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Por René Galván

“Salguero, Medrano, Agüero, Cabrera, Gorriti, Bulnes, Thames, Uriarte, Aráoz y 20 más!”. Esta era la respuesta  en Twitter de Daniel Balmaceda a Pablo Lescano, líder de Damas Gratis, el último 9 de julio. El cantante de cumbia le pedía al historiador que “en 140 caracteres” le regale “un poco de su sabiduría” por esa fecha patria. Aludiendo al “Messi y 10 más”, Balmaceda se refería a los congresales de 1816 como el gran equipo de representantes encargados de obtener la tan ansiada Declaración de Independencia.

 

Una final complicada

Las sesiones del Congreso tuvieron su puntapié inicial cuando culminaba marzo. Parecía un partido difícil de visitante, de esos que tienes todo para perder: hinchada y árbitro en contra, jugadores lesionados y campo de juego a 5.000 metros de altura. Derrotado Napoléon, Fernando VII había retomado el poder del reino español en 1814 y no estaba dispuesto a negociar con los revolucionarios americanos: comenzó a enviar tropas europeas para fortalecer a los realistas en América. Fusilamiento, cárcel, destierro o expropiación eran las consecuencias para los revolucionarios vencidos. Sumado a esto, en las Provincias Unidas la autoridad del Director Supremo estaba cuestionada por la mayoría y la economía arruinada luego de la separación del Alto Perú. Guerra y violencia en el norte con las incesantes incursiones de los realistas. Conflictos armados en el este, en la zona del Litoral. Hacia el oeste, en la zona de los Andes, San Martín planificaba un cruce que no iba a ser precisamente pacífico. Guerra con “g” de gastos por todos lados.

 

Un partido de otra Liga

Santa Fe había sido la primera ciudad en reconocer a la Junta formada en 1810 y Córdoba la primera en sublevarse y armar una contrarrevolución. Seis años después el panorama era distinto: Santa Fe se levantaba contra las tropas directoriales enviadas por Buenos Aires y Córdoba actuaba como pieza clave para la realización del Congreso en Tucumán.

José Gervasio de Artigas, el líder oriental había conformado la Liga de los Pueblos Libres y había tenido su Congreso de Oriente o del Arroyo de la China en 1815. La influencia tanto de Artigas como de este congreso, que habría declarado su independencia el 29 de junio de aquel año, era un dolor de cabeza para la convocatoria al Congreso en Tucumán. Había que estar con el oído puesto en el minuto a minuto de este partido.

La zona del actual Entre Ríos se había separado para integrarse a la Liga de los Pueblos Libres en 1814. El descontento generalizado en Santa Fe por la falta de autonomía para decidir sus gobernantes lo llevó a sumarse a la Liga y aceptar a Artigas como protector.

Córdoba tenía el gol que valía doble, pero decidió amagar antes de definir.  El gobernador José Javier Díaz desconfiaba del Directorio, pero tampoco era partidario de sumarse plenamente a Artigas y la Liga. Con el paso del tiempo Córdoba se fue distanciando del caudillo oriental y prestó atención a la convocatoria del Congreso en Tucumán y eligió diputados en agosto de 1815.

El gobernador Díaz desconocía la autoridad del Director Supremo, y solo aceptaba la del Congreso.  Al tomar una postura distinta a la de la Liga, que decidió no enviar representantes a Tucumán, Córdoba garantizó el funcionamiento del Congreso. Había hecho su jugada. El sueño de una Confederación “a lo Artigas” caía derrotado.

 

Uriarte y León Gallo. La delantera santiagueña

Los representantes por Santiago del Estero habían sido elegidos en 1815. El primer intento autonomista de Borges y sus derivaciones políticas habían dilatado el proceso. Los congresales electos fueron el Presbítero Pedro Francisco de Uriarte y el Fray Ignacio Garay, pero este último renunció al aducir problemas de salud. En febrero de 1816 desde Tucumán se solicitaba el envío urgente de los congresales ya que en marzo debían inaugurarse las sesiones. En lugar de Garay, ingresó el sacerdote santiagueño Pedro León Díaz Gallo al equipo de congresales.

Pedro Francisco de Uriarte había nacido en Santiago del Estero. Con sus 58 años a cuestas era uno de los congresales más veteranos del Congreso en 1816. Luego de pasar por las aulas de Córdoba y doctorarse en Cánones, fue ordenado sacerdote y ejerció como capellán en la Casa de Ejercicios Espirituales, fundada por Mama Antula. Al regresar a territorio santiagueño se asentó en Loreto donde se hizo cargo de su parroquia hasta su muerte.

Para Uriarte esta no era la primera elección, aunque si la primera participación efectiva: en 1811 había sido elegido como diputado por Santiago para la Junta Grande, pero por una serie de conflictos internos, llegó a Buenos Aires cuando la Junta ya había sido disuelta. Aunque focalizó su vida en el sacerdocio, no disimuló sus posturas políticas y fue detenido en Buenos Aires en 1820 por orden de Sarratea. Diez años después, por disposición del gobernador santiagueño Juan Felipe Ibarra, fue nuevamente detenido.

