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Por Belén Navarro

La sala Hércules fue para mí sinónimo de encuentro con el arte, de encuentro con el otro y fuente de coincidencia con el hijo literario de Rafael Bruza: El Cruce de la Pampa. Una obra que ha tocado a casi mil espectadores santiagueños que, agotando anticipadas función a función, se han hecho eco de esta creación adaptada y puesta en escena por el grupo Yunque Teatro bajo la coordinación de Diego Palavecino, en un trabajo colectivo digno de reconocimiento.

Rafael Bruza es un erudito santafesino, actor, director y dramaturgo; su texto formó parte de un viaje que no pude dejar de recorrer con placer y entusiasmo. Llegó a mis manos de casualidad, en una versión PDF incompleta, y tengo que reconocer que después de haber releído varias veces algunos fragmentos quedó impregnado un sentimiento de necesidad en mí de conseguir la obra completa.

Bajo mis propios medios ahondé posibilidades frustradas en Santiago del Estero, dejé pasar el tiempo hasta casi olvidarme de ella, pero un viaje improvisado a la Capital Federal, el haberme perdido, y la incapacidad lógica de reponerme al terror asiduo vinculado a las reiteradas sustracciones ilegales de mis celulares, generó que desempolvara el estrés en una sucursal de Cúspide, sentada en el suelo, con la obra pronta a vincularse con mi tarjeta de débito.

La acogí como una pieza sublime. Significaba mucho más para mí por cuestiones personales del pasado que no vienen al caso, o tal vez sí, sin embargo era la consistencia del texto lo que en verdad me movilizaba. El cómo la soledad y un aparente sentido de vacío existencial en los personajes los subsumía en encuentro. Ese encuentro sacudido por la absurdidad de obstáculos invisibles.

El escucharse sin realmente escucharse; el verse, sin realmente verse; un compartir sin realmente compartir. Cada personaje se ve sumido en dimensiones alternas y sus interacciones son al principio substancialmente frágiles; pero solo al principio; porque estos dos buscadores abandonados tienen mucho para decir sobre las contradicciones e inconsistencias humanas, y mucho sobre la superación y los fuertes vínculos afectivos.

Mi experiencia con el texto se cruza con la interpretación de los involucrados. Diego Palavecino, germinador de la movida; profesor, actor, director, referente de Hércules, celoso de sus libros, fumador de pipa y apreciado amigo, se remonta al 2007, año en que vio la obra por primera vez montada por un grupo teatral de Mendoza; “la obra me quedó dando vueltas en la cabeza” dice, “por mucho tiempo”.

Por circunstanciales casualidades conoció a Bruza quién voluntariamente le facilitó la obra impresa. Esto generó en Diego la disposición furiosa de buscar actores: había decidido hacerla. Con los derechos de la obra bajo el brazo emprendió las complicaciones en la construcción teatral de ese vínculo tan peculiar entre Alvarito y Villafañe.

Dice Diego que Rafael pinta a los personajes como hombres de 60 años, y que éstos son un contrapunto. Los actores que buscaba tenían que tener un “algo” que les permitiera trabajar juntos en esta obra, y en medio de esta visión, pasaron alrededor de dos años de encuentro y desencuentro entre actores idóneos para representar a uno y otro personaje, pero no había contraste, “y era eso lo que no me terminaba de convencer”.

En el 2016 Palavecino inició un taller propio de teatro en la Sala Hércules, y al tiempo que se desarrollaba le llamó la atención el vínculo de trabajo entre Luis Gallar y Gonzalo Karán (los dos actores en escena); “me gustaba el contrapunto que hacían”, los observó algún tiempo, probándolos con algunas dinámicas, les pasó el texto simplemente para que lo leyeran, y esperó su opinión.

En medio de sonrisas y bromas revela que observó cómo la inquietud empezó a gestarse en ellos por sí misma, y a partir de ahí se plantearon la posibilidad de concretarla. Ese “algo” sobrenatural del mensaje de Bruza en esta obra, es un caldo gordo de movilizaciones internas, y surte efecto aún entre el despliegue de lo cómico y absurdo.

