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Por Joaquín Perea.

Resulta imposible tratar el conflicto entre el pueblo árabe y judío sin adentrarse en una historia repleta de acontecimientos marcados por el dolor. Una disputa por el territorio pero aún más importante, una lucha por cumplir el designio de un Dios que parece cada vez más alejado de los intereses actuales. A cincuenta años de la Guerra de los Seis Días, es necesario retratar ese dolor para que Occidente abandone el letargo en el que está sumergido ante la situación en Oriente Medio. El director Eran Riklis aporta a la causa su ya notable filmografía, siempre atento a la realidad que la región atraviesa.

La historia moderna de Oriente Medio, aquella que involucra al imperialismo y sus intereses en la región, escribió en 1967 una de las páginas más sangrientas y decisivas para entender la actual distribución geopolítica de aquel pedazo de territorio. Una alianza árabe conformada por Egipto, Siria, Irak y Jordania, furiosa por el avance de un pueblo judío que exigía aun mayor territorio que el otorgado, lanzó un ataque contra las fuerzas israelíes. A pesar de la asimetría militar que beneficiaba a la alianza, los israelíes se llevaron la victoria de aquel combate que se conoció como la Guerra de los Seis Días, debilitando el poder del pueblo árabe en la región y engrandeciendo al movimiento sionista. Como resultado del combate, no solo el vencedor amplió su territorio sino que además, incrementó exponencialmente la población de judíos en pueblos anteriormente ocupados en su mayoría por árabes.

El director Eran Riklis ya es un exponente destacado de la escena cinematográfica en Oriente Medio. Autor de obras como “La Novia Siria” (2004) o “El Árbol de Lima” (2008), en esta ocasión nos entregó uno de sus trabajos más comprometidos en el film “A Borrowed Identity” (2014), basado en la obra literaria de Sayed Kashua lanzada doce años atrás bajo el nombre de “Dancing Arabs”. El largometraje que en España y Latinoamérica fue conocido como “Mis Hijos”, cuenta la historia de un joven árabe llamado Eyad que intenta abrirse paso en la vida académica concurriendo al mejor instituto de Israel. La historia se adentra en los barrios musulmanes de una Palestina dominada por judíos, notablemente diferente de aquella que veía como la Guerra de los Seis Días se desataba casi cincuenta años atrás. Es por ello que el director resalta desde un primer momento que al día de hoy, solo un veintiocho por ciento de la población en este territorio practica el islam u otro credo religioso distinto al judaísmo. Resulta interesante que Riklis haya nacido en Israel, lo que aporta un condimento exquisito: un israelí plasmando en pantalla el dolor del pueblo árabe oprimido.

La obra de una hora y cuarenta minutos de duración, expone el cambio gradual que sufre su personaje desde la inocencia de un niño al dolor de un adulto palestino. Es por ello que el espectador puede caer en un principio en la falsa idea de que la historia de Eyad es una sucesión de eventos cómicos, cuando en realidad la cotidianeidad en aquel pequeño pedazo de desiertos y valles es más bien una historia de segregación religiosa brutal. La humanidad del árabe a veces injuriada en occidente por culpa de gobiernos y medios de comunicación que intentan alienar su imagen, se presenta amable y cálida. Sin embargo, en medio oriente nadie olvida, nadie perdona, nada queda sin ser ajusticiado. Es por ello que Riklis intenta exponer el comportamiento tanto de judíos como árabes en el conflicto, sin comprometerse en posturas que enaltezcan a unos y condenen a otros. Quizás esto sea percibido como un error, pero sería abusar del compromiso de un director quien lleva a la pantalla una historia de superación musulmana siendo judío.

Un niño que demuestra capacidades para ser el primer profesional de la familia,  poco a poco se transforma en el orgullo de su padre quien vio su futuro académico truncarse al comprometerse en la liberación de Palestina. El deber ante su comunidad anteponiéndose al éxito personal, carta que se repite a lo largo del planeta pero que en Oriente Medio adquiere un valor superlativo. Eyad va adquiriendo noción del lugar en el que está parado y de los distintos personajes que lo rodean. Riklis hace especial hincapié en ello y muestra a un niño orgulloso al afirmar que su padre es terrorista. En occidente somos niños, ignorantes de la historia y el presente de un pueblo que lucha no solo por recuperar el territorio y el orgullo perdido, sino que combate contra la estigmatización y el odio de quienes asocian el afán árabe con el mal.

El desarrollo de la película encuentra a Eyad persiguiendo un futuro más próspero, enfrentando una mezcla de alegría y miedo por ser admitido en el instituto de mayor renombre de Israel. La lengua Hebrea, la cultura occidental y el rechazo a los árabes plantean un escenario difícil de sobrellevar en el cual solo encontrará tregua mixturando sus costumbres con la de sus pares. Uno de los puntos más endebles de Riklis quizás es este, en donde en su afán por transmitir un mensaje alentador y que contribuya a la unión de un pueblo sumamente dividido, propone que el personaje caiga en la “necesaria” tarea de camuflar su origen y su esencia para que el pueblo judío pueda aceptarlo.

La amistad entre Eyad y Yonatan, sumada a una historia de amor con su compañera de clases Naomi, terminan por posicionarnos dentro del argumento principal del film el cual plantea la problemática acerca de quién o quiénes deben ceder en esta puja histórica entre árabes y judíos, permitiendo que los pueblos alcancen una relación armoniosa.

Habiéndose conmemorado cincuenta años de la Guerra de los Seis días, es una gran oportunidad para que las nuevas generaciones comiencen a indagar acerca de la situación en Oriente Medio, adquiriendo información que no solo se encuentre acotada por los grandes medios de comunicación occidentales. El cine de Riklis nos invita a emocionarnos junto a Eyad, a cuestionar las formas de quienes alguna vez fuimos capaces de estigmatizar a un pueblo y de quitar de la lista de agravios la palabra musulmán. Con sencillez y compromiso, este director nos presenta una historia donde en sus picos más altos, se observa la crudeza que caracteriza al conflicto y los sacrificios que se deben afrontar para poder salir ileso de él.

 

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