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La lluvia golpeaba intensamente el parabrisas de mi camioneta.  Me encontraba atravesando Panamericana hacia el Centro, cuando encendí la radio. Necesitaba oír qué se hablaba del caso. Sintonicé la Mitre, Longobardi lo estaba entrevistando. Su voz llenando el interior del vehículo me dejaba helado. Claro, era una grabación, pero en ese momento no sabía si era real o parte de una alucinación perversa. Todo se puso negro por unos segundos; volví cuando un vehículo se me cruzó (en realidad el que se había cruzado era yo).  ¿Qué carajo estaba pasando? ¿En qué momento se había definido mi suerte?

Aquel sábado de enero estaba en la pileta con mis hijas. Mi celular sonaba pero nadie lo escuchó. Volvió a sonar apenas unos minutos después, en la pantalla decía “llamada privada” y entonces supe que era mi jefe. El clima caluroso de la escena política actual no era algo en lo que pensaba en ese momento, habían pasado cuatro días desde que él había denunciado a la presidenta de la Nación por un presunto pacto de encubrimiento en favor de los iraníes acusados de volar la AMIA en el 94. Todo muy heavy. Sin embargo, siempre me llamaba para que le resuelva cosas que a veces eran boludeces: copy/paste de una carpeta a otra o instalar alguna aplicación en el teléfono.

Cuando llegué a su departamento en Puerto Madero, no supe cómo reaccionar ante su pedido. Regresé a mi casa manejando como un robot. Al llegar, mi mujer me notó pálido pero no quise decirle nada aún. Sonó mi celular unas horas más tarde, era él preguntando si había conseguido lo que me pidió. Esperé a quedar solo y fui hasta la biblioteca, bajé una pequeña caja de madera (donde además tenía una cámara de fotos y una edición en vinilo de New Blood, de Peter Gabriel), saqué el arma y envolví las tres partes en un paño verde “para que no haga ruido en la guantera”, pensé.

Alberto me dijo que necesitaba el arma para cuando saliera a pasear con sus hijas, para ahuyentar a algún fanático ocasional que quisiera atacarlo. Cuando estuve sentado en su living, me sentí muy incómodo. Uno está acostumbrado a verlo con su traje, pero en su casa vestía con jeans y camisas. Muy clásico. Quería hacer todo lo más rápido posible y huir de ese departamento. Le dije “quedate con la credencial de portación”, por un segundo quitó la vista del arma y la posó sobre mis ojos, “no, a mí no me para nadie. Quedátela para comprar balas”. Juro que no podía creer la conversación que estábamos teniendo. Quise zafar de algún modo, ¿por qué un Fiscal de la Nación con 5 custodios necesitaba un chumbo? Terminó convenciéndome de la situación. Antes de irme le advertí que el arma andaba para el orto, que no asustaba. Alberto no confiaba en nadie, pero confió en mí para semejante favor. El temor que transmitía en ese momento respondía a la posibilidad de un eventual incidente callejero, no llegué a sospechar otra cosa.

Pasaron dos días. Cerca de las siete de la matina empezó a sonar mi celular sobre la mesita de luz. Mi mujer dormía en la habitación de Elena, yo con Gregorio compartíamos la cama grande. Josefina me despierta, “¿no escuchaste el fijo?” me preguntó. No podía imaginar quién podía estar llamando tan insistentemente a ésa hora, inevitablemente me puse en guardia. Tomé el celular y me encontré con una lista interminable de mensajes de whatsapp. “Diego, lo siento mucho, es un mundo de mierda en el que vivimos…” y cosas por el estilo. Me levanté lentamente de la cama para no despertar a mi hijo y encendí la tele. La noticia me dejó en shock: los medios hablaban de suicidio.  “se mató con mi pistola” es lo único que alcancé a decirle a mi mujer.

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A principios de 2002, un familiar fallecido me había incluido en su testamento y ligué herencia. Un baúl de mierda sepultado en un galpón rural en las afueras de Buenos Aires. Cambié de parecer al momento de abrirlo y encontrar en su interior una Magnum, un rifle Winchester y otras cositas de valor. Decidí quedarme con una Bersa calibre 22 color marrón. Siempre he disfrutado de la pesca y la cocina, así que ésta era mi oportunidad para aprender tiro. Entonces hice la declaración testimonial y me quedé con la Bersa. Llamé a Moro, que trabajaba para la Policía Aeronáutica, y le conté del arma y le pregunté cómo registrarla porque no tenía la menor idea. Era la primera vez que tenía una. “Anotá el modelo, el número de serie y mandate al RENAR”. Ya con la credencial en mano, fuimos con Moro (su hermano era mi cliente) al Tiro Federal de San Fernando para aprender lo básico. Fue ahí que comprobé que el arma andaba para el orto, la mayoría de las veces disparaba dos tiros en vez de uno. Fuimos una segunda vez, pero desde entonces ya no la usé. A partir de ahí el arma quedó guardada en una caja de madera en mi biblioteca.

