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La ventaja de elegir

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Por Adrián Bonilla.

La prisión de Bautista
Dardo Nofal
Buenos Aires, Corregidor, 2001
Págs. 125          

             La escena en que Gabriel —personaje de La prisión de Bautista— se queda solo y pensativo en el umbral de su casa me hace pensar en ese pasaje de la Insoportable levedad del ser donde el narrador afirma que “el hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores”. Pero, ¿quién puede asegurar que sólo se vive una vida mientras avanzamos inexorablemente hacia la muerte? ¿Sabe Gabriel, a pesar de su juventud, qué debe querer? Porque la historia de Gabriel es diferente. Doblemente diferente. No es la de quienes intentaron  —durante los setenta— tomar el cielo por asalto ni la de aquéllos que lo impidieron: es la historia detrás de la Historia. El protagonismo del relato no recae sobre milicos ni zurdos, sino sobre un joven que busca su identidad y su lugar en el mundo.


            En pleno proceso, un grupo de tareas irrumpe en el céntrico domicilio de Gabriel. No se sabe qué destino corren sus padres y su hermana; él, con apenas ocho años, logra escapar. A partir de allí se hará acreedor de una orfandad y un exilio sin que medien su voluntad ni su consentimiento. En la huida, Gabriel recala no sólo en los márgenes de la capital y la sociedad tucumanas, sino en las orillas de su propia vida (hasta debe comprar la identidad de un tal Bautista, inscripta en un documento de identidad extraviado). Allí, en esas anchas orillas, es contenido por doña Brígida y su hijo, el Quijada —futuro compañero de andanzas—. Tiempo después conocerá a un anciano —suerte de guía existencial — que, como él, también arriba a la villa como un desplazado más.

           Con los años, Gabriel comenzará  a reflexionar sobre la influencia que su pasado ejerce en su presente: “Es como si estuviera casado con aquellos tiempos, que ya no me importan pero me persiguen, me controlan, no me dejan quedar en blanco, como si alguien los enviara a no dejarme en paz”. ¿Cree acaso que vivir sin recuerdos amortizará el precio de su soledad y sufrimiento? ¿Intenta convertirse en ese hombre sin memoria del que habla Kundera? ¿Ése que está impedido de elegir a causa del olvido? Así vive Gabriel, en medio de tanto interrogante, su segunda vida. Vida que, entre tantas otras, puede leerse como una anónima e impuesta capitulación; especie de metástasis heredada  involuntariamente del cáncer de los derrotados.
           Charles Bukowski aseguraba que la verdadera vida fluía en los hospitales, manicomios y cárceles. Nofal agrega un fluido más a tanta correntada: la villa miseria. Un espacio propicio para poner en marcha una exhibición de obscenidades impregnada de un realismo sucio made in Tucumán. El estilo coloquial de la novela se contrapone a la idea del narrador conspicuo y atildado: el que narra nos hace olvidar que leemos. A decir verdad, escuchamos. La contundencia del relato no admite dudas: Gabriel dice la verdad, sin imposturas. Se trata de un verosímil en primera persona, cercano al de esos actores improvisados que sobresalen por su cándida naturalidad.
          Estimulado por las charlas con el anciano, Gabriel comenzará a plantearse la necesidad de una elección: ¿Debe recuperar, después de tantos años, el andamiaje de su otra vida? Cuando las dudas lo acorralan, recuerda las palabras del viejo: “No te culpes; no es fácil dejar de ser uno y empezar a ser otro, porque a uno lo hacen los demás casi como de fábrica, y al otro lo tiene que hacer uno. Entonces tenés que ir eligiendo”. ¿Será la elección de Gabriel la más ventajosa? ¿Encontrará lo que espera en lo que elija? ¿Qué consecuencias acarreará su elección?

         En Memorias del subsuelo, Dostoievsky se pregunta: “¿Pueden ustedes definir con precisión en que consiste la ventaja para el hombre? ¿Y qué me dicen si alguna vez la ventaja no sólo puede, sino debe, en algunos casos consistir en desear lo que no sólo es malo, sino tampoco ventajoso?”.

Dardo Nofal nació en 1940 en Santiago del Estero, pero vivió casi toda su vida en Tucumán, donde ejerció el periodismo. En 1995 publicó su primera novela, Una lágrima por el cóndor; en 2007 salió Matar o morir, su última novela. Murió en Tucumán en enero de 2017.

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