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Por Adrián Bonilla.

Salta fue, entre el  28 y 30 de junio, anfitriona del primer encuentro de cronistas latinoamericanos De crónicas y ciudades: La tibia garra testimonial. Entre debates y ponencias, y en medio de un clima lemebeliano, Martín Ale, de revista Anfibia, dictó un taller de crónica donde sostuvo que “las cosas que se cuentan tienen que estar atravesadas por lo contemporáneo”.

Mientras estudiantes, docentes y periodistas esperan que comience el taller de crónica, Ignacio describe cómo se imagina la figura del periodista que escribe periodismo narrativo. Dice que usa jeans gastados, zapatillas de lona, remera con la figura de algún músico famoso y carga una mochila con sus herramientas de trabajo: grabador, cámara fotográfica, lapicera, libreta y, en ocasiones, una notebook. Puesto así, parece un kit de periodismo portátil. Alguien le hace notar que, exceptuando lo de las herramientas, esa ropa no se diferencia en nada de la de aquellos que no escriben periodismo narrativo ni ningún otro tipo de periodismo. Cuando Martín Ale, jefe de redacción y editor de la revista Anfibia, entra al aula, todos callan. Ignacio se inquieta, saca de su mochila una lapicera, una libreta y una grabadora. Quizá esa inquietud tenga que ver con una expectativa: la revelación del secreto mejor guardado sobre la escritura de un buen texto periodístico.

Aunque Ignacio se defina como un gran lector de Juan Villoro, Gay Talese, Pablo Meneses, Santiago Roncagliolo, Josefina Licitra y otros tantos, admite que aún sigue buscando el Santo Grial del periodismo narrativo. Su expectación comienza a crecer cuando coloca su grabador sobre el escritorio desde donde Ale dictará el taller Teoría y técnica de la crónica periodística. “Durante los siguientes tres encuentros voy a enseñarles algunos de los aspectos más importantes sobre la escritura de una crónica”, enfatiza Martín. Mientras lo escucha, Ignacio sueña despierto anhelando estampar su firma en revistas como Gatopardo, Etiqueta Negra o El Malpensante, y está seguro, o eso cree, de que Ale posee la fórmula para lograrlo. Además, sus esperanzas arrecian cuando ve el jean, las zapatillas de lona y la mochila que lleva Ale.

La mañana del 28 de junio, la capital de Salta amaneció helada, con un cielo encapotado y plomizo. A esa hora gris, buena parte de su arquitectura parece remedar a un París sesentoso. Ignacio acaba de llegar desde Tucumán, estudia cine y viene a participar del encuentro de cronistas latinoamericanos De crónicas y ciudades: La tibia garra testimonial. Las jornadas, organizadas por la Cátedra de Literatura latinoamericana de la Universidad Nacional de Salta (UNSa), incluyen, entre otras actividades, tres talleres: Martí y Darío: dos modulaciones de la crónica de entresiglos, Narrativas digitales y Teoría y técnica de la crónica periodística.

El cupo para participar del taller de crónica es limitado, por eso Ignacio se siente afortunado cuando en el sector de acreditaciones logra inscribirse. (Según Ale, sólo dictan alrededor de 12 talleres durante el año.) Pero ¿cuáles son las motivaciones que moviliza a gente que incluso llegó desde Santiago del Estero? Tal vez nadie se exponga tanto como Ignacio como para admitir que también sueña con jugar en las grandes ligas de la crónica. Que de estos encuentros espera confeccionar una suerte de decálogo del buen cronista, o que le desvela la idea de escribir una buena historia, pero sin arruinarla en el intento. Como sea, Ale aclara de entrada que periodismo narrativo no se hace sólo con un estilo literario.

“Es mucho más que eso”, asegura.

 


 

Resulta curioso que, en un medio donde la crónica narrativa no tiene demasiada cabida, haya tanta gente interesada en este tipo de talleres. Leila Guerriero afirma que es mentira que actualmente exista un boom del periodismo narrativo en América Latina. Un simple recorrido por los portales de noticias más importantes del norte argentino (La Gaceta de Tucumán, El Liberal, El Tribuno, El Pregón, El Ancasti), parece confirmarlo. Martín Caparrós secunda la apreciación de Guerriero cuando dice que a los grandes medios no les interesa ese tipo de periodismo. Apuestan por lo que Jon Lee Anderson llama periodismo de coyuntura. Una modalidad que discurre por determinadas superficies, sin siquiera intentar una leve inmersión en las profundidades de los hechos. Dicho en pocas palabras, un periodismo de corte puramente comercial.