Un tiempo atrás, Moro me contactó con el juez Brugo, quién necesitaba asistencia técnica. No recuerdo muy bien si fue Moro o Brugo el que me contactó ante un joven fiscal general, exitoso, que, de transitar los pasillos de los juzgados de Morón, pasó a tener entre sus manos la investigación criminal más pesada del país. La primera vez que me llamó, Alberto no necesitaba un hacker: ¡se le había roto el botón de encendido de la notebook! Se lo arreglé con La Gotita y le recomendé que no lo apretara tan fuerte la próxima vez. Al parecer le gustó la eficacia y la inmediatez, y quedó satisfecho. A partir de entonces empezaría a llamarme cada vez que tenía algún problema con su computadora.

Pasó un tiempo, en el que resolvía pequeños encargos, hasta que en el 2007 Alberto decidió sumarme a su equipo de trabajo en la UFI AMIA. Quería que sea jefe del área de Sistemas. En aquel entonces, iniciaba con un sueldo de ocho mil pesos que me permitía vivir bien junto a mi esposa, aunque finalmente mi régimen laboral se trató de ser un recurso personal de Alberto, no asistir a la oficina y ser requerido cuando él lo necesitaba.

Fui criado en Banfield, al sur del conurbano. Cuando cumplí 15 años, cursaba la secundaria en el IMPA de Quilmes y tenía mi primer trabajo: limpiar teclados y monitores en la oficina de Hacienda de la Municipalidad de Lomas de Zamora. Iba los viernes, rateándome de la clase de Geografía. Ya ganaba mi propia guita y las computadoras pasaron a ser parte de mi vida. Hoy todos quieren ser gerentes, pero yo empecé tirando cables, limpiando gabinetes… egresé del IMPA como técnico electrónico, y después de hacer varias carreras a medias, finalmente terminé la Licenciatura de Informática en la sede porteña de la Universidad Católica de Salta.

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Uno esta preparado para ciertas emergencias: un corte de luz, un accidente doméstico, pero un fiscal que teóricamente se mata con un arma tuya… hasta ahí todo lo que sabía es que le había dado un arma y que dos días después había aparecido muerto.

Cuando volví en sí, logré cruzar Panamericana. Llegué a tribunales en plena crisis de nervios. Un juez amigo me dijo que averiguara cual era el juzgado y que vaya inmediatamente. Estaba desesperado, quería simplemente decir todo lo que había pasado, era cuestión de tiempo para que averiguaran de quién era el arma y quería evitar todo ese proceso. Di un testimonio con todos los detalles: la llamada de Alberto, el pedido del arma, la vuelta a Le Parc, la subida con uno de los custodios, el comentario del 4G, el escritorio con los papeles de la denuncia y los resaltadores luminosos, el café en cápsula preparado por él mismo, mis instrucciones para usar el arma y la despedida por el ascensor principal, y las cinco personas que me vieron dejar el departamento y saludarlo a la distancia. Y esto no es un detalle menor, estas personas fueron testigos de que dejé el lugar con Alberto aún vivo (¿Acaso él había calculado esto?). Éste sería el último eslabón que determinaría mi participación en todo este rollo, y que empezó en el momento en que decidí quedarme con esa maldita Bersa, que bien podría estar oxidándose en un galpón en medio del campo y no terminar en la sien de un fiscal, en el centro de una tragedia que definiría toda una era política.

Sabía lo que venía a continuación: el Gobierno y los medios me convirtieron en el sospechoso perfecto. La opinión pública hambrienta de rumores multiplicó el efecto. Me convertí en un hombre bajo custodia sobre el que pesaban toda clase de hipótesis: espía, sicario, dealer, puto… Claro, entonces pienso “el flaco labura con el fiscal que lleva la causa más grosa del país, no va nunca a la fiscalía, trabaja a requerimiento, cobra cuarenta lucas,  es experto en informática… Doña Rosa debe imaginar que trabajo con satélites de la NASA. Algo raro debe haber, o hace inteligencia, o se lo garcha, o no sé qué”.

De ahí en más, lo que vino fue una sucesión se personajes dando declaraciones insólitas: En su cuenta de Facebook, y a través de cadena nacional, la mismísima presidenta de la Nación dedicó parte de su valioso tiempo hacia mi persona. Me señaló como sospechoso y me vinculó con el grupo Clarín.  Me etiquetó como un “feroz opositor”. Marcelo Saín, ex interventor de la Policía de Seguridad Aeronáutica, dijo que tiempo atrás (unos diez años), le ofrecí servicios de espionaje. Aníbal Fernández me acusó de operar para los servicios de inteligencia desbandados, como lacayo de Jaime Stiuso (¡Qué locura!). Y sigue: un abogado de una víctima de Cromañón dijo que durante dos semanas, en el año 2005, espié a víctimas de la tragedia, haciéndome pasar por fotógrafo documental. Y no termina ahí. A comienzo de febrero se filtró en la web un video donde supuestamente aparezco yo en una manifestación en Tribunales durante la primera sentencia del juicio por Cromañón, en 2009 (más adelante un periodista de la Rolling Stone saldría a aclarar que el del video era él). Como frutilla de este quilombo, batiendo récord de este disparate político, el senador nacional Salvador Cabral, dijo por radio que fue un crimen pasional perpetrado por su “marido” (yo), que “amorosamente” le pegué un tiro.

