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Kingdom Come - Mark Bryan

Dedicado a Fede A.

El mundo tiene un diseño muy particular. Las quejas siempre vienen de los que rompen los estándares: los muy altos, los enanos, los obesos; con el colectivo de personas especiales y madres parturientas la legislación hizo posible un lugar determinado en el transporte. Los ancianos son un capítulo aparte- sin bajar del micro, o del subte-, su suerte de viajar sentados o al solivio de la marcha, dependen exclusivamente de los otros. La viejos no son discapacitados, se parecen a las muestras que el vendedor coloca en las rodillas del pasajero, una presencia grata o indiferente

Para una parte del grupo que entra en las medidas del mercado, las cosas no son fáciles. Controlar la barba, bajar una escalera, subirse a una bici, sacar una percha, atarse los zapatos, caminar, lo más prosaico, del orden de lo ordinario y natural, puede ser una hazaña para los que viven en los márgenes del estándar. Aún así, el silencio de los resignados, adivinan que es mejor el esfuerzo por entrar en el mundo normalizado, que luchar por otro mundo a medida.

Las diferencias menos ostensibles, o representadas en menor medida: enfermos ostomizados, oncológicos, con retrasos madurativos, cuando tienen presencia pública obtienen el lugar santo de la caridad. Un barbijo, una mueca sintomática, una bolsa exteriorizada donde van a parar nuestros deshechos, movilizan rápidamente la sensibilidad. Un bastón blanco, o un cartel que rece “sordomudo”, serán otros señuelos para la deferencia, y en ocasiones un oficio donde se expone el estigma.

Todos sabemos que en el capitalismo hay un mundo mejor. Es nuestra religión, ya lo dijo Walter Benjamin. A diferencia de la otra religión, la que heredamos, el mundo mejor está aquí, es parte de la historia. Pasó el tiempo donde el mejor mundo posible era el Primer Mundo. Tenía sentido, vivíamos en el tercero, era una aspiración. De esa época es también la publicidad que nos prometía que “pertenecer tiene sus privilegios”. La tarjeta era norteamericana y tenerla nos convertía simbólicamente en ciudadanos del primer mundo, era nuestro pasaporte para sentirnos privilegiados.

Luego vino la Patria Grande y el “Bailando por un sueño”, de Tinelli. Obama, en el centro del Imperio, invocaba un sueño colectivo. El mundo inasible de los sueños volvía a escena, era otra vez valioso. No hacía falta trasladarse con la imaginación o el buscador al mundo de referencia. Los sueños, a mano y sin defecciones, eran el mundo que cada uno podía acariciar, podía militar, podía satisfacer si el jurado (el público) así quería.  

Hoy vivimos conectados, con el mundo a centímetros de una pantalla. Despertamos de un sueño, se vuelve a oír, y nuestro mundo, fuera de la virtualidad, vuelve a sentir la gravedad del presente. El péndulo no nos engaña, nuestro ejido es el mercado, en él ajetreamos los días porque su institución es permanente y es todo el mundo posible

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