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 Por Nicolás Adet Larcher

Cuando llego al café de la Buri Buri, Juan Tauil ya está sentado esperándome. Cruzo el bar y veo un licuado de frutilla sobre su mesa, un síntoma de mi tardanza. Juan me dice “tranca”, lleva un pullover gris entallado, una barba de unos pocos días y un flequillo que le cubre toda la frente. El resto de su pelo oscuro cae sobre sus hombros. ¿Qué edad tiene Juan Tauil?, no sé, cualquier respuesta se diluye en su atemporalidad. Puede tener una edad determinada y puede no tener ninguna.

Me siento y enciendo el grabador. Juan me cuenta que nació en Fernández, que es santiagueño pero que desde 1992 vive en Buenos Aires, que se fue sin nada, que llegó a la gran ciudad cargado de motivaciones y dudas. Que se fue a Francia antes de eso, que se fue tres meses, que en Francia pensó “me gusta viajar” y que esa “motivación tonta” lo llevó a buscar carreras para viajar por el mundo, ¿Con qué carrera puedo viajar? “mirá la boludez”, alguien le contestó: relaciones internacionales.

Cruzó el país. Se fue hasta Buenos Aires y se puso a estudiar Relaciones Internacionales en la Universidad de Belgrano. Repite, la motivación era tonta, “pero evidentemente adentro mío había una necesidad de generar mi propio mundo”.

  • ¿Generar ese mundo fue algo consiente?
  • Fue en forma inconsciente. Mi viejo tiene mucho carácter, es un tipo con mucha impronta y no me veía bien siguiendo un camino normal en Fernández, laburando sobre lo que hacía mi viejo (en un comercio mayorista). Era cantado que yo tenía que seguir un legado bajo la égida de mi padre.

“Me llegó tiempo, mucho tiempo generar mi propio universo en Buenos Aires. Pero lo logré” me dice, y sonríe.

En plena década de los noventa, con el menemismo a cuestas, la reforma constitucional, la reelección, el 1 a 1, los represores en la calle, los escraches, los piquetes, el falso progresismo televisivo, las promesas de estratosfera, Japón y un auge de internet que a nadie le importaba, Juan se recibe. Trabaja en cancillería, en la Unidad de medio ambiente. Pero todo acaba pronto. A la embajadora la mudan a otro lugar y queda sin trabajo. Empieza a buscar otras cosas. En 1999/2000 vende negocios virtuales, páginas web en un país que se caía a pedazos “nadie quería saber nada”. Se entera de un máster en periodismo de Clarín en la Universidad de San Andrés, puede elegir entre La Nación y Clarín, elije Clarín.

A principios de siglo Clarín no estaba en el debate público, ni se hablaba tanto de Héctor Magnetto, ni había globos y pines de “Clarín Miente”. En el diario hace un curso de admisión, queda becado y empieza el master, “en el master empezamos a colaborar con el diario y me gano la beca Clarín”, la beca le permite entrar a trabajar al diario. Pasa el tiempo. Se aburre en el diario. Conversa con uno de sus profesores que era laburante en Canal Trece y pide el pase al canal. “Era todo muy precarizado, fui víctima de la precarización laboral” dice y recuerda el año: 2003, y recuerda que pasaba ese año, asumía Néstor Kirchner.

Empieza a producir en el canal, “soy productor nato, me encanta producir” En ese tiempo trabaja con Catalina Dlugi, la panelista de espectáculos del canal. “Una gran laburante. Catalina se miraba todas las películas que recomendaba, le teníamos que armar la agenda para ver cada una de las películas. Fue muy arduo, pero ahí empecé a meterme en otras producciones”. Hizo de notero trabajando doce horas en el canal y llegó hasta Telenoche Investiga, “después me fui”.

Juan interrumpe su relato, “ahí llegaron los chicos de la banda, recién vienen de Buenos Aires”. Se levanta de la silla, los saluda y me presenta. Conversan, dicen algo sobre el traslado de los instrumentos en el avión, problemas de sobrecarga de equipaje y asientos duplicados. Se van.

Retomamos. “Empecé a ver todas las mediocridades del oficio y me metí en la crónica, siempre me gustó la literatura”, empezó un taller con el periodista Cristian Alarcón, uno de los referentes de la crónica latinoamericana y autor de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, todo llegó por una recomendación de uno de sus compañeros de Telenoche. A partir de ahí, con Alarcón, se hicieron amigos íntimos. Juan dice que la crónica le abrió las puertas hacia otro periodismo, un periodismo comprometido, más profundo, más rico en vocabulario y en búsqueda de nuevos vocabularios.

“Más que periodista soy cronista” me aclara. “Las notas que hago tienen que ver con la nueva crónica. Me gusta jugar con el lenguaje, me gusta usar la x, hablar en femenino, romper un poco con esa cosa patriarcal y machista de invisibilizar lo femenino”.