“¿Alguien sería tan amable de informarme dónde estoy?” inicia el diálogo Alvarito en la primera página de la obra. Y yo no sé todavía si estoy en la cabeza de Bruza, en el libro, en la obra o en la visualización de Diego; fui gratamente testigo de la química que Luis y Gonza abracadizaban durante el taller que compartíamos; juegos de inocencia, astucia, miradas conectadas, de vez en cuando palabra de boca con boca, de vez en cuando naufragando en una burbuja impenetrable, aún perdidos en su colgadéz individual, juntos realmente vibraban en maravillosa sintonía.

A decir verdad, el ritmo del texto despertó en mí sensaciones que no me resultaron difíciles de revivir en la puesta en escena. Había una filosofía profunda con la que yo me identificaba. En papel y en cuerpo, El cruce de la Pampa pinta con obnubilante belleza el encastre irreconciliable entre tres tiempos de angustiante juego; integrar pasado, presente y futuro es un desafío que agobia a los protagonistas sin saberlo; leerlos, en esa perdición que es la pampa del bloqueo y el estancamiento, en la trampa de la ilusión sin acción, me marcó un antes y un después porque atravesaba las líneas de mi historia con poética crudeza, porque además de la mía (que era lo único que en ese momento me importaba), sabía que en la magia de esta obra se reconstruía la vida cotidiana de cualquier mortal.

Actor y espectador se funden en reflexión y alma, porque aborda conceptos como amistad, amor, el tesón por la meta, los sueños, las dificultades, los bloqueos, los cuelgues, los desenfrenos internos de violencia frustrada; miradas penetrantes de ojos asustados y enfocados en destinos inciertos; color de desierto, y camino, y soledad. Todo ello combinado en un encuadre épico de actuación y voces de esas que te erizan la piel.

“¡Somos el insulto y desafío del cuadro blanco!” estado de Whatsapp de Luis Gallar que solía acompañar con una Ilustración de Villafañe. Según cuenta, la obra se empezó a gestar concretamente en los inicios del 2016, y luego de la propuesta planteada a juramento, iniciaron el proceso que les llevaría aproximadamente 9 meses, “¡como un hijo!” exclama entre risas, que nos regalaría grandes satisfacciones.

Diego sostiene que ese juramento venía de la mano de un compromiso: comenzar a entrenar a otro nivel. Para él, esta pieza, lo que transmite, moviliza, y tiene escondido, tiene que ver con una forma de mirar y con un cuestionamiento existencialista, que requería mucho trabajo. “Todo es conflicto cuando uno quiere llegar a algún lado. Hay nudos que resolver” afirma Diego; y Luis, desde su lugar de actor, cuenta que como dúo, con Gonzalo, iniciaron trabajo descubriendo y redescubriendo debilidades, fortalezas, físicas y de voz. Abordando durante cuatro meses dinámicas de cuerpo y palabra ausente.

Con el tiempo se incorporó Goma Herrera, y “los entrenos comenzaron a organizarse en base a un inicio donde la percusión funcionaba generando fusión, ensamblaje y coordinación” comenta Luis. Entrenaron corporalmente con Julieta Melis, y con Flavia Molina de Jujuy integraron el entrenamiento vocal a lo físico. Fue recién en una tercera etapa, donde catequizaron con la estructura de la obra en sí; escuchaban al cuerpo y fijaban lo que de él emanaba. A mediados de noviembre de ese año recién apareció el texto, y en la medida en que se fijaba al cuerpo, la configuración personal de Gonzalo y Luis se adaptaba a las figuras de Villafañe y Alvarito, vivos.

La técnica teatral cayó también en manos de Germán Pizzi, un tipo simpático de esos que disfrutas de observar coloreando risa. En cierto punto creo que fue la calidez de Pizzi lo que dio cuerpo a la escena visualmente exquisita, haciendo tan fácil sumergirse en un mundo de pampa y silencio, a cuya descripción Bruza no priva de importancia.

