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Por Adrian Bonilla.

Una mujer camina lentamente observando la cartelera del cine. La función comienza a las seis de la tarde y en la antesala del Atlas sólo esperamos ella y yo. Mientras sigue paseándose, en espera de que habiliten la boletería, yo me entretengo de a ratos mirando en un televisor colgado de una de las paredes el partido que disputan las selecciones de fútbol de Uruguay y Australia; ambas se juegan el pasaje al mundial de fútbol Corea-Japón 2002.

Ya sea porque la expresión de mi cara deja entrever una decisión ya tomada, o porque ni siquiera me molesto en recorrer y revisar la cartelera, o por la sencilla y más sensata razón de que seguimos siendo los únicos que esperamos para comprar nuestras entradas, la mujer se me va acercando hasta que, dubitativa, pregunta:

— ¿Qué película vas a ver?

— El Secreto de un poeta.

— ¿Por qué la elegiste?

— Porque es la adaptación de un libro que me gustó.

— ¿Una novela?

— No, aunque si quisieras podrías leerlo como si lo fuera. El libro narra la historia de un poeta vagabundo que vivió en Nueva York.

— Parece interesante. ¿Quién es el poeta?

— Joe Gould.

— No me suena.

— No es conocido.

— ¿Vos qué decís? ¿Me la recomendás?

— Si no te importa lo que dijo la crítica, supongo de sí.

— Entonces voy a hacerte caso.

Ella se acomodó dos o tres filas delante de la pantalla. Yo, como de costumbre, me senté casi al final. Aquel domingo caluroso de 2001, en la inmensa sala del céntrico cine tucumano, el periodista Joseph Mitchell reveló el secreto del poeta Joe Gould sólo para nosotros dos.

***

Si no hubiera leído el libro de Mitchell, allá por 2000, probablemente jamás habría reparado en la película dirigida y protagonizada por Stanley Tucci. Por aquella época solía comprar en los quioscos tucumanos la revista española Qué leer. Una publicación que incluía reseñas, entrevistas y crónicas. En sus páginas conocí, entre otras novedades, a un ignoto chileno llamado Roberto Bolaño. Fue allí, en la sección Críticas, donde encontré el comentario de un tal Prat Riquelme que pontificaba sobre lo imprescindible de leer el libro de Mitchell. Cuando reparé en la calificación con puntuación máxima que el comentarista le atribuía me pregunté si sería para tanto. Es más, mis dudas y mis ganas de leerlo se acrecentaron cuando leí una cita bastante prometedora atribuida al escritor Martín Amís. El británico aconsejaba abastecerse de varios ejemplares para regalarlos a nuestros mejores amigos. Finalmente compré el único ejemplar disponible en una librería tucumana por dieciocho pesos (dieciocho dólares), un canon financiero que durante el menemato —y más aún en sus estertores— difícilmente hubiera permitido el abastecimiento del que hablaba Amis. Después de devorar el libro lo sentí verdaderamente por mis amigos.

***

Quizá esa curiosidad propia de los buenos escritores fue la que impulsó a Mitchell a retomar la primera versión sobre la historia de aquel poeta callejero. Una ampliación que tal vez tenga que ver con un texto un tanto falto de voces y por lo tanto inacabado e insatisfactorio para su autor, y quizá también para sus lectores. Porque el libro reúne dos historias. La primera (1942) se titula “El profesor gaviota” y narra la bohemia de un graduado de Harvard que duerme como puede y donde puede, que asegura estar escribiendo una especie de obra proustiana que pretende rescatar las voces anónimas y olvidadas de los marginados, que frecuenta los bares del Greenwich Village para beber café de vaquero (fuerte y sin azúcar) y comer sándwiches de huevo frito, a los que atosiga con cantidades imposibles de Ketchup; la segunda (1964) lleva por título “El secreto de Joe Gould” y es la conclusión de aquel perfil neblinoso y minado de interrogantes del primer Gould, y de éste último, que ha muerto, dejando tras de sí el halo de una obra monumental.

