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Por Dorita Paez Gimenez

A la memoria de las docentes añatuyenses fallecidas en un accidente automovilístico el día  03/06/17, camino a un Congreso educativo. 

El reloj marcó las cinco de la mañana. No existe el Sol aún, la negrura helada de la noche moja sutilmente las hojas del ciprés del patio, la planta que tanto amas. Desde que tengo memoria estuvo allí parado, estático, detenido, inmutable. Imperturbable. Sólo cobraba vigor cuando te sentía cerca, cuando lo arrullabas como a un niño con las armonías de tu voz. Tu tacto impulsaba el envión de clorofila que le avivaba los tallos para aferrarse a la tierra, al suelo, a la vida. Para no caer. O morir de pie. Esperamos juntos, mate de por medio, el bocinazo que te ordenara desplazarte del sofá, de al lado de las llamas del hogar. El calor te coloreaba las mejillas, y tu sonrisa vigente destellaba en la sala contra la luz llameante del fuego, mientras cantabas los tangos programados en la AM de siempre para los solitarios que, insomnes, nacen al día prematuramente. Ha de ser triste nacer a un sábado solo, imagino.

Te miro corregir unos últimos exámenes, tu risa tintineante me cuenta que sos feliz leyendo y releyendo las ocurrencias de tus criaturas de guardapolvo blanco, y las disculpas del que no pudo, del que no sabe, te enternecen el corazón. Te quieren, lo confirmo de lunes a viernes: yo aguardo por vos en el auto, solo, amargado de números y cálculos y ahogado, con la corbata que me ajusta unos centímetros más el nudo en la garganta del vacío existencial. Te asomas de entre esa masa de enanos, el Sol subyugando su brillo al encanto que derrochas cuando te llaman Seño. Y sos feliz. Al menos un tercio más de lo que puedo reconocer en mí. Pero, ¿sabes? Vos me colmas los vacíos. Me ablandas la presión de la corbata, y le das color a mi cara y a mi vida cuando me acaricias el rostro, pálido de existir, con tus dedos empolvados en tizas arcoíris.

Volver a la cama lejos de tus piernas me va a costar. Probablemente decida esperar al Sol, rellenando algún sudoku. También sabes que sólo los números consiguen distraerme y atraerme cuando te vas. La bocina retumba en la sala de estar. Te enfundas en tu abrigo negro para camuflarte con la noche entre las estrellas. Envuelvo mi bufanda en tu cuello exquisito, porque no quiero que nada ahí afuera te haga daño, ni siquiera el viento helado; y te beso la frente. “Suerte, belleza”. Me pedís que te marque una cruz con el pulgar sobre tu frente. Usualmente me rehusaría a hacerlo, sabes que no creo en la magia, aunque tantas veces me haga falta un dios a quien llorarle. Lo hago, te bendigo con mi amor más profundo, y te despido.  La puerta se cierra tras tu figura y la casa entera me queda un tanto más grande.

Casi simulan ser mil años después de la llamada, y el bombardeo de  titulares y condolencias con tu nombre impreso no ha cesado de reivindicar mi temor mayor. En silencio observo el mate: la yerba opaca, la bombilla que apunta hacia la dirección en donde alguna vez, remota vez, encontró -y encontré- tu boca. Son las cinco de la mañana otra vez, nunca dejaron de serlo desde que dejamos de compartir el oxígeno. Desde que te supe infinita, camuflada con tu saquito negro entre los astros. Miro la silla vacía entumecido, adormecido de tu ausencia, de los devenires de la existencia humana, de tu cara que ahora no es más que una instantánea. Quiero tener un dios a quien culpar. Quiero poder entender que ni las mil señales de  cruz ni la bufanda ni el amor bastaron para amarrarte a la vida.  Quisiera haber preferido al viento envolviendo tu cuello, y no a la muerte asfixiándolo.

Entonces, ¿qué? Las tizas no bailan más entre tus dedos; ni el aula huele como a casa. Y a todos nos faltan tus manos y tus sermones, tus mates de la mañana y el arroz con leche de las 15. ¿A quién le va enternecer el corazón el error, el “no puedo,  Seño ayudame”, el “Seño, te quiero”? ¿Qué otra loca va a parir con sus libros puestos? ¿Qué otra loca va a morir por unos cuarenta centésimos? Que auguraban un futuro mejor, un saber extra que transmitirle a los pibes… A los tuyos, a tu tribu, a tu mundo.

Y ahora ¿quién me devuelve el milagro encarnado en tu presencia?

Quién nos devuelve a la maestra.


Ilustración: Juanca Paez Gimenez

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