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Por Soria y Obes.

Después del cruce diario de dos líneas con sentidos contrarios, dos autos que se ven los paragolpes en la esquina, los discursos económicos, el lenguaje que en los pliegues de la discusión cala como última ratio, vuelven en sí para insistir, cada uno con su sentido, en esa carrera a contramano con la condición problemática de la realidad.

La voz tonante en el cruce está del lado del poder: la administración apela a comunicar un presente esquivo, múltiple, aguerrido a las configuraciones de los segmentos sociales; un mosaico que para la imaginería de los administradores está en proceso de armonización, a que sus partes encuentren el punto de interacción entre sí y con el sistema regional y mundial. Este punto, es de suponer, es una hipótesis de trabajo que puede relanzarse políticamente, de hecho lo hace valiéndose de un saber técnico expresado, a veces, en voluntarismos mecánicos del tipo “el país arranca”, por ejemplo.

 

Oficio sospechoso    

El variable número de ministerios que el organigrama viene dándose hace tres décadas, no ha mermado la importancia que economía o finanzas tienen entre las demás carteras. Ni siquiera la figura del Jefe de Gabinete, creación de la reforma del 94, ha podido aplacar la relevancia que tiene para cualquier ciudadano -¿será por aquello de los recursos escasos como una praxis ordinaria de las familias argentinas, aplicadas a morigerar los deseos políticos, en puja permanente con los límites del presupuesto?

El desgranamiento de escritorios operado en Economía tras la ida de Prat Gay, viene un poco a romper con la tradición del Superministro, un fetiche que la actual gestión no tolerará, fiel a sus fobias y a su filosofía deportiva del trabajo en equipo. Este hecho, no obstante, cara a las disgresiones de Von Mises, para quien la eficiencia del cargo podía medirse en la opacidad del ministro, será rebasado una y otra vez por el discurso económico, interpelado en sus responsables a decir el presente, y más acuciantemente a predecir el futuro.

Alfredo Zaiat se dedicó precisamente en “Economía a contramano” a investigar la mala praxis de sus colegas, empeñados en diseñar escenarios a futuro según el humor del mercado y sus intereses profesionales. Desmentidos por una evidencia más política que económica -la ortodoxia sin poder es en algún punto una heterodoxia- las recetas de los expertos soportarán las miserias de la política: el arte de reconducir las fuerzas creativas de la sociedad a estándares mediocres y deficitarios.

 

Pruebas de humildad

La primera crítica, la más persuasiva y menos refutada de las incidencias del kirchnerismo, fue el INDEC; su denuncia y posterior puesta a punto, pareció por un momento el ingreso a los ojos de un resonador: la “historia del instante” podía justificar las críticas a un sistema público arruinado y ofrecerse de insumo de referencia para la acción. Las imágenes, la información seriada de los comportamientos socio económicos de la población, asumían en grado de certeza un diagnóstico, los ofrecían en porcentajes crudos, y le atribuían al instrumento efectos virtuosos sobre el futuro -El estado del Estado, la pieza discursiva con la que Macri abrió las sesiones del Congreso, fue eso: un inventario del mal estado del Estado previo, los números rojos de la economía, y la cándida promesa de llevar a cero la pobreza.

Frente al vértigo de las cámaras, que Pagni disfruta con deleite, su socio, Nicolás Dujovne, explica neutral, indiferente, las causas que demoran el crecimiento del país. Meses después, convertido en un Ministro (de finanzas) más pequeño, le dirá en un reportaje a La Nación (febrero 2017), que el país se encamina al crecimiento: la recesión acaba, se recupera el salario y las metas de inflación podrán chequearse en el próximo semestre.

El círculo que cierra sobre sí el funcionario, no abandona el carácter subsidiario de la economía. La contingencia, esa piedra inmanente a la experiencia histórica, y que del lado del análisis aparece empobrecedora, con efectos relentizadores de la política -el “gradualismo”=sumisión de la economía- termina aguijoneando al discurso profesional, proviéndolo de contextos, densidad práctica, y contradicciones más fructíferas para el debate público. Adam Smith, esclareció en su tiempo esa tensión, quitando a la economía de la fila de las ciencias exactas

 

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