Pero el menoscabo de la crónica no surge sólo de las elevadas oficinas de los grandes diarios. Para Ale existen desacoples en el propio seno de los que hacen periodismo narrativo. “La crónica hoy tiene un problema de autores, pero sobre todo tiene un problema de editores”. Argumenta que “la labor del editor hoy se ha reducido a unas cuantas directivas que tienen que ver con la extensión de un texto, la recomendación de alguna fuente y con una que otra corrección de estilo”. Para el cronista, Ale le reserva una sentencia de José Martí que señala que uno de los enemigos más grandes del periodista es la pereza.

 


 

No sólo de estilo literario vive la crónica. Parece una exhortación bíblica, pero son palabras muy terrenales y muy atribuibles a cualquier editor que se precie. Hacer periodismo utilizando recursos de la ficción no garantiza su lectura. Eso sólo transformaría la prosa periodística en un mero y gratuito ejercicio estilístico, explica Ale. Y eso, por supuesto, no es lo que el lector espera. Es allí precisamente donde Ale aprovecha para dar el zarpazo sobre la pereza y sus consecuencias. Opina que ciertos espacios de confort de la producción informativa, compartidas por cronistas y editores, atentan contra la elección de un buen enfoque noticioso. La urgencia por salirse del corsé de la pirámide invertida y las 5 W tienta al autor a pretender contarlo todo. Imposible. Ale recomienda que editor y periodista se reúnan antes de que éste salga a la calle y discutan sobre lo que quieren contar y cómo lo van a enfocar. La elección del foco, subsidiario de una mirada bien entrenada, no sólo debe buscar diferenciarse de otros medios, deben plantearse por qué les interesa enfocar así. Además, continúa, las cosas que se cuentan tienen que estar atravesadas por lo contemporáneo”.

Mientras Ale habla, Ignacio lo mira, a la vez que mordisquea su lapicera. Relee lo que acaba de escribir y piensa un instante. Cierra los ojos. Mueve la pierna derecha dando pequeños taconeos. Finalmente abre los ojos y pregunta: ¿qué tipo de lenguaje tiene que utilizar la crónica?

 


 

Si hay algo que caracteriza a Marín Ale es la contundencia con que se posiciona frente a los temas que desgrana. No se anda con remilgos y va directo al hueso. “La crónica da la batalla por el lenguaje, combate su burocratización. Nosotros vamos por el lenguaje coloquial, lo más coloquial posible.” A Ignacio le gusta este tipo de formulaciones. Anota en su libreta, sigue escuchando. “Así, con la oralidad, podemos construir el tono, que no es el estilo. Dos o tres frases de ese personaje son como una musiquita. Saber escuchar y saber recortar lo que dice el personaje es uno de los recursos más potentes de un buen cronista.”

Pero Ignacio intuye que sólo con una mirada triatlónica y un oído alta fidelidad no alcanza, o no debería alcanzar. Lo más difícil para un cronista, asevera Ale, es crear cierta tensión narrativa, un conflicto que movilice a los personajes, pero también al lector. “Nos preocupamos tanto por construir personajes y describir lugares que nos olvidamos del conflicto, de la tensión del relato.” Antes de que Ignacio o alguien haga un comentario o quiera saber cómo se logra eso, Ale pregunta si suelen mirar series en Netflix. Todos, o casi todos, responden que sí. “Entonces ¿por qué no nos fijamos en los mecanismos que generan tensión en esas series?” Al día siguiente proyectará fragmentos del primer capítulo de la serie Los Soprano. Al final de la proyección no quedarán dudas de que lo de Ale no se agota en una zona de obras sobre el oficio de la escritura, es también un ABC de la lectura. Ignacio se regocija, sabe ahora que esto de la crónica y los conflictos funciona como en el cine.

