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Por Claudio Rojo Cesca

Me pasó algo muy lindo con Historia universal de Santiago del Estero (Editorial Nudista, 2017), de Andrés Navarro: después de la última relectura, decidí no acomodar el libro en la biblioteca y lo dejé dar vueltas en la casa, que estuviera a mano por si alguien caía de visita. El gesto de ponerlo a tiro fue deliberado, pero la voluntad de leerlo que mostraron los demás fue siempre espontánea, una especie de pre-encuentro con la poesía de Andrés que atribuyo a dos cosas: la vocación de fascinar que porta el título, y, por otro lado, ese monto de intuiciones que algunos poetas saben provocar en los lectores.

De entre las muchas reacciones, la que más se quedó conmigo es la de alguien que, después de leer la mitad del libro, preguntó: ¿y esto que cuenta aquí, es verdad? La respuesta que aventuré, sin pensar demasiado, es que sí, pasó de verdad. Y corregí: es algo que está pasando, que lo universal es permanente, ni siquiera cíclico, y sí, en cambio, sintómatico. Un libro de poesía sobre los síntomas de una escena social que tiene que ver con la poesía, y que sólo puede ser escrito por alguien que sabe marcar cierta distancia entre su voz y el terreno que la constituye. Y, lo más interesante, un libro que recicla esa distancia y la convierte en humor.  

Historia universal… inventa una maquinaria, modesta en sus pretensiones, de visibilización. Escritos desde una mirada satélite, los poemas desandan el imaginario de un Santiago del Estero atado a su poesía, y lo atomiza en escenas mínimas sobre las que se puede hilar la circunstancia de un real escurridizo al campo literario pero evidente en lo cotidiano: el poeta fuera de su eje de poeta, su romanticismo desatendido, su manera de no importar.

Dos poetas santiagueños

de diferentes edades, estilos literarios

y concepciones del mundo

se encuentran

sin mirarse

en un café

 

se ubican en extremos del salón

como queriendo actuar

una distancia

 

No pueden

 

no existen

en otra parte

 

(Sin mirarse)     

 

Los síntomas se revelan por estar ahí, dibujados, ubicados como superficie de un tracto espeso, nombrados en su porción ínfima por efecto de un desplazamiento en la pantalla imaginaria (es decir, poblada de imágenes):

he notado que cada vez que alguien le pidió

medialunas saladas, usted les dijo

simpáticamente, “las saladas están medio fieritas

¿no quiere dulces?”

 

y a mí me dio las saladas sin decirme

nada

(….)

después escuché esa diferencia

esa distancia

 

después de haber comido con gusto

mis medialunas saladas

 

Extraña sensación

¿cómo logró quitarme

lo que ya tenía dentro?  

 

(Saladas)

 

También hay una deuda, quizá saldada, con el paisaje, que Andrés recorre por el lado de una urbanidad extrañada que el lenguaje se lanza a recuperar. Un modo de decir que equivale al mirar lejano de un nene cuando descubre la falla en lo familiar y próximo. Un nene que analiza sus objetos con una crueldad incipiente, destinada a volverse añoranza por la erosión de la cultura:

 

La predicción decía que Kakaroto iba a volver

que su poder sería inmenso

y que destruiría nuestros poemas.

 

Aun no vuelve

y esto pide fisura.

 

(El poema es basura)

 

Vuelvo a la respuesta corregida a aquella pregunta: ¿y esto que cuenta aquí, es verdad? Que exista, siquiera, la pregunta, descorre el telón más valioso del poemario, la dimensión de verdad de la poesía, la idea de que la verdad es una forma de ser en la voz, que algo se cuenta –la historia universal- el tiempo persistente fundado en la repetición: Qué pueden escribir desde la calle./Qué pueden escirbir si no vuelan./Qué pueden escribir desde Santiago./Qué pueden escribir si son santiagueños. Parece ser que sí, se escribe en Santiago. Que Andrés escribe, desde el síntoma de ser santiagueño, desde el otro lado del cordón del síntoma (síntoma que es la existencia del poema y el reverso de su crítica). Y, sobre todo, desde la posibilidad de representar el paisaje de las palabras que dicen la contradicción de la escena que somos.-

 

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