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Pensar a partir de un libro

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El Camino de los Perdidos
de Alejandra M. Zani,
Milena Caserola Ed.

Por Daniela Rafael.

Hace unas semanas, en Utopía, presentamos junto a Alejandra Zani, El camino de los perdidos. Cuando terminamos, y mientras la autora firmaba sus libros, Ignacio Ratier se acercó y me invitó a escribir sobre esta presentación para la revista Subida de Línea. Charlamos en medio de gente que hablaba, se saludaba, se besaba y se abrazaba. Se sentía una energía casi eléctrica, de esas que hacen bien a cualquiera, algo así como tener el colesterol bueno, supongo. Y pensé que todo eso era provocado por un libro que me sorprendió, del que además tenía la suerte de haber sido elegida por su autora para presentarlo ante un gran público de lectores. Entonces me acordé de cuando entré a Utopía un día equis y uno de los dueños (Félix) me preguntó ¿Qué andas buscando? Algo que me saque de Netflix, le dije. Una exageración, pero me viene como anillo al dedo para explicar lo que suelo esperar de un libro.

La lectura no es un placer fácil. Necesita una búsqueda, constancia, acción y más aún cuando se comienza a disfrutar libros desde chico, siempre quedas marcado por ellos. No importa demasiado cuánta calidad tengan, porque lo que te marca es la actitud con la que te enfrentas a esa lectura: la esperanza de ser conmovido y de ser satisfecho, que, por supuesto, muchas veces es superior a los libros que uno tiene en la mano. Y también es pura verdad que esa esperanza, como sucede con el cabello, se va raleando con los años. Y cuanto más se lee, más opciones de lecturas aparecen. Hoy siento que hay una legión de libros al acecho entre los que debo redoblar el esfuerzo en la búsqueda para recobrar esa actitud.

Pero uno insiste en acercase a los libros buscando algo que no leyó antes, porque raleada o no, la esperanza de ser conmovido no se pierde. Es una permanente insatisfacción, y cuando sucede, quiere compartirlo con amigos convencido que van a sentir lo mismo, esa lectura como algo que nos sucede, el libro como un acontecimiento y La Literatura como experiencia. Mientras pensaba en lo que diría en esa presentación, recordé el día en que llegó mi hija, compañera de escuela de Ale, y me contó, con mucho entusiasmo a la vez que sorprendida, que Alejandra estaba escribiendo una novela. Ambas tenían 10 años. Y aunque mi hija no había leído nada de aquella novela, el hecho de que otra niña estuviera escribiendo se convirtió en un suceso. Y esa emoción, ese acontecimiento, fue algo que les sucedió a ambas. Creí necesario compartirlo porque tiene absolutamente que ver con la idea de literatura que tuvo Alejandra al escribir El Camino de los Perdidos, y a la vez con mi propia percepción de lo que es la literatura.

Esta novela fue escrita por una santiagueña que hoy tiene 25 años. Si bien la escribió en tiempo récord (dos semanas), estuvo más de dos años revisándola para transformarla en su tesis de grado, la primera en su tipo, para la obtención de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la UBA. Obtuvo la más alta calificación, además, la editorial Milena Caserola, la presenta como una nouvelle distópica que parodia los escenarios de la postmodernidad. La nouvelle propone abrir un camino por una senda hacia el desconocimiento, hacia nuevos horizontes de sin razón, hacia los albores de la muerte, y su contracara, el deseo. Con todos estos antecedentes, me enfrenté al texto con cierto prejuicio, no voy a negarlo, no sabía qué podía haber allí, en ese pequeño libro, escrito por alguien que conozco desde niña.

¡Y, Voila!:

“… ¡Se acercan! En vano estos hombres miran el cielo y desean ser dioses.

Bienvenidos al fin de la modernidad: mi bella ciudad del corazón.”

Son los dos últimos versos del poema con el que inicia la novela. He tomado diferentes párrafos para citar  porque de algún modo me explican la idea que tuvo en mente su autora al escribirla: La literatura como el marco de introducción a un modo alternativo de conocimiento.

El Camino de los Perdidos es una novela distópica. Algunos podrían ubicarla en un subgénero de la ciencia ficción, aunque hoy no es necesario encasillar un texto en un género determinado, y menos cuando las rigideces de los límites se confunden y la escritura se mueve hacia otros ámbitos. Pero ¿qué es una Distopía? Me pregunté y me di cuenta de que allí también estaba uno de los logros de esta nouvelle. Incluso antes de comenzar a leer, me lleva como lector a pensar  y a bucear sobre lo que me propone. Me obligó a indagar. Bien: una distopía no tiene nada que ver con ciudades en ruinas y zombis merodeando por las calles. Las historias distópicas hacen referencia a una sociedad, son una protesta contra ciertos sistemas de gobierno o ideales sociales extremistas. Y funcionan porque crean una ilusión de bienestar. Esta es la clave. El falso bienestar, la falsa seguridad, y lo que me parece central: la falsa esperanza.