 


 

Otra curiosidad del encuentro, grata curiosidad, tiene que ver con que la crónica forme parte del área de Literatura Hispanoamericana de la Universidad Nacional de Salta (UNSa). Para Betina Campuzano, docente y organizadora de las actividades, la figura del chileno Pedro Lemebel fue fundamental para comenzar a hablar de crónica dentro de la universidad. Esta inclusión surge de lecturas en proyectos de investigación que datan de 1999, cuando Betina trabajaba junto a Elena Altuna, por entonces jefa de cátedra y reconocida investigadora de la disciplina. “Lo que primero fue lectura e investigación luego se convirtió en tema de programa. Y, desde el 2014, pensé que después de leer a Lemebel podíamos pedir como trabajo práctico a los estudiantes una crónica. En 2015, agregamos: que escriban una crónica y saquen una fotografía porque, si alguien combina lenguajes para retratar la urbanidad, ese es justamente Pedro Lemebel.”

Tal vez la negación que esboza Guerriero sobre el supuesto boom del periodismo narrativo latinoamericano tenga que ver con una macrovisión, empapelada y satinada, del género. Una mirada que, por supuesto, no invalida o desacredita a ese fluente de periodismo narrativo que circula, o intenta circular, por canales periodísticos alternativos y mayoritariamente digitales. Betina Campuzano sostiene que hay una efervescencia tanto en la escritura como en los hábitos de lectura: “Yo creo que sí hay una explosión del género. Todo el tiempo estamos leyendo crónicas o estas escrituras de la subjetividad en las redes sociales, en los periódicos y revistas digitales, en los muros de Facebook. De algún modo, todos nos convertimos en cronistas cuando recorremos las calles y contamos, en un episodio cotidiano, un estado de nuestra sociedad”.

 


 

La explosión de la que habla Betina se sustenta en una diversidad de gente y de medios que hacen del periodismo narrativo su proyecto editorial. Indudablemente que Salta estuvo de enhorabuena por la cantidad y calidad de expositores, medios gráficos y digitales que participaron de La tibia garra. La producción local estuvo representada por referentes como el escritor y periodista Daniel Medina (La Gaceta Salta), Patricia Patocco (periódico Artenautas), Federico Anzaldi, Daniel Ávalos y su libro A veintiséis manos. Crónicas periodísticas de Salta (2013), en el que reúne las producciones más relevantes del semanario impreso y digital Cuarto Poder. El escritor Santos Vergara y su proyecto de libro con sus escritos en Facebook: Descolgadas del muro. Las producciones audiovisuales y escritas sobre espacios y prácticas urbanas, subidas al sitio Buffo.com, a cargo de alumnos de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UNSa. Campuzano agrega que “no se trata, sin embargo, de un trabajo sostenido o visible en el periodismo local o en la literatura salteña, como sí sucede en Tucumán, por ejemplo, con Tucumán Zeta. Pero, así, esparcido y asistemático, se está produciendo”.

Entre las visitas estuvieron Ezequiel Svetliza, periodista y editor de la revista digital Tucumán Zeta; Cecilia Lanza Lobo, periodista boliviana que escribe para el portal noticioso Página 7 y  para el blog lamajabarata.blogspot.com; Jímena Néspolo, escritora y periodista mendocina, editora de Boca de Sapo, revista de arte y cultura; y Tomás Pérez Bizón y Martín Ale, de revista Anfibia.

 


 

La finalización del taller propicia alguna averiguación. ¿Las motivaciones? Sí, los motivos. Se sabe que aquí sobran. Pero hay uno que amerita conocerse. Para Geraldine Ibáñez, periodista de LV12 Radio Tucumán, escribir crónica con vuelo literario fue algo que descubrió asistiendo al taller de escritura creativa del escritor y periodista Fabián Soberón. “Quizá ya lo hacía pero no lo sabía. Por otra parte, elegí este taller porque sabía que me iba a aportar más herramientas para desarrollar y enriquecer mi escritura. No sé, pero me incentivó demasiado, mirá que hace mucho que no encuentro algo que me motive. Pero esto me sirvió para salvarme. La escritura me volvió a salvar.”

Ignacio está seguro de que su mochila regresa más cargada a Tucumán. Casi diría que lleva una caja de herramientas, de esas que Stephen King utiliza y recomienda en Mientras escribo. También carga un par de certezas: para escribir crónica no existen fórmulas, griales ni secretos. Sólo hay que aguzar los sentidos, pensar un poco y sentarse a escribir. Sí, sólo eso, escribir.

Comentarios

1 Comentario

  1. Una didactica de lo ameno, de cómo contar la experiencia de aprender metodologia y hacer saber que el rigor es compatible con lo agradable.En la “crónica”de Bonilla no hay pereza.
    Que gusto!

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