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Como se siente un tiro

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Por Bruno Martínez

La madrugada del sábado 13 de mayo de 2006 estaba fría y filosa. Con mi primo David y unos amigos nos quedamos en un pub del centro de Resistencia, por avenida Sarmiento, a una cuadra de la plaza central. Habíamos salido a tomar algo. Después de un rato me levanté para irme a casa. Silvana, una amiga, también se volvía. Me ofrecí llevarla.

Eran las 5. Ella vivía en el Barrio Jardín, detrás del Club Resistencia Central. Fuimos por Alberdi. Al 1900 doblamos a la derecha para tomar por Lugones. Sólo se oía la noche y las piedritas del ripio repiqueteando en el guardabarros de la moto. Hicimos seis cuadras y faltaba una para llegar cuando sentí que algo me tocó de costado. Ese algo era otra moto. Una negra, de 50 centímetros cúbicos. Arriba iban dos pibes.

Hubo gritos de ellos y de Silvana. No entendí muy bien la situación. Mejor dicho: sabía que era un robo, pero no sabía de qué. Pensé que querían la cartera y creí que lo mejor era escapar. Logré tomar algo de velocidad pero ellos nos seguían muy de cerca. Agarré una curva y desaceleré para no caernos. Quise volver a acelerar pero la moto estaba en tercera y casi no se movió. Escuché otro grito y luego una explosión. Algo me había golpeado en la espalda. Fue un golpe seco, muy fuerte. Perdí el equilibrio y caí en medio de la calle polvorienta.

—Dame la moto—dijo la sombra que me apuntaba con un arma.

—Llevala, llevala—respondí, sin levantar la cabeza, quieto en el piso.

La sombra se subió a su moto nueva, una Honda Biz roja. La aceleró y la oscuridad se lo tragó.

Me levanté.

Hubo un momento de negación. Unos segundos de pensar en la remota posibilidad de que esa explosión que escuché y ese golpe que sentí no significaban lo que yo, en ese momento, temía tanto.

Alcancé a tocarme la espalda y luego miré mis manos.

Ahí lo entendí: me habían pegado un tiro y me estaba desangrando.

***

¿Cómo se siente un disparo? Es como una patada. Sentís el golpe. El calor del impacto te quema. Te rompe los tejidos, te abre la carne. Duele.

La bala ingresó a un centímetro de la columna, a la mitad de la espalda. El disparo era de una pistola Bersa calibre 22. Me dijeron que son las peores porque cuando entran en el cuerpo “caminan” y rompen más órganos en su paso que cualquier otro calibre. Después leo que sólo es un mito: que si bien se desvía con relativa facilidad cuando toca algún hueso, el motivo por el que mata a tanta gente año a año es que, al ser el calibre más barato, es el que más se vende.

Comencé a sacarme la ropa de la cintura para arriba. Hacía mucho frío y yo estaba en cueros en la mitad de la calle. Recién ahí la vi emerger de un zanjón a Silvana. Antes de que me dispararan, se había tirado de la moto. Estaba muy golpeada y sucia. Todo ocurrió a pocos metros de su casa. Los dos gritamos mucho, pedíamos  que nos abrieran la puerta. Abrió su mamá. Entramos.

Es increíble cómo funciona la cabeza en momentos extremos. No sé cómo pero sabía que a pesar de sentirme cada vez más débil no debía acostarme porque dormir podría ser peor. También estaba seguro de que tenía que respirar adentro de una bolsa para evitar la hiperventilación. Si no, podía desmayarme y eso no iba a ser bueno para nadie. Si me preguntan, no tengo idea de donde saqué todo esto. Pienso en los documentales de Discovery, las películas yanquis o los Simpsons.

— La ambulancia es el 107—dije, luego de que alguien en la sala lo preguntara.

Pasaron los minutos y la ambulancia no venía. Decidí quedarme parado con las manos apoyada a la mesada de la cocina. También llamaron a mis viejos.

Con un trapo, Silvana paró la sangre que salía desde el agujero de mi espalda. Pero faltaba parar la hemorragia interna. La veía: la panza se me hinchaba cada vez más. Comencé a sentir algunos calambres en las piernas. No podía estar más tiempo de pie. No aguanté más y me senté. Empecé a tener miedo.

