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Por Soria y Obes

Discutíamos la edad de los mandatarios, como si fuera un dato de valor a la hora de elegirlos. Lo cierto es que la edad cuenta, y mucho, así como valen la experiencia, la formación, la ética probada, el poder territorial, la militancia, la oratoria… ¿Pero en verdad aún creemos que estos atributos definen las consideraciones de esa voluntad popular que, en tiempos de duranbarbismo, se tejen aislada y sabiamente en fenómenos de creencia y repulsión simultáneamente?

La genialidad del mánager ecuatoriano viene siendo aceptada entre ironías y admiraciones legítimas con cada paso de la administración macrista. Según dirijan la vista al pasado módico del ex jefe de gobierno, en las tareas de resistir y sobrevivir a la hegemonía k, atenido más que en sus logros y capacidades de gestión, en la tradición política insular de Capital Federal, una mini-bastilla irreductible para el peronismo.

Pero a partir de allí éste bastión de la civilización metropolitana, otrora la versión quimérica de las demás provincias interiores, pudo integrarse como fermento de nuevos valores, de nuevos desafíos, hacer de aglutinante de una sopa dispersa y heterogénea por los medios más impensados de la política nacional: un posibilismo gaseoso, con escasas articulaciones en los sustratos populares y mucha manija comunicacional.

La representación lograda por la Capital a expensas del antiporteñismo del resto del país, pudo coserse inflamando el rechazo a una casta populista y sátrapa que retuvo el poder aplicando el reduccionismo de Massa, “con látigo y billetera”, sobre provincias mantenidas en “fes republicanas” que envidiarían los Padres Fundadores. La lucha contra el pasado encontraba socios para derribar los íconos del pasado, pero con tan mala suerte para estos comedidos, que aquel forcejeo los dejaba exhaustos y bajo una sombra más grande y más pesada que la que querían derribar.

La ingeniería de Durán Barba se remonta al guión informal que el kirchnerismo comenzó a delinear en sus tiempos de confianza. La astucia fue mantenerse en la miseria del rol, sufrir todos los embates que la regla política puede hacerle a la excepción: desde los orígenes de clase, la insularidad del territorio que gobierna, la excepcionalidad de la renta que maneja, la ausencia de una tradición política reconocible que pueda ser interpelada por otras fuerzas políticas y por la sociedad, hasta los defectos de clase como una frontera dura para sensibilizarse con los universos populares -insumo estelar para coronarse campeones over all.

Por fortunas de la historia y la mano del artista, el pacto tácito echa frutos al día de hoy, desesperantes en muchos casos que las audiencias bajan a las calles a rechazar cirugías invasivas al cuerpo social (baja de subsidios, ajustes en las prestaciones socio-médicas, impunidad a criminales de lesa humanidad), mientras el gradualismo como técnica de gravitación política sobre la realidad da señales de continuismo, la versión del cambio que más toleran los públicos populistas.

Con más de 20 gobernaciones extrañas y el tercer cordón de la PBA adverso -una verdadera soga homicida en manos de la contra- la asignación de los roles de medio término se juegan en la máxima tensión de los relatos: fantasía y desprecio; las fórmulas de manual del combate político, proyectados al amanecer del kirchnerismo, del momento que apostaron por Macri y el Pro como adversarios formales de un proyecto arrollador, del movimientismo progresista, una energía que ahora circula por la misma carretera subliminal, una batalla cultural con perfiles de cruzada moral pero en dirección inversa.

Con la distancia secreta que imponen las tareas paranormales, las demás, las tareas de armados y armisticios con la politiquería que hay: los caudillismos, feudalismos y cesarismos detrás de las fronteras, las menudas rencillas, “la caja” que opera con la misma trazabilidad que lo hacía y sobre los mismos prestadores de servicios, todo ese rejunte de materiales bizarros desplegados en un territorio hiperfragmentado -una fotografía por cada distrito electoral dentro de una galería colectiva de intereses parroquiales, en manos del personal satélite (operadores) que reporta en Capital, al taller de la Central donde se pulen las formas de las verdades públicas.

Cuando del nombre se ha hecho una leyenda y los aciertos del Príncipe son leídos como obras del demiurgo que alquila en Recoleta, la historia política y la historia del arte celebran al hacedor de nombres, al suyo propio, como nuestro artista más grande del mundo.

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