***

Joseph Mitchell llegó a Nueva York procedente de Carolina del Norte en 1929, un día antes del derrumbe financiero que provocó la Gran Depresión. Consiguió trabajo como meritorio en el periódico The World. Curiosamente el mismo puesto que Joe Gould había abandonado en 1917 en el Evening Mail para dedicarse a mendigar y escribir. Se sabe que Mitchell fracasó como novelista. Cuando formó parte de la redacción del The New Yorker se encargó de perfilar a la más variopinta y mundana fauna humana de la gran manzana. Entre las anécdotas que pintan al Mitchell periodista se encuentra la del reproche recibido a propósito de su manía por perfilar a gente ordinaria; él respondió: “la gente ordinaria es tan importante como usted, quienquiera que usted sea”.

El reportero y el poeta no se sentaron a hablar hasta mediados de 1942. De esas conversaciones surgió “El profesor gaviota”. Título que alude a ese Gould que suele vérselo por la Quinta Avenida corriendo y simulando el vuelo y el graznido de una gaviota. La impresión que esa figura estrafalaria provocó en Mitchell fue desmedida. Había quedado sorprendido con la empresa que el profesor llevaba adelante: la escritura de una “Historia oral de nuestro tiempo”. Una historia compuesta por palabras pertenecientes a “esos que nunca han pertenecido a ningún lugar. Esos que se sientan en bares terriblemente oscuros. Pobres ancianos y ancianas que se encogen en bancos de parque, enfermos, amargados, locos: los que nunca han tenido nada, los marginados de siempre, los que nunca han sido invitados”. Mitchell lo ejemplifica diciendo que Gould se “pasó siete horas sentado en un bar de la Tercera Avenida escuchando a una anciana húngara, en un tiempo madama y traficante de drogas, hoy responsable de las sopas de un hospital ciudadano, contar la historia de su vida mientras bebía cerveza tras otra”. Toda esa amalgama de voces, deseos e intenciones iban a parar a cuadernos escolares que según Gould entregaba a amigos y amigas que oficiaban de tenedores.

El entusiasmo que provoca en Mitchell la escucha de extensos pasajes de esa historia oral leídos por el propio Gould lo lleva a buscar editores, mecenas, papel, tinta y alojamiento. Pero lo cierto era que las personas que sabían de la existencia de esos manuscritos sólo los conocían de oídas. En 1941 el dramaturgo William Sorayan escribe en el Newsstand: “Joe Gould me sigue pareciendo uno de los pocos escritores norteamericanos auténticos y originales de nuestro país”. Los poetas Ezra Pound y E.E. Cummings se interesan en el proyecto y llegan a hablar de él en sus revistas. Para cuando el perfil fue publicado, Mitchell todavía no había accedido a esas, según el Herald Tribune, más de 8.800.000 palabras. Una extensión que duplica en diez veces al de la Biblia.

***

Para no faltar a la verdad, diré que “El secreto de Joe Gould”, la segunda entrega del libro, no se trata de una continuación, sino de una reformulación del perfil original, “El profesor gaviota”. El olfato periodístico de Mitchell le indicaba que había algo en toda esa historia que no terminaba de cuajar. ¿Dónde estaban los cuadernos escolares en los que escribía Gould? ¿Quién o quienes los tenían? ¿Tendría acceso a ellos? Casi podríamos decir que ingresamos en una zona donde el elemento policial/deductivo entra en juego. El periodista que investiga el paradero de una cantidad indefinida e incierta de cuadernos manuscritos.

El periodista y escritor (¿acaso no es la misma cosa?) Roberto Herrscher cita a Joseph Mitchell en su libro Periodismo narrativo. Afirma que el perfil escrito por el norteamericano es uno de los mejores. Agrega que después de publicar la segunda parte, el hombre que además amaba la fotografía, los muelles de Nueva York y las comunidades gitanas, jamás volvió a trepar a tamañas alturas.

Salvando distancias y susceptibilidades, uno supone que la publicación del segundo perfil tuvo como antesala algo de esa incomodidad tormentosa que oprimía a Truman Capote. Recordemos que Capote esperó con los nervios destrozados y una ansiedad insoportable que la ejecución de los acusados Perry y Dick se consumara. Recién entonces pudo publicar A sangre fría. Cuando Mitchell publicó “El secreto de Joe Gould”, hacía siete meses que el poeta vagabundo había muerto.

Podría cerrar diciendo que se trata de un libro imprescindible para los que aman el buen periodismo. Pero ¿acaso el buen periodismo no es también buena literatura?


El secreto de Joe Gould

Joseph Mitchell

Barcelona, Anagrama, 2000

Pág. 178

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