En el piso veinticinco de la Torre Suprema de la Gran Ciudad, sentado en su despacho de madera de Olmo, el señor Gobernador, su Señoría, miraba absorto el fuego de la chimenea artificial. Detrás suyo, las luces de la Gran Ciudad se atenuaban lentamente y las estrellas por fin aparecían en el cielo cada vez más oscuro. Vio una pila de papeles en su escritorio y sonrió. ¡PARE DE SUFRIR! (Si usted presenta síntomas de pánico, ansiedad o angustia, siga las siguientes instrucciones y ¡Pare de sufrir!):

1. No luche contra el temor, ¡acéptelo!…

4. Encienda todos los artefactos electrónicos de su hogar (Tv, radio, I-pad, Satel-Image): así dejará de sentirse sólo.

5. Si aún se siente sólo, acuda a los eventos de “Prevención y Salud Mental” organizados por el equipo del Sistema de Felicidad General del Gobierno…

10. Recuerde que el Gobierno lo ama y siempre estará con usted. Su felicidad es también nuestra felicidad. Y no olvide que siempre habrá alguien peor que usted.

Lo que hace Alejandra con la historia y el manejo de la trama es utilizar la literatura para atravesar una realidad, reflejarla y exponer sus ideas, la visión de una época. Es lo que hace al escritor un comunicador social.

El Camino de los Perdidos es una construcción ficticia, que vierte sus elementos para la reflexión posterior, que le advierte al lector, cada pocos pasos, que la historia narrada es sólo ficción, la materia prima que se necesita para sacar adelante la elucubración, como el pie de estrofa. Alejandra Zani escribió esta nouvelle como tesina para intentar centrar el debate académico en la literatura, en particular, y en el arte, en general, como modos de acceso al conocimiento. Alejandra lo explicó en la presentación: parte del concepto de escritor, entendido como un comunicador social que da forma al sentir de una época dentro de una estructura literaria, y que más allá de los márgenes de la libertad que encuentre en los discursos de la época, su obra estará impregnada del contexto histórico en la que la escribió. Así, esa obra, se trate de un poemario, un ensayo o una investigación académica, se convertirá en un documento de época, Y citó a Sartre: No hacen falta muchos años para que un libro se convierta en un hecho social al que se examina como una institución o al que se incluye como una cosa en la estadísticas; hace falta poco tiempo para que un libro se confunda con el mobiliario de una época, con sus trajes, sus sombreros, sus medios de transporte y su alimentación. […]El escritor tiene una situación en su época; cada palabra suya repercute. Y cada silencio también”

—El periodismo murió con la familia Walsh y también la respon­sabilidad cultural y política. Anoche soñé con Ella. Me dijo que te diera una oportunidad. Una vez más me someto a su voluntad. ¿Es por Ella que estás acá, no? Quizás así, si escribís la brillante historia de la que tanto hablás, los demás dejen de esforzarse y yo pueda seguir mi vida, una vida ya perdida, hasta el día en que Ella me quiera llevar.

—¿Quién es Ella?

Preguntó aunque supiera quién era Ella

En la nouvelle hay tres personajes principales: Emma, Alexei y Lula Chaco, el personaje ausente. Alejandra se sirve de esa ausencia como recurso narrativo para entrelazar múltiples historias desde múltiples puntos de vista, que, por ende, disparan múltiples interpretaciones. De esta manera es una historia que, como expone Piglia, “no se disgrega porque se ata en un punto oscuro”.

Lula Chaco es una artista a la que han asesinado y a la que los personajes se refieren como “Ella”. La evocan a través de recuerdos y de un diario íntimo, y es ésta ausencia la que da sentido y une la vida de los demás personajes. Esta artista asesinada cumple un rol fundamental. Es el eje de la historia y atraviesa a Alexei y a Emma como una sombra que los persigue. Este personaje ausente representa y encarna los cimientos de una modernidad en ruinas; es motor de deseo, la autora simboliza con él la idea de que lo contrario a la muerte no es la vida sino el deseo.

Alexei, el otro personaje principal, es un periodista que busca y anhela escribir la mejor historia jamás contada. Durante esa búsqueda, atraviesa por una mezcla de intenciones: venganza y soberbia. Su propósito de devolver a la sociedad una esperanza perdida se mezcla con la incertidumbre del rol del periodista como un constructor de significación social. Emma, presunta asesina de Lula Chaco, que considera ha sido juzgada injustamente, es un personaje enojado con el sistema en el que vive. Su descripción física revela que es un cuerpo anestesiado por psicofármacos, pero que se resiste a perder lo que le queda de humanidad y ser considerado y tratado como un cuerpo “de loco”. Ambos personajes llevan adelante el hilo narrativo mediante diálogos en los que Emma representa la voz irracional, la de la locura, y Alexei la racional, la de la razón.

