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Rubia tarada

Por Soria y Obes.

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Minuto 38 del programa “PH” (Podemos Hablar): Andy Kusnetzoff, anfitrión y DT del estudio y de la mesa de los sábados a la noche por américa, caza en el aire las muecas de Nannis, mientras la ministra de seguridad, Patricia Bullrich, va terminando su spot casual de narcotráfico vade retro. El gesto de la ministra es pequeño y perceptible: baja un segundo la cabeza como si hiciese un leve provecho mental por sus esfuerzos histriónicos, consciente que una mesa para comer en la tele, aunque no sea la mesaza de Mirta, tiene más pliegues que el mantel de la diva. Percibe que algo no está bien, que ni bien vayan al corte encontrará en su celular indicaciones precisas para sobrellevar la campaña: insistir con el pasado, diluir el presente y al futuro posarlo como a un vaso de agua en la mano del ciudadano: que lo mire con deseos.
Andy anuncia a Mariana Nannis, tiene que hacerlo porque la blonda del Cani es imprevisible, es un diamante en bruto que tiene que explotar su brutalidad -esa sonrisa sobradora que inicia segundos antes que la ministra termine y que acompaña con el cuerpo, no puede quedar en eso, tiene que ser algo más. Andy autoriza y Nannis escupe para arriba y calla a cada uno que quiere abrir el paraguas. La lluvia ácida ha emanado de una fuente no convencional y sugiere por momentos terminar con el recato televisivo.
En el bloque siguiente las damas en cuestión compartirán “el cuarto blanco” -una idea reality para un programa que se propone controlar la espontaneidad de los invitados administrándoles multiple choice. Aquí tienen una caja blanca que le da nombre al cuarto, una cámara Gessel con Gessel adentro (el mismísimo Andy), y el ojo de las cámaras como persiana diáfana entre el dentro y el afuera. Las figuras quedan enfrentadas y las consignas se suceden sin gracia, con las “chicas” haciendo los deberes por obligación. Las contadas risas de Mariana son de nervios, a la ex ministra de trabajo, ex ministra de seguridad social y actual ministra de seguridad, no le sale reírse, le sale mandar sobre sus impresiones, responder en seco y sin ambigüedades desde su inventario vital -un dechado de puntillosidad y autocontrol. No hay más. El conductor insiste en el último minuto improvisar un duelo de miradas, la risa nerviosa de la botinera transmuta a molestia: pregunta, se queja, acata; la remota posibilidad de acercar a los planetas, sembrar una empatía artificial en base al género, se va en un lamento inaudito que camina en fila india de vuelta al comedor.
El cuadro donde Mariana Nannis aporrea verbalmente a los demás invitados de PH dura minutos, nada. El milagro del recorte puede hacer suponer que aquel arrebato fue la flama más densa dentro de un ataque generalizado. Pero fue apenas eso. Lo que viralizó la escena en realidad fue el atrevimiento de una esposa mediática, acostumbrada a narrar su vida y la de su familia en europa, elija la situación del país como objeto de puteo. Los convidados de la mesa no consintieron aquello porque la herejía fue tornándose espesa, ácida, en la medida que fueron interpelados uno a uno, con el mismo gesto que un niño marca su bando y el contrario para armar el picado.”Vos, vos y vos”; más tarde sería genérica: “ninguno de esta mesa”, para desbaratar las tácticas matizadoras de aquel equipo cohesionado en neutralizar el siniestro. Su tesis, su diagnóstico fue disparado a segundos que la máxima palabra en seguridad había dicho otra cosa; “un país se está cagando de hambre”, no solo era la respuesta a la curiosidad del conductor y un revés a la versión oficial del combate al narcotráfico, sino también la introducción de una expresión callejera en un ámbito civilizado. Era como sentarlo al laburante raso, a un vendedor de la calle o a un echado de la fábrica y preguntarle cómo ve las cosas. Cagarse de hambre figuradamente significa en este país una caída material y espiritual que no resiste más perspectivas. Una expresión potente y lapidaria -considerando la presencia de políticos (Patricia Bullrich y Martín Lousteau) con altos niveles de responsabilidad pública. Pero fue más allá. Si hasta ahí la irreverencia deslegitimaba el panorama promisorio que había esbozado la ministra, el dictado de ejemplos teóricos y otros muy personales (casi de clase), sumían su intervención en una típica representación del personaje. Los cálculos de un salario “promedio” y su poder de compra en euros; las privaciones y cuidados ridículos a los que condicionan las tarifas (de servicios); el queso brie propuesto para el IPC internacional europa-argentina, movieron a los compañeros de velada a cruzar sus ejemplos con correcciones de fondo, ubicarla dócilmente, atenuar sus dichos cortándolos con la voluntad ex profesa de desactivarlos. El factor Lousteau participó sin suerte de esta operación por motus propio, al principio, y ya en la emergencia televisiva, cuando los recursos apaciguadores se mostraron inútiles, fue el brazo autorizado (sentado a la derecha) del animador para hacer entrar en razón a Nannis. Tampoco pudo. El foco ígneo terminó consumiendo sus energías en silencio, cansada de las interrupciones que prolongaron un par de cosas que hubiera dicho en un minuto. Es parte del trabajo. Más tarde volverá al hotel, al refugio armonioso que habita a cara lavada, su balcón excéntrico desde el que otea el drama nacional de la república…

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