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Sin tetas, ¡hay paraíso!

Por Soria y Obes.

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A mí si me parece bien que se desnuden. Y si se desnudaran enteras más todavía. La iglesia me encanta de fondo, a la mole dura y romana de la catedral le viene al pelo un ademán amoroso, que las carnestolendas del suplicio diario salpiquen toda la vergüenza que las instituciones aún no absorben.
Respondo de memoria a un comentario ideal de un muro ajeno, a los argumentos de las buenas costumbres -el reflejo mejor inspirado de los correctores morales para falsificar sus buenas intenciones de un santiamén. ¿Quiere dios intervenir en la historia a través de curadores virtuales que someten el arte sólo a diseños de consagración?
Las tetas públicas vuelven a conmocionar. Los torsos desnudos de las mujeres son leídos nuevamente como faltas. Un nomenclador absurdo las describe: al decoro, a la iglesia/a la religión/a los creyentes, al espacio público que se degrada con estos espectáculos, a la tradición que nos quiere en un limbo anterior y homogéneos, al arte en nombre de expresiones domesticadas que no interpelen el presente, lo impugnen al presente, denuncien a la luz del día las violencias íntimas y reservadas.
Y si faltase, también una falta de oportunidad: insuficiente inteligencia para calcular los medios que mejor convengan a la lucha. Así como lo lee. Las contingencias, auscultan los censores, ordenan el recato, y más por las temperaturas abrigar las faltas, no vaya a ser cosa que un par de tetas al desnudo enciendan las mechas del infierno.

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