En el 2004 pasó a trabajar con Roberto Navarro, Mario Wainfeld, Pedro Brieger y Marta Dillon en El destape. Se encargaba de producir informes que se emitían antes de la columna de género que tenía Marta Dillon. Ese trabajo le permite extender su horizonte, conocer ese mundo, otro mundo y trabajar la temática de trans y travestis, “a través de Marta conozco a Diana Sacayán, a Lohana Berkins y ahí empiezo a gestar el documental que hice un tiempo después”. Me cuenta que el documental se llama “T” y que todo se filmó sin generar situaciones, que todo fue “en vivo y en directo” y que parece que todo está armado, pero no, que la crudeza está ahí, que no es ficción, que todo es palpable, que las casualidades de ropa se mezclan con los colores, los brillos, y los escenarios, y las protagonistas.

  • Es un documental puro y duro. De imagen pobre, de un HD temprano que no es el de ahora. Las imágenes están sucias y se parecen mucho a las imágenes que circulan entre las travas porque ¿Qué acceso tienen a la tecnología?, el celular. Algunas, no todas. Entonces pensaba, tiene que ser algo callejero, algo bien punk, bien Street, sucio, oscuro. Lo pasamos en cines, hasta en museos lo pasamos. Pero se pasa mucho en comité, en grupos. Me llaman mucho del sector género de los gremios, de judiciales, de cultura, feministas, queer, trans. Pero es un documental travesti, no trans. Aclaro porque son mundos diferentes. Y sí, hay mucho de Santiago en el documental.

Con esas vivencias ya en la bolsa, en 2009 Juan armó el proyecto de Sentime Dominga, una banda sin un género para ser encasillada, pero que fusiona rock, folklore y otros ritmos como excusa para hablar, en muchas ocasiones, de Santiago. “Se llama Sentime Dominga porque me gusta el diálogo entre Mamá Cora y Cecilia Roseto en Esperando la Carroza”.

  • ¿Sentime Dominga, vos estás amamantando?
  • Sí mamá Cora
  • Ay, entonces cómo hago? No le voy a poder dar al nene
  • ¿Qué no le va a poder dar?
  • La teta Dominga, la teta.

La banda tiene seis integrantes y las voces pertenecen a Juan Tauil y a Valeria Cini. Son contrapuntos, la voz cavernosa y profunda de Juan contrasta y se acopla a la perfección a la voz aguda y afilada de Valeria. Juan dice que no le gusta improvisar, que es muy pudoroso y que necesita una preparación previa antes de largarse a hacer algo. Para hacer el documental T hizo un máster en documentalismo; antes de cantar, hizo talleres con Pepa Vivanco, ella “te encuentra la voz, te ayuda a trabajar en cuanto a resonancia física, como aprovechar el cuerpo en cuanto a caja de resonancia” explica.

  • Me gusta mucho leer en público, pero a veces las lecturas son aburridas. Entonces digo, en vez de leer un texto lo canto.
  • ¿Habías cantado antes?
  • Sí. Mientras yo hacía cursos de canto empecé a cantar con una banda que hace música gitana. Son chicas de Fernández que viven en Buenos Aires. Ellas me llamaron y empezamos a salir y a tocar. Esa fue la prueba de fuego.
  • ¿Música gitana? Completamente distinto.
  • Y como mi familia es árabe de parte de mi papá, había como algo arabesco y jugábamos con eso. Ellas son descendientes de ucranianos, una toca el acordeón, la otra canta con una voz muy dulce y yo acompañaba.

Con Sentime Dominga apareció el nombre, apareció la idea, había algunas letras escritas, pero faltaban músicos. Juan hizo “una especie de casting” para ver a quién incluir y se encontró con Valeria, “me gustaba como tocaba la guitarra y me gustaba su voz, me parecía que hacía un buen contrapunto con mi voz”. La llamó. Le dijo “mirá, yo tengo este proyecto que se llama Sentime Dominga, te paso las letras de estas canciones y busquemos la música para empezar a ver”. A partir de ahí comenzaron los ensayos.

La banda creció y crecieron las canciones, creció el repertorio. La banda tiene una impronta muy particular, a Juan le gusta trabajar con cierta estética y por detrás tiene todo un equipo, desde una diseñadora gráfica hasta algunos editores, “estoy contento porque con este proyecto estoy aunando todo: música, video y escritura” me dice. “Tiene mucho que ver con terapia. En terapia tenía que tratar de asociar, porque yo siempre disociaba todo: Santiago. Buenos Aires. Yo. Periodismo. Divertirse. Y pensé, no, ¿Por qué no se puede hacer todo junto?

Sentime Dominga tiene dos discos. Operada (2009) y Medicada (2016) que forman parte de una trilogía que deberá completarse con un próximo disco que se llamará Ida.