En medio de toda esta tormenta, algunas buenas surgieron. Los registros de la autopista constataron mis movimientos aquel día y Parrilli confirmó que nunca había sido contratado por la Secretaría de Inteligencia. Todo esto fue muy loco para mí. Si me gustara la fama, aprovecharía para estar las 24 horas en televisión. Podría haber puesto mi camita en el programa de Rial o en el piso de TN. No tenía nada que ocultar, tampoco nada para exponer. No es que inventé un algoritmo para encriptar información satelital. ¡Me hice famoso porque le presté un arma a un tipo!

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En una de las últimas sesiones con mi psicóloga, le confesé: ‘Siento que Diego sólo quedó físicamente, que me hicieron un hueco y me succionaron todo el contenido’. Muchas veces las personas quieren ayudar pero la cagan más. Recién alguien me dijo: “bueno, son enseñanzas de la vida’. Si, ¡pero yo hice yo hice un doctorado en una semana, hijo de puta!

La mayoría de mis problemas tienen origen en mi constante deseo de agradar. De resolver los  inconvenientes no sólo informáticos de mi clientes o amigos, y obtener un reconocimiento por eso. Esa es mi gran debilidad.

Yo creo que Alberto no confiaba en la gente de Sistemas de la fiscalía, y no era sólo una desconfianza técnica, sino que no podía contar con ellos. Su ley fundamental era “Ahora es ya”, y él sabía que en ese sentido contaba conmigo de forma incondicional. Mi hermano me decía “yo nunca hubiese bancado a un cliente así”. Te llamaba a cualquier hora: los domingos a las seis de la tarde, mientras yo estaba en el supermercado y me contaba sobre el problema que tenía. “Estoy en el súper, Alberto” respondía y el tipo se ofuscaba. “en media hora estoy en casa y me conecto”. ¡Veintinueve minutos después ya me estaba llamando de nuevo! Era uno de esos tipos que no aceptaba que hay variables que uno simplemente no puede manejar: la cola del súper, el tránsito, una inundación.

El problema más grave que me tocó resolver para la fiscalía fue cuando se cayeron los discos del Excalibur, el programa más usado en el país para intervenciones telefónicas y tuve que reinstalarlo. Alberto me llamaba para resolver problemas ridículamente simples, como cuando quería saber por qué a determinada página podía meterse con el Explorer y no con el Chrome. Intenté en esa ocasión darle una explicación simple para que él terminara diciendo “tienen que andar los dos igual”. También me ocupaba de las computadoras de su familia. Conozco a sus hijas porque cada vez que tenían un problema iba yo a solucionarlo. Por este motivo también conozco a Sandra, su ex mujer. Entonces entendí que Alberto no quería mezclar a la gente de Sistemas de la fiscalía con su vida fuera de la oficina.

¿Por qué él confiaba en mí? Tanto darle vueltas al tema, pienso que es por mi personalidad: me autoflagelo cuando no encuentro una respuesta, por ese deseo de agradar. Cualquier otra persona lo hubiese mandado a la mierda si lo llamaba a media noche para preguntarle algo del Explorer. Llamaba a mi casa, por ejemplo, yo estaba en la ducha y no terminaba de sonar el celular que ya empezaba a sonar el fijo. ¿Cuántas veces podés llamar a alguien, por más que se tu subordinado?

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Estoy viviendo una película y de repente me di cuenta de que soy el protagonista. Es como ese capítulo donde Homero queda envuelta en una denuncia mediática por despegar un caramelo (la Venus de jalea) del culo de una niñera. Lo termina salvando Willy, el jardinero. Al final aparece Kent Brockman diciendo por televisión “a veces los periodistas nos equivocamos, estos son nuestros errores” y vemos en pantalla una lista interminable. “Y a continuación, un conserje que espía parejas en la noche…” Y es Willy, que había salvado a Homero. Y Homero mira a Marge y dice: “Qué cara de depravado”. A veces tienes que elegir, o la televisión o la realidad.

No sé si a Alberto lo mataron espías, el Gobierno, los iraníes, la CIA o los aliens, o si se suicidó. Solo sé que me encuentro al borde del misticismo, sólo puedo pensar en “San Jacinto”, una canción de Peter Gabriel. Cuenta que se inspiró en la historia de un chico que quería ser guerrero y lo agarró el brujo de la tribu. El tipo agarra una bolsa llena de serpientes y se lleva al pibe a la montaña. Le hace meter la mano en la bolsa. Una serpiente lo pica y, en medio de convulsiones y mucha fiebre, el viejo le dice: “Tenés dos caminos, morir o convertirte en guerrero”. Pienso en que esta vez me tocó a mí meter la mano en la bolsa, todavía estoy con fiebre y no sé en qué va a terminar.

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