sucedería al final. Pagó el muchacho de la remera mesiánica, y ella dijo “Do pecho, no tenel vuelto!”. El no comprendió, y admito que tampoco yo. “Qué?” dijo él, y ella con una sonrisa y mayor énfasis “Do pecho, no tenel vuelto!”. La comprendí de inmediato, pero el muchacho no, e insistió con la misma interrogación, pero esta vez frunciendo las cejas, levantando el tono de voz, y agachando un poco la cabeza. Ella con dulce voz y leve sonrisa le dijo “Do pecho no tené, no tenel vuelto, calamelo puedo dal”. Y él, con mucho temperamento y violencia, enfadado y apurado, le dijo “pero metete los do pecho y los calamelos en el…” y se fue haciendo un gesto con la mano izquierda. Ella quedó ahí, frágil parecía, pero sin embargo su cuello apenas doblado hacia la derecha (como esquivando el gesto que le hicieron), y su mirada clavada en el caminar del muchacho, daban cuenta de una desazón ante los fracasos de la comunicación, del sistema monetario, de la globalización y la tolerancia a las diferencias.

Ella quedó ahí y era mi turno para pagarle.

Aunque sin esperanzas, quizás por hábito repetí el ritual. Me acerqué en silencio, le hice un pequeño saludo con las cejas y la cabeza, le entregué el dinero cuidando siempre de no rozar sus manos, y una vez que ella ha guardado el efectivo, y me suele decir «non tengo moneda, calamelo te puedo dal…», algo sucedió. Algo que no estaba en mis planes, pero que invadió de sorpresa y alegría. Por esas coincidencias, como en el chico anterior, también había dos pesos de vuelto que ella debía darme. Lo que el elefante volando había estado prediciendo ocurrió. Ella me miró, la miré, nos sonreímos y una espera se instaló entre nosotros. Yo esperaba los caramelos o los caldos. Ella dijo “do pecho”, y su mano izquierda se introdujo en el bolsillo del pantalón, fue instantáneo el gesto que fundía una relación entre sus ojos, su sonrisa, su mano saliendo del bolsillo y mostrando una moneda de dos pesos.

Dos pesos! Esos mismos que ella no tenía o quería dar, esos que fundaban un vínculo de indiferencia, rabia y odio entre ella y el muchacho de remera con un elefante volando. Dos pesos!, ella tenía para mí los dos pesos, los había estado guardando por quién sabe cuánto tiempo, y esos dos pesos eran el lenguaje lateral que utilizaba para declararme su amor, un amor al estilo todo por dos pesos.

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