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Por Ignacio Ratier

La historia es pudorosa y muchas veces cuesta entender cuáles son realmente sus momentos y actores claves, advertir en los detalles, los que parecen no importar tanto, sus puntos centrales. El miércoles 14 de junio del 2017, tras el lanzamiento del Frente Ciudadano de Cristina, me animo a decir, será recordado como el día en que los santiagueños exportamos al resto del país el Frente Cívico; el día en que nos desprovincializamos e hicimos nacional algo autóctono.

Sin embargo la exportación tiene sus aristas risibles. Tan acostumbrados estamos a importar modelos foráneos a través de procedimientos que ignoran nuestras condiciones y características específicas, que ésta vez es inevitable señalar que la cosa se da al revés. Es que nuestro FC pareciera ser lo opuesto al FC que encabeza CFK. De esa manera, la exportación es nada más que del nombre.

En principio, el significante que varía en la nueva propuesta de la ex presidenta, “Ciudadano”, suena más moderno y aggiornado que “Cívico”, un nominalismo decimonónico con halo a revolución del parque o algo de ese estilo. Ejercitar la ciudadanía, la praxis cívica: dos formas de dar nombre a lo mismo que parecen funcionar con todo su fulgor en temporalidades distintas.

Pero hagámosle caso a Walter Benjamin, porque el coleccionista de juguetes, calcomanías y dibujos pornográficos no puso su ingenio y avidez al servicio de la humanidad al divino botón; hagámosle caso y tomemos este objeto arcaico para iluminar el presente.

El Frente Cívico es un armado complejísimo y extremadamente heterogéneo. El Frente Ciudadano del que ya hablaba Cristina en el inicio de su gira artística por Comodoro Py, a priori, presenta otras características. En el caso del primero, la diversidad de su estructura puede lograr cosas sensacionales, como hacer que nos topemos con radicales que caminan con la remera de Robi Santucho por las cercanías de la universidad nacional o con funcionarios que aprovechan el mínimo de oxígeno para hacer una bocanada de xenofobia; encontrarnos con comprometidos dirigentes que representan al campesinado y sus conflictos por la tierra, o terratenientes fans de las divisas sojeras. Todo en el mismo coctel.

En el segundo caso, el del frente de CFK, no son todos “lo mismo” (como diría Nico del Caño) pero sí hay consensos más claros, una rígida estructura de sentimientos por encima de todo; una base amplia con un fuerte enclave en el conurbano bonaerense y la proguesía porteña, anudada por un espíritu purista, quizás la maldición de origen en el futuro frente. El mejor tweet que leí decía algo así como “qué pasará con las calcos del pj que habían invadido las heladeras progres en los últimos años”. Como dice Daniel Santoro, el artista plástico, “el peronismo es de arena”, por lo cual seguramente se escurrirá fácilmente por entre los dedos (¡tan flacos hoy!) del PJ. Para muchos es un sueño cumplido, zafar de la ocupación incómoda. Pero no sabemos hasta dónde jugará “la jefa”, y en caso de que lo haga, tampoco hay muchas certezas de hasta dónde puede aspirar.

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En el año 2003 estaba en quinto grado, empezaba a vencer mi fobia aúlica a pasar al frente. De aquellos días recuerdos con nitidez dos cosas: que la inundación de Santa fe tras el desborde del salado había sido un faconazo al agonizante cuerpo social de la vecina provincia; y que sabía, a secas, que Menem había perdido las elecciones -lo cual generaba cierta tranquilidad en casa- y había ganado un tal Néstor Kirchner. Se decía en ese entonces que era la única esperanza pero, igual, había que cuidarse, ya que algún desbocado sugería que era el Juárez de los santacruceños.

Kirchner, durante la campaña electoral, concretó el apoyo del matrimonio de Carlos y Nina aprovechando las flojas relaciones del caudillo con la oficina en la que atiende dios en este país ( el Tata se había peleado con Perón en su momento y luego con el riojano). Después de vencer en las elecciones a Menem, que perdió de forma contundente: lo votaron los ganadores de su década arrasada, después se sabía que no quedaba ni el loro, al año siguiente el flamante presidente intervino nuestra provincia. Implacable.

En el libro Políticos, empresarios y laicos católicos. Historia y estructura de la elite de poder en Santiago del Estero, Ernesto Picco rescata un fragmento del discurso de Kirchner en el marco de un acto de campaña realizado en la provincia el 12 de abril de 2003:

En la Argentina de la angustia, Carlos Juárez fue un paladín peleando por Santiago con una fuerza increíble. El frío del sur y el calor del norte estaban juntos por una nueva patria y una nueva Argentina. Hoy sellamos un pacto de amor. Voy a venir tantas veces como la gobernadora, la querida Nina, y el querido maestro, don Carlos Juárez me inviten para inaugurar nuevas obras de la Argentina que viene.

A los trece meses llegaba la intervención encabezada por Pablo Lanusse.

