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Por Claudio Rojo Cesca.

Una aclaración antes de empezar: consentí que T2 Trainspotting funcionara. Mejor dicho, funciona, pero no hubiera alcanzado sólo eso, que funcione, que sea, incluso, muy buena es un dato de mediana trascendencia. Me explico con una pregunta: ¿cómo pedirle a un pedazo de obra cinematográfica que recupere el nervio de su predecesora, rupturista y salvaje en su gesto de definir a una generación empetrolada que no sabía hacia qué lado del pantano rumbear?

Hay canciones que, aunque se escriban una sola vez, se cantan toda la vida. Celebramos lo irrepetible de su existencia y sancionamos su otra cara, la imposibilidad de su recreación plena, como una falla irreparable. Esa refracción dialéctica es la materia de T2. Y, según como se vea, es lo que la condena o lo que, ingeniosamente, la sostiene.

La inquietud por el fenómeno Trainspotting, de uno y de otro lado de la diégesis, tiene más de cultura rock y de la manera en que nos relacionamos con las canciones que de cine en sí mismo. Está asociado a una necesidad enseñada y aprendida en el mercado cultural, la de que una pieza artística nos defina en algo, de que sea, a falta de espejo completo, una metonimia digerible de las cosas que nos pasan.

No alcanzan los dones de esteta virtuoso que Danny Boyle, su director, ha cultivado en los veinte años que separan una película y otra: nuestra demanda de una película que continúe las aventuras de Renton y compañía tiene las señas de una insatisfacción que la superan de antemano, y por eso, hábilmente, Boyle la hace rebotar en personajes sumidos en la insatisfacción crónica de haber seguido vivos en la órbita de la nostalgia y el pasado: Spud, el village idiot de la primera Trainspotting, mira secuencias de su vida como si efectivamente transcurrieran delante de sus ojos; Renton es, así lo plantea Simon (AKA Sickboy), un turista en su propia juventud y Begbie, antagonista en ambas películas, no puede desplantarse de su plan de venganza por la traición de Renton.

La infancia y la adolescencia son los fantasmas de esta secuela, la fuerza entredicha por la que sus personajes vuelven a conectarse, el peso de su historia colectiva. La falta que experimentamos como espectadores ante lo que Boyle pone a hervir en su cuchara fílmica es una respuesta a la falta de sus personajes, su desconcierto, el vacío simbólico de la adicción a todo lo que, legal o ilegalmente, pueda consumirse.

En cierto modo, el saldo del exceso en Trainspotting consiste en haber anclado para siempre las cuatro vidas de sus personajes, puestos en loop en un circuito, reverso al trauma pero igualmente eficaz, el componente mítico de un había una vez una felicidad feroz. Por eso, tras un fallido primer acto, T2 despierta de su letargo narrativo cuando Renton y Simon recuperan la vibra de lo que alguna vez fueron: dos estafadores, pero también dos entrañables camaradas en aquello de elegir otra cosa que la vida, lo que “la vida” significa en ese mundo, ser consumidos por la aparatología del bienestar occidentoso.

Con todo lo dicho, no hay,  en T2, una película desoladora. Es viperina, sí, pero ni ella ni su director se donan al cinismo. El tratamiento de la nostalgia como tema viene con una operación de rescate, la posibilidad de escribir el pasado y convertirlo en relato, expatriarlo de su zona fantasma y afincarlo en otro terreno: el del legado. Sólo la escritura de una memoria tiene la aptitud de deslizar la vida hacia un nuevo lugar. La canción seguirá siendo la misma, pero la voz que la cantaba entonces existe sólo para recordarnos que nada de lo que dejamos atrás nos abandona para siempre.

 

 

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