El laburo de los actores requería traer a tierra el sentimiento y la naturalidad de los personajes literarios, por lo que el dúo efectuó un trabajo interno de búsqueda que implicaba escarbar su experiencia sobre “la memoria y la violencia. Una mirada hacia atrás de uno para poder comprender las actitudes, miedos, movimientos del hoy”, exploración donde los personajes cobraron un alma difícil de quebrantar, y si has disfrutado la obra, supongo, concordarías con ello.

El acompañamiento externo fue fundamental. Pablo Cano ilustró en icónica creación artística la magia de Villafañe y Alvarito; Luciana Cano combinó la simpleza y humanización de los miembros del staff fotografiando un tras de escena maravilloso, Fer Ormaechea visitó al equipo con dominio poético, Marcelo Hoyos aportó desde la difusión y gráfica de lo que sería la más movilizada campaña de marketing en una obra en Santiago del Estero.

El viernes del estreno, saber que las anticipadas estaban agotadas me generaba una sensación entre suspenso y admiración. Acudí sin entrada, apelando a que la vería ese día así tuviera que ser parada. La expectativa en general, era algo a destacar. La previa en la sala se codeaba de comentarios, suposiciones y anécdotas sobre el grupo, la copa de vino o cerveza infaltable, gente en los sillones, en la ventana de boletería, en la vereda de la sala; compartiendo un cigarrillo, analizando las gráficas; en grupos, en pareja, en solitario; todos asistiendo a lo que ya se pronosticaba como una obra que habría de conquistar.

Dieron sala. Luz cálida tenue. Agradecí la caprichosa costumbre del espectador por no usar la primera fila hasta que no queda otra, conseguí el mejor lugar, en la mejor silla, e inicié mi proceso reflexivo de preparación; esquematicé la ubicación de los personajes, recorrí mentalmente el texto, parte de la trama, retumbaron algunas líneas que me habían provocado shock, imaginé el vestuario, sentía los aromas, el barullo de la gente acomodándose en la platea; pero ahí está, el encuentro: cuando el murmurar como adentro de un tarro cesa con el quiebre de la iluminación y te anuncia que va a comenzar la obra. Aparece el freno, y vos pasas a ser el cuadro blanco real al cuál se propone insultar la obra; los pensamientos se achatan, y el cuerpo entero se dispone a recibir algo que todavía no sabe bien qué es.

Te encuentras con el presente en plenitud. Cuando cualquier proceso anticipatorio se queda en bolas frente a lo único que tienes en frente. Cuando estás henchido, lo único verdaderamente real es esa ficción que va a adoptarte como su objeto de goce, y va a hacer con vos lo que ella quiera; porque va a tomar cualquier recurso de tu pasado para reactualizarlo ahí y volverte una pelusa indefensa, bailando al vaivén de lo que sea que proponga.

Clima impecable. Los personajes transpiraban con la energía viva de dos hombres desorientados en la pampa seca. El ardor del verano. El sonido de la radio escandalizando la sala, rompiendo con cualquier pared que hubieran pretendido generar con el espectador. Me sentía rozar con el sol de la tarde en ese desierto de telón y madera.

Los personajes caían al suelo retumbando en lo más profundo del pecho, golpeando y vibrando debajo de los pies y la silla. No había quiebre entre el diálogo y Bruza, parecía estar hablando a través de las bocas barbudas y sudorosas de quienes se movían en escena con fluidez, y al mismo tiempo con nerviosismo, ¿pero importaba realmente?