…El ejército de guardias llevaron a Alexei y a Emma hacia otra habi­tación y les pidieron que esperaran mientras llamaban a Tiburcio por la radio satelital. Alexei encendió un cigarrillo electrónico y ofreció uno a Emma. La vida era eso, un eterno retorno que todo lo retrotraía al cora­zón seco del centro de la Tierra, al pulmón de una galaxia infinita y asfi­xiada donde todo re-comenzaba, donde toda muerte había sido vida an­tes, y donde toda vida sería muerte después. Pero él se resignaba a que la vida fuera eso y nada más, una repetición constante de millones de años y los mismos estúpidos errores de la humanidad, la historia magistra vitae.

Esto es una síntesis muy estrecha. Uno podría escribir mucho más e intentar legitimarse como lectora de cierta antigüedad y no mostrarse como lo que en verdad es: una simple y llana lectora que busca recrear la emoción de la sorpresa y de nuevo tener entre manos un libro como algo que le sucede.

Ahora, con estas ideas, creo que nada de esto se produciría si ese autor no logra obtener una voz, un sello personal que al lector le interese seguir escuchando, porque le interesa el modo en que esa historia está siendo narrada, porque en suma le interesa saber cómo ese escritor o escritora ve el mundo.

La personalidad de un autor tiene que ver mucho con su obra, la personalidad tiene que estar humanamente presente. La individualidad del escritor, su palabra, su gesto frente al mundo tienen que aparecer casi como un personaje que entre en contacto con el lector. Si es meramente literaria, no va a suceder nada, casi seguro. Tener estilo es ser autentico, la escritura como vida, como vivida por el que escribe desde su enfoque particular, el enfoque proporciona la voz, y la voz propia es el estilo.

Realmente estaba solo. Lo supo cuando apagó el televisor y los gri­tos continuaban. Cuando se acercó a la ventana para ver quiénes cantaban tan alto y no vio a nadie. Cuando chequeó que todas las radios en su departamento estuvieran perfectamente desenchufadas, sus auriculares desconectados en un cajón, su computadora apagada, su I-pad roto con­tra una pared y sus vecinos callados, pero aún así los escuchaba a todos encendidos. La tecnología vivía y lo mantenía vivo a pesar de su voluntad de muerte. Y entonces supo que esos gritos salían del silencio. Había al­guien en el silencio que quería ser escuchado. No soportó pensar en esa persona que habitaba el silencio. Encendió de nuevo el televisor, pidió a gritos por la ventana que todos se despertaran, que los niños lloraran, que los enamorados gritaran apasionados. Tocó el timbre a sus vecinos, subió al máximo el volumen de todas sus radios, sacó sus auriculares más grandes y escuchó al Flaco y al Gordo, a los Maestros de la Nada, a Carlos y Rodolfo, a todos y a todo volumen, una y otra vez, cada vez más fuerte. Quizás sólo así, con el ruido inteligible de la melodía perfecta, quedaría por siempre sordo y podría ahuyentar a los demonios de su cabeza.

Los demonios que estaban ganándole la guerra

En definitiva, a un autor se lo piensa en una voz, un léxico, un repertorio, una actitud ante el mundo, una ética de escritura .Este tipo de escritores son los que dirían “esto es lo que yo tengo para dar, hágase cargo si quiere”. Que no es lo mismo que decir: “esto es lo que yo necesito expresar”. No tiene que ver con la expresión sino con “la construcción y el hallazgo” como lo dijo  Daniel Freidemberg

En este sentido, El Camino de los Perdidos, me ha dado todo eso. Celebro la emoción, el que me conmueva, el percibir a una joven cuya voz se escucha diferente, que su narrativa se siente vital porque se descubre comprometida y sin prejuicios o miedos. Y también celebro a la gente joven que vi esa noche y que sé que camina esos mismos caminos que Alejandra. Quizás ese letargo en el que estaba, ayudó a que mi sorpresa fuese mayor, el libro abrió un telón y recuperé la emoción que me produce la buena literatura.

. …Dio media vuelta en la cama y suspiró. Intentó ver la pared blanca en medio de la penumbra, pero le pareció un esfuerzo en vano. Era como intentar ver la nada sobre el todo o el todo sobre la nada. El blanco y el negro siempre le habían parecido ser la nada. Porque la nada, pensaba, lo comprendía todo tan infinitamente que se aparecía vacía y a la vez llena de incomprensión. Nada y Todo eran dos conceptos equitativos y equidistantes. Donde todo sobra, nada alcanza…

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