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La jeta del Baby

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Por Soria y Obes.

Los audios de Baby Etchecopar son usados alternativamente por públicos disímiles como prueba irrefutable de una batalla cultural que abandona las formas e invade los campos de la catarsis online.

Fue Luisa Delfina en los 90′, sacando al aire a los anónimos perdedores de la época, la pionera en abrir las orejas de la radio a los pequeños desahogos de la gente común. Baby es otra cosa. Baby invierte la dinámica receptora integrándola por defecto. Baby dice, grita, se apasiona como un poseído por espíritus rebeldes y mediocres, por espíritus tácitos que del otro lado se identifican momentáneamente con la jeta del locutor.

Nadie sabe lo que ocurrirá, el personaje baja de su BM (el código es no pronunciar la W), saluda y es saludado con cara de gratitud, revisa los bolsillos y el equipo piensa que trae una carta para traducirla, para recrear el flanco más impresionable de los papelitos que le alcanzan a diario: los guiones imaginarios de la indignación nacional para solaz de los idólatras.

A cinco años y tres meses de cargarse a uno de los jóvenes delincuentes que entraron a robar a su casa, las ínfulas de Etchecopar se apagaron súbitamente. Al hombre de los estrépitos, del maltrato regular y zumbón a los incautos que querían conversar con el astro, le siguió un silencio estratégico que fue despejándose a cuentagotas en programas de grandes audiencias. Baby volvía a ser baby: un niño asustado que contaba compungido las escenas de la tragedia y se arrepentía de todo.
Quién hubiera imaginado que Tito Bisleri volvería quince años después de “Contrafuego”, por un quinto y definitivo capítulo, a cerrar la serie frustrada que le valió la mofa interminable de Pergolini. Nadie. Ni el mismo Baby pudo entender que Tito entrara en acción en su casa, lo sacara de la cama y repeliera el atraco con coraje. Hasta el día de hoy se pregunta cuánto de su biografía hay en los personajes, y sin estos personajes qué sería de su biografía. Una pregunta medrosa para el actor/periodista/estrella radial, que conservó el alma del (cana) justiciero (Tito Bisleri) en la intimidad del hogar, en San Isidro, y una vez repuesto, ante un público siempre ávido de juntar las vainas que el artista voltea, gozar de sus efluvios metálicos y arteros.

Con la garganta enferma, Baby tiene mojada la pólvora, pierde su único encanto, resiente las ilusiones de miles de gargantas que nunca se atreverán a “decir las cosas de frente“, “las cosas como son“; hiperrealismo delirante en la música, en la distribución de las cadencias y las entonaciones con las que va resolviendo emocionalmente la partitura; hiperrealista en los objetos, no por su naturaleza, sino por los procedimientos bizarros para rebajarlos, para ponerlos en una cercanía casi física, sensible, para construir un goce pleno en el festín de la demagogia directa.

Se apagan las luces del estudio y los ecos del Baby comienzan su trabajo silencioso en el inconsciente común.

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