“El presente es un silencioso cuadro blanco”; piel de gallina, ya está. Estaba hecha. ¿Cómo no podría hacer mía esa frase? Si siempre el presente había sido saturación de silencio para mí. El Dr. Villafañe habla de su abandono a la gorda, y quiere volver, pero es demasiado vago para hacerse cargo. Historiador, jodidamente racional y analítico, nervioso y pesado frente a una vida que supone, todavía puede recuperar. Y Alvarito, otro cínico personal, presentando a su esposa en un recurso humorístico cargado de apatía, la apatía más cruda frente al dolor de una traición de tal envergadura. Porta un arma y una radio. Ciego, con sueños poco realistas, pero con una admirable y apasionada tenacidad.

La simpleza de los personajes del libro puestos en acto en la obra, me generaba gran satisfacción. Estaba escuchando a dos hombres que habían transitado perezosa e inercialmente una existencia que en ese momento despreciaban, y apurando al tiempo todavía corren con esperanzas de encontrar algo parecido a la felicidad, o el presente, que a fin de cuentas es lo mismo.

-Dejar de recordar- y -dejar de esperar- es el mensaje, cuando ves a uno palpitando a flor de piel el pasado absurdo de haber dejado pasar su tiempo en pos de ideales vacuos, y cuando ves al otro vibrando hacia un futuro que irónicamente ya no existe, encarcelado de rencores, dolor y dependencia. Ambos escapando. Escapando a la vida. Como dice Alvarito: “la cuestión es no dejar de correr”.

La obra no es, sino hasta que logra conectar importancia en una travesía filosófica por los dominios internos de uno, copándose con la piel de aquellos que incansablemente abrimos la boca a la devoración de una vida que lentamente vamos vomitando sin disfrutar del todo. Si dejamos el pasado y dejamos el futuro, ¿qué queda sino lo único que tenemos? ¿Por qué será que Bruza nos dice que somos la afrenta, el desafío, el insulto del cuadro, sino porque estamos llamados a destronar las estructuras inertes que nos encasillan a vividores mediocres?

El Cruce de la Pampa apareció para romper moldes de producción en lo que a teatro santiagueño se refiere. Críticas positivas, despliegues de emocionalidad… si no hubiera sido testigo no hubiera llegado a comprender, sin embargo, considero que ha tocado la profundidad del crítico apartándolo de los detalles técnicos. Diego sostiene que la pieza cumplió una primera etapa que era la del armado de lo que desde Yunque Teatro querían ofrecer. Ahora, en este proceso de crecimiento, función a función vuelven la dinámica más fluida, la pieza se va a asentando, el equipo se consolida, “para mí la pieza no está terminada. Cuando uno deja de crecer creo que es el momento en que abandona la obra”.

Desde mi lugar, su efectividad radica en la digestión profunda con que Yunque planteó los términos en que deseaba devolver la obra; se observa un clima estético acogedor, sutileza como impronta al momento de integrar el humor con la acrimonia desgarradora de la realidad, el silencio dramático que satura el juego de sombras y colores tras el telón de fondo, el respeto mayúsculo frente al despliegue emocional que la temática genera y, fundamentalmente, el corazón que le han puesto al arte de este todo. Dimensiones que a mi parecer, permitieron que como espectadores hayamos disfrutado de una visión que atraviesa, visión que toca los puntos más oscuros de la complejidad individual y que nos lleva a tomar conciencia de que en el presente no existe el ideal, no existe éxito o el fracaso; no hay juicios, ni culpas, ni arrepentimientos; no hay pasado ni futuro que nos sostenga o que nos derrumbe, solo condición humana, Ser, y el hombre redescubriéndose permanentemente a sí mismo. Simpleza. Pureza. Dolor. Error. Fracaso.

Amor en su estado más honesto. Amistad en su estado más noble, más fresco.

Reflexión. Desafío y superación.

El Cruce de la Pampa es una obra sobre búsqueda y encuentro… y decime vos si eso no te resulta gratificante.

 

 

Comentarios

2 Comentarios

  1. Me vendiste la obra con ese relato, la vivencié a partir de tu excelente produccíón. Admirable la capacidad para poner en diálogo la esencia de la obra, la puesta en escena y reflexiones sobre experiencias vividas.Felicitaciones

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