El otro Pedro, León Díaz Gallo, tenía muchos puntos en común con el resto de los congresales. Se había formado como presbítero en el Colegio de Monserrat de Córdoba. A su título de maestro de Artes lo obtuvo en la Universidad de San Carlos. Ya con el Congreso asentado en Buenos Aires, participó activamente en los debates cuando en 1819 se aprobó la Constitución unitaria. Luego de conseguida la Autonomía de Santiago del Estero, fue firmante del Pacto entre santiagueños y tucumanos en Vinará en 1821.

 

Sueldos atrasados y el torneo por definirse

La situación económica de Santiago del Estero no era la mejor para cubrir los gastos de envío y sostenimiento de sus diputados durante la participación en el Congreso. Eran otros, tiempos, era otra la historia, cuando los parlamentarios no podían decidir las dietas a su antojo. Los cabildantes santiagueños plantearon la situación de escasez de recursos y solicitaron que el Congreso se hiciera cargo de Uriarte y Díaz Gallo. La respuesta fue negativa y concreta: desde Santiago del Estero debían buscar los fondos para sostener sus congresales. Con un aumento de impuestos se buscó recaudar los fondos faltantes.

Las sesiones habían iniciado en marzo y los diputados santiagueños se sumaron el 20 de junio.  Es decir que no estuvieron en los momentos ni en los debates más decisivos. Tampoco conocemos cuáles eran las instrucciones con las que habían sido enviados desde Santiago del Estero. No habrá sido fácil para los santiagueños jugar de visitantes en Tucumán, la tierra donde la elite provincial repudiaba los intentos autonomistas de Juan Francisco Borges.

El 9 de julio, luego de nueve horas de sesión, finalmente se produjo la esperada Declaración de Independencia. En el aire vecinal se respiraba que aquellos eran los minutos que definían el triunfo. Los representantes de la Provincias Unidas en Sud-América proclamaban la voluntad unánime e indubitable de las provincias de romper los violentos vínculos que los ataban a España. Días después se dejaba en claro que ninguna otra nación extranjera iba a dominar en estas tierras.  Miles de manifiestos de la independencia fueron impresos para su circulación. No solo en castellano circulaba la voz de la libertad: también se hicieron ejemplares en aymará y en quechua para los pueblos indígenas.

Los festejos por la independencia conseguida no se hicieron esperar y se ordenó que dentro de las posibilidades económicas se encendieran luminarias por varios días como símbolo de adhesión a la causa de la América independiente. “El que no prende vela es español” podría haber sido un cantito de hinchada.

 

Los jugadores olvidados

Diciembre de 1908. Una terrible inundación arrasa con la villa Loreto, la patria por elección de Pedro Francisco de Uriarte. Junto a los restos de los rancheríos y del viejo templo, las aguas del río sepultan por segunda vez al congresal santiagueño. Aunque no solo los suyos. La población se ve forzada a migrar a la localidad de villa San Martín, creada en 1884 y ubicada a unos pocos kilómetros. Atrás y abajo quedan sus historias y sus muertos.

Año 1942. El dirigente loretano Eduardo Miguel (luego gobernador entre 1958-1962) señala la importancia de buscar y exhumar los restos de Uriarte de la villa vieja. La inquietud del líder radical tiene un “sí positivo” mayoritario y la comisión creada encuentra la tumba del congresal.

Los restos de Uriarte hoy están ubicados en el nuevo templo de la ciudad de Loreto, sobre la calle Eduardo Miguel. Desde allí parece mirar al busto de un serio San Martín que da nombre a la plaza que lo contiene. Nombres e historias, aunque no todos ni todas.

Uriarte, San Martín y Miguel, representan también a los sujetos cuya presencia fue dominante en los relatos y las construcciones de la historia: todos hombres, de destacada posición social y figuras públicas precisamente como consecuencia de las dos primeras características.

Poco sabemos de los jugadores y jugadoras anónimas con poca prensa y escaso marketing histórico. Uriarte fue uno de los pocos cuyos restos fueron recuperados de la villa vieja ¿Cuántas historias y nombres quedaron sepultados bajo las aguas y el lodo?

Y emulando a Bertolt Brecht en “Preguntas de un obrero que lee”, preguntamos: ¿Fueron Uriarte o Pedro León Gallo quienes condujeron los vehículos hasta Tucumán o Buenos Aires cuando fueron a representar a Santiago? ¿Fueron estos religiosos los que cocinaban a diario o limpiaban las iglesias donde daban sus misas? ¿Cómo se llamaban los que, con palas y picos, se llenaron de lodo y podredumbre para rescatar los restos de Uriarte? ¿Cuántas mujeres viudas y cuántos niños huérfanos santiagueños dejaron la guerra revolucionaria? ¿Cómo se llaman los soldados jóvenes, pobres y analfabetos que dieron su vida por aquella causa?

Sujetos históricos de un equipo solo por Dios conocido.

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