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Voy a confesar algo: la primera vez que vi a Sentime Dominga en vivo no me terminó de gustar. No estaba acostumbrado. Fue en Mandrake hace exactamente un año, en una peña del Duende Garnica. Cerveza de por medio, otras bandas antes, un sonido a medias. Los empecé a entender después, cuando me senté a escuchar sus discos. Pero esa noche, era algo que no había visto, no los conocía, no sabía cómo sonaban, no había escuchado sus letras, aparecieron de golpe. Cada uno vestido de una forma, cada uno como si perteneciera a una banda distinta, “me gusta confundir” me dice Juan. Le digo que lo vi esa vez por primera vez, pero antes de que le explique el detalle de los gustos, Juan me dice “lamenté mucho el sonido de ese show”. Y ahí entiendo.

Sentime Dominga es una banda compleja, que necesita un sonido muy específico, “por mi voz, por los bombos, por el bajo, tenemos que tener un muy buen sonido porque, de otra forma, se genera una bola de ruido. Nosotros tenemos mucho texto. El texto se tiene que entender, es lo más lindo que tiene la banda”.

En las letras hay un concepto. Ese concepto busca ahondar en las raíces santiagueñas desde una mirada específica, una mirada Queer, una mirada feminista (una canción se llama Travesti Toba), tomando elementos folklóricos que pueden ser animales, plantas, ríos, apellidos de familias para luego volcarlos sobre los discos. “Me gusta ver todo el acervo ese. Me gusta meterme en las leyendas. Me gusta la Telesita” cuenta Juan, y me acuerdo de una de las canciones del disco Operada de 2009, La Telesita, una canción que escapa a la arenga folklórica clásica cuando se abordan leyendas y se mete en una especie de rock, con coros y guitarras de fondo para contar una historia.

Ahora estoy sentado en Caetano. Es sábado a la noche. Una noche fría. Frente a mí hay un micrófono envuelto en plumas, una silla, un bombo en el piso, una batería al fondo y un ojo gigante sobre la pared. En el ojo aparece la silueta de Juan Tauil envuelta en colores y figuras psicodélicas. Pero el todavía no llegó. Mientras hago un sorbo de cerveza pienso “ahora estamos a mano”.

Se abre la puerta y entra Juan. Cruza el bar con un abrigo negro encima. Se sienta en la silla frente al micrófono con plumas y se saca el abrigo. Apenas lleva una remera sin mangas por debajo. Golpea el bombo mientras pronuncia los primeros versos de Psiconauta. Golpea. Golpea. Golpea.

Fractales, fractales

Caleidoscopio en la oscuridad

flores abren sus pétalos

se proyectan en la oscuridad

El disco Medicada tiene ocho canciones y cada una representa una nota dentro de una revista. Si el disco comienza con una canción de melodía y letra más folklórica, en el segundo tema, La Venganza de las Vacas, aparecen referencias a los medios y el sistema en general. Juan canta junto a Valeria:

Linchamientos policiales

periodistas liberales

y los medios nacionales

todo en contra todos males

 Sobre el final de la primera parte del show, Juan explica que son esas plumas que envuelven el micrófono. Son obra de María Martha Leiva, una travesti santiagueña que falleció hace poco. Juan le dedica el tema Crespin a ella y se coloca una capa – también hecha por María Martha – sobre sus hombros.

Como explica Juan luego de interpretar la última canción del show, Caetano es su segundo hogar, pero su primer hogar es el Patio del Indio Froilán.

  • ¿Y qué onda con el público de Froilán?
  • Mirá, es hermoso…
  • Digo, por ahí se sorprenden con la propuesta…
  • Sí, sí, se sorprenden y lo más lindo de todo es que se empiezan a levantar. Porque vos has visto que está el escenario y hay mesas. Son familias enteras sentadas. Y las chicas, sobre todo, se levantan y se acercan al escenario y se arma un grupito de chicas, con algunos chicos también, que están escuchando. Cuando terminamos nos felicitan, nos piden el disco. Se genera algo hermoso. Se sorprenden, los atrae, se sienten atraídos.

“Me gusta mucho la sinergia. Para el último disco fui armando una revista, que fue la revista Medicada, que está basada en una publicación de periodismo de anticipación. Me gusta esa cosa de la anticipación”.

El nombre de la banda también tiene un poco de eso, “también hay sinergia entre la palabra Sentime, que es oíme, que es escúchame, pero también es el sentime epidérmico. Me gusta esto de que es una cosa y es otra, es varón y mujer, es trans y es queer, es revista, es disco. Me gusta confundir. La confusión me encanta y me gusta cuando no te pueden rotular”.

Al final de la noche el frío ya empaña los vidrios del bar. La calefacción está al máximo y no sé qué me espera afuera. Me pongo la campera para irme. Saludo a Juan mientras da vueltas por el lugar con una copa de vino en la mano. Me compro un disco-revista y salgo. Me quedo pensando en la propuesta artística, en lo que acabo de escuchar. Algunas canciones laten en mi cabeza. Abro el disco, lo veo, lo toco, hay un ojo gigante y dilatado que me mira, que me invita a abrirlo, la tapa, el ojo, la banda, Juan me hablan de “un viaje al interior”.

Y les creo.

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