La intervención pretendió encarar un proceso de normalización institucional a la vez que arbitraba una competencia política abierta, escrutando los pingos que salían a la cancha para disputar las elecciones para gobernador de febrero del 2005. Gerardo Zamora, de origen radical, era en ese momento intendente de la capital y uno de los aspirantes a tomar la bastilla. Su gestión era muy activa, sabía sobreponerse a las dificultades de la época. Por aquellos días encaraba una política obsesiva de control en locales nocturnos y operativos de tránsito. También había echado mano sobre la cultura popular para crear una de sus marcas registradas: los festejos del 25 de julio por el aniversario de la fundación de la ciudad.

El Otro, Pepe Figueroa, era la apuesta del PJ, la Junta Electoral había prohibido la participación en los comicios del empresario José María Cantos. Figueroa, pese a que Zamora no era mal visto por los medios, fue respaldado por el diario El Liberal y por el gobierno nacional. Pero ya conocemos la historia, las pepitas de oro no estaban en ese río y la victoria pírrica del Frente Cívico marcó un cambio de era. Veníamos de largos años juaristas, aunque menos de los que suele repetir la imaginería santiagueña; se puede decir que el actual senador gozó de la bendición alfonsinista, o que Pepe fue nuestro Luder. La sociedad no abrazaría al peronismo tras la experiencia reciente. Las garantías no eran las suficientes.

Para armar el Frente Cívico se aglutinaron actores y organizaciones muy diferentes entre sí. El éxito fue tal que la baja competencia política de los últimos años, de algún modo cobra intensidad en el interior de dicho espacio, donde funcionarios y dirigentes corren largas carreras para algún día “llegar”. Asimismo, el aterrizaje en el poder político de Cambiemos, con la conquista de las tres grandes cajas del país (Nación, Capital y Provincia de Buenos Aires), asestó tal golpe que todavía no hay una oposición franca. Todo está fragmentado. Divide et impera. Y aunque el mismo proceso ha fortalecido por antonomasia a la versión local del tercer gobierno radical, incrementando levemente la competencia política en la provincia, Zamora no sufrió el cross de la misma manera.

Aún así, el 2016 fue un año muy complicado para el Frente Cívico. Las marchas docentes durante los comienzos del año tomaron al gobierno con la guardia baja. Terminaron ganando por cansancio, eso sí, estirando demasiado un conflicto que sigue latente y que se podrían haber solucionado con mayor apertura al diálogo. En ese momento se registraron casos de represión policial, algo que la oposición local con pulmones financieros no terminó de capitalizar del todo. Esteban Bullrich se hizo el ganso, miró para otro lado y eligió no intervenir para no tener que sufrir la ley de la provincia más favorecida.

Luego aconteció el macabro crimen de Marito Salto, sobrino de Marta Salto, docente que se había encadenado y realizado una huelga de hambre en la catedral durante el conflicto. A partir de allí se intentó amplificar los sucesos de la mano de medios porteños y medios digitales del plano local para erosionar la legitimidad del zamorismo o forzar una intervención que suena lejana e improbable. Vale aclarar, el asesinato exige la actuación debida de la justicia de manera urgente, sin embargo resulta odiosa la politización por parte de actores que tienen intereses que exceden conocer la verdad de los hechos.

En el 2017 Zamora volvió a enseñarnos su cintura política. Desactivó la bomba de los docentes blanqueando las cifras en negro y otorgando aumentos salariales (aunque se continúa lejos de lo deseable, el problema estructural del sistema educativo es, como dicen los políticos, de todos los argentinos); fue elegido como vicepresidente del senado y volvió a garantizar la continuidad de los cuantiosos fondos que Santiago del Estero recibe de nación, aproximadamente el 90% de su presupuesto total. Ahora, ya decidido a presentarse nuevamente como candidato a gobernador, sin querer también exportó su marca principal: el Frente Cívico.

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Por otro lado, la jugada de Cristina no expone muchas novedades. Por su estilo, su carácter y obsesiones, no es sorprendente que haya decidido ir por su cuenta. Yo soy la patria y el otro, bueno, el otro también. Más que audacia y cálculo, es fidelidad a lo que políticamente se es. Tampoco hay novedad en que el peronismo vaya dividido, viene presentando tres listas separadas desde hace al menos dos décadas.

En este sentido, la idea de Frente Ciudadano, que aparentemente se materializará en la lista Unidad Ciudadana, sí puede llegar a resultar novedosa y valiosa en caso de ser bien encarada. El concepto se ajusta a otras experiencias dispersas por el mundo. La política, cada vez más alejada de la sociedad, ha venido acumulando la bola de nieve de las demandas por un acercamiento de los gobiernos con los ciudadanos. Barcelona y Madrid, por ejemplo, son gobernadas actualmente por dos mujeres que emergieron de las olas de indignados e irrumpieron por fuera de las estructuras partidarias tradicionales. No obstante, no podemos hacernos los desentendidos e ignorar que ciertos rasgos de CFK implican contradicciones al respecto, sobre todo la fuerza centrípeta de su personalidad. ¿Es capaz realmente de cambiar de manera radical e imponer una impronta diferente de cara “a la gente”? El interrogante quedará picando hasta que los hechos nos confirmen las sospechas. O no.

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