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Por Soria y Obes


La gente de a pie que circunstancialmente se movía por los pasillos espontáneos que se arman entre las hileras de mesas y sillas de algarrobo, o la que acababa de entrar por la puerta del poniente, una puerta oblicua más en línea con Misiones que con Alvarado, de pronto detuvo su marcha y buscando el frente en dirección de la caja, de donde inicialmente se suponía partía o debía partir una señal que concitara la atención fija de los presentes, y de los dos salones completos que poco a poco fueron dejando las charlas de ocasión y saliendo de la comodidad de las sillas y del deleite de los escabeches de entrada, poniéndose uno a uno de a pie, ya fuera por atrapar en el aire aquella señal misteriosa que para el resto era inaudible, bien que lo hayan transmitido en palabras a los más cercanos de la mesa, o ponerse de pie por contagio, mecánicamente, como le sucede a todo el resto, cuyos reflejos sociales son más fuertes que las parrillas portátiles donde todavía crepitan las carnes jugosas; en ese interín de segundos comienza a develarse el arcano, los mozos han cesado su atención y parecen ser los más observadores del ritual: de pie, de negro, erguidos en expresión fatua mientras comienzan a sonar los primeros acordes del himno nacional y las miradas de los más distraídos entienden rápidamente de qué se trata: 9 de julio, una parrilla que como todas trata de reproducir un estilo campero, austero, despojado, el minimalismo criollo de los bodegones del siglo xxi, el viejo campo donde nació la patria (y nacen las divisas de la patria exportadora) abierto en la ciudad para el consumo de la burguesía local; la casa bulliciosa de los domingos de asado recreada en casonas alquiladas preferentemente en las esquinas, aggiornadas al vintage folklórico donde supone el imaginario de mercado comemos las esencias telúricas con el mayor confort (y todos los medios de pago); una cita y un menú familiarmente argentino -¿no es acaso el asado el plato argentino de los domingos?-, en una plaza que no tiene a esa hora y ese día una alternativa más tentadora y apropiada para llenar los sentidos de pertenencia, continuar con la tradición gastronómica de las clases medias de glutir proteína animal en señal de salud simbólica, aunque haya para todos los gustos (pastas, ensaladas, entradas por todo plato…), lo importante es salir de casa, sentarse aquí, demostrar que la circulación social tiene hitos que los entendemos tácitamente, no desollamos la res y la comemos a la intemperie como el gaucho, pagamos por nuestro sedentarismo fuera de casa, bajo techo: esperamos, conversamos, reconocemos amigos, conocidos, “nos comportamos”, dejamos propinas…
Y un día como hoy, 9 de julio de 2017, promediando las 14 horas -ya estaría siendo momento del postre, evaluarán-, estamos todos de pie en aquella ceremonia sorpresa (sorpresa para los que no coincidieron antes en una fecha patria o no se lo contaron): cantando, algunos con mucho fervor, como si los filmaran, cosa que ostensiblemente hacen un par de mozos con sus celulares, y poniendo énfasis en el estribillo, sobre todo los hombres de mediana edad: la mirada seca al frente desafiando a su patriotismo voraz que sigue con matemático compás la letra de Vicente López y Planes; nadie duda de ese canto afirmante y del lapsus patriótico que es puro espíritu de pie, ¿acto o acting?, capaz de olvidar la carne débil y fría yaciente, un olvido justificado en aquella comunión laica de la oración patria, un gesto de identificación unánime en un lugar acorde: la carne y el espíritu chauvinista, dos valores de la clase media que fortalecen su autoestima y espesan su sangre.

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