Pasaron 10 minutos hasta que llegó un patrullero. Un policía me hizo algunas preguntas sobre lo que pasó. Contesté con cierto esfuerzo. Me costaba respirar. Unos 40 minutos después llegó la ambulancia. Una mujer de unos 30 y pico y un tipo también de la misma edad entraron con guardapolvos de médico. Preguntaron por el herido y dijeron que me iban a llevar al hospital. Su tranquilidad era desesperante. Me estaba muriendo y ellos como si lloviera.

Subí como pude a la parte de atrás de la ambulancia. Me acosté en el piso del vehículo y me cubrieron con una frazada. Antes de salir, llegaron mis viejos en su camioneta. Los vi seguirme.

Un rato después llegamos a sala de urgencias del hospital Perrando. La vi a mi mamá. Estaba asustada pero entera.

—Rezá mucho—dijo.

Luego me llevaron a Rayos X. Le pregunté al radiólogo por qué no me operaban de una buena vez. Me explicó que para eso hay que hacer una radiografía. Todo iba en cámara lenta. La sensación era que me iba a morir de burocracia.

Pasé a la sala de cirugías. Ahí comenzaron a desvestirme. Recuerdo que hacía tanto frío que debajo de mis jeans me había puesto una calza vieja y con agujeros que se la había sacado a mi hermana. Sentí vergüenza cuando los enfermeros la vieron. Esa calza nunca más apareció. Supongo que terminó en algún basurero del hospital.

Me acostaron en la camilla. Lo único que veía era una luz circular muy blanca que encandilaba. Un médico joven me habló. Me pusieron la anestesia. Cerré los ojos. Dormí.

***

Durante la cirugía me abrieron el abdomen. Ahí se encontraron con que la bala atravesó el bazo y el riñón izquierdo. Había mucha sangre desparramada dentro de mi cuerpo. Al bazo, que es un órgano que se encuentra ubicado a la izquierda del estómago y que ayuda al cuerpo a combatir los gérmenes y las infecciones, me lo extirparon porque quedó destruido.

El riñón corrió mejor suerte: con algunos puntos de sutura lo pudieron salvar. La bala quedó alojada cerca de décima costilla de la izquierda. Decidieron no sacarla. El plomo se encapsula, me dirán después, y queda como un objeto inocuo dentro del cuerpo.

“Se hace constar que el paciente (se encuentra) en quirófano por presentar herida contusa circular en la región para vertebral izquierda compatible con orificio de entrada de proyectil de arma de fuego. (…) Las lesiones (son) de reciente data, de carácter grave y ponen en peligro la vida”, escribió en su informe el médico policial, Julio Enzo Manetti.

Escuché historias de gente que en este tipo de situaciones vio un túnel luminoso. O que tuvo alguna especie de epifanía. Víctor Sueiro hizo una carrera con eso. En mi caso, cuando la anestesia hizo efecto y todo se oscureció, yo vi lo siguiente: nada. Cero. Para mí, no hubo luz, ni paz, ni nada bello. Lo mío fue algo más parecido a cuando uno se acuesta después de un día muy agotador. Apoyás la cabeza, cerrás los ojos y cuando los abriste pareciera que pasaron 30 segundos, aunque en realidad ya es de mañana.

***

Desperté algunas horas más tarde, a la siesta.  Reconocí algunas caras: amigos, primos, mis viejos, mis hermanas. Algunos lloraban. Marcos, mi amigo de la secundaria, era el más afectado. Tenía la cara hinchada con los ojos muy rojos. Otros estaban con una sonrisa de circunstancia, algo forzada.

Estábamos en una habitación del hospital con el sonido del pi, pi, pi de la máquina que te mide el corazón. Tenía dos sueros: uno clavado en el brazo izquierdo y otro en el cuello y dos drenajes metidos al costado de la cintura. En la panza, unas gasas tapaban los 15 puntos de la operación: el corte que hicieron fue de 25 centímetros. Comenzaba en el esternón y seguía hacia abajo, bordeando el ombligo. No recuerdo bien qué les dije cuando los ví a todos alrededor de la cama. Todavía sentía la borrachera de la anestesia. Creo que sólo les sonreí.

***

Esa madrugada, la del tiro, Alejandro “Lalo” Ayala estaba junto a su novia, Noelia, y otros compinches. Estaban en la casa de su amiga, Elizabeth, en José María Paz al 2800, en Villa Facundo. A las 3, llegó Cristian “El Loco” Torres. Lo hizo en su moto Daelim 50 cc negra. Se vieron con Lalo, se saludaron. Uno llamó al otro y se fueron hacia la vereda. Luego de un rato, dijeron que salían para “hacer un mandado”.

Regresaron a las 5. Lalo llegó montado a la Daelim 50 y Torres a una Honda Biz color roja: la mía. La novia de Lalo, Noelia, se despertó por el ruido que hicieron al entrar. Cuando los vio, preguntó de quién era la moto nueva. Lalo Ayala contestó que de un amigo que se la había prestado porque la otra “no andaba bien”. Un rato después, El Loco agarró la Honda Biz y se fue. Ayala y Noelia se fueron a dormir.

***

Tres días después, detuvieron a Lalo Ayala. ¿Cómo lo agarraron? Estaba junto a otros dos compinches cerca de un supermercado de avenida Alberdi y San Salvador, a dos cuadras de la avenida Soberanía. Iban a robar la recaudación del día. Era un martes, a las 13.30. Parecía fácil: había que entrar, mostrar el arma, amenazar un poco, dame la guita o te quemo, uno quedaría afuera haciendo de campana, luego había que salir y perderse. Sin embargo algo salió mal: alguien avisó a la policía. Cuando llegó el patrullero, los tres huyeron. Dos lo hicieron en moto, por San Salvador hacia la calle Frondizi. Y el restante, a pie, por avenida Alberdi.

En un momento de la fuga, decidieron bajarse de la moto, arrojarla a un baldío en José María Paz al 2900 y meterse en una casa lindante, la misma en donde Lalo y El Loco habían llevado la Honda Biz robada. La policía los vio entrar y finalmente los tres se entregaron.

Noelia, novia de Lalo, también estaba en esa casa. Noelia lo quería mucho pero lo que no quería era tener problemas con la policía. Les dijo que minutos antes, cuando entró a la casa, Lalo le había dado un arma y le pidió que la escondiera. Era una Bersa calibre 22. También contó que junto a Torres, la madrugada del sábado, habían llegado con una moto, que no era de ninguno de ellos. Una Honda Biz.

***

De nuevo en la habitación de terapia intensiva, se había terminado el horario de visita. Ahora estaba solo. Éramos yo, los aparatos y la oscuridad. Estaba desnudo, acostado en la cama del hospital, tapado por una sábana blanca. La anestesia y los medicamentos me generaron cierto estado de relajación. No sentía nada. Era como si flotara. Además, en terapia uno pierde el sentido del tiempo. Como todo es penumbras, con la excepción de las luces de los fluorescentes que entran desde la enfermería, uno no sabe qué hora es, si es de día o de noche. Y esto es más desesperante de lo que suena.

A todo lo que ya conté que tenía (una cicatriz que me atravesaba la panza, dos sueros y dos drenajes), noté también que había dos cosas más: dos sondas: una estaba en una de mis fosas nasales y la otra en mi pene. La primera se llama “nasogástrica”, se utiliza para la alimentación y es un tubo delgado que se introduce por la nariz y llega hasta el estómago, pasando por el esófago. La segunda se llama “vesical”, se utiliza para sacar la orina desde la vejiga hacia una bolsa en el exterior, y se coloca a través del meato uretral. En Youtube hay tutoriales que te enseñan cómo colocar estas cosas.

Al otro día me trasladaron a una sala intermedia. Ya no estaba solo: compartía la habitación con un hombre, de unos sesenta y largos. Recuerdo a ese hombre: estaba muy flaco, huesos con piel. Era canoso y tenía una tos potente con catarros. Cuando me hablaba, las pocas veces que lo intentó, apenas podía entender lo que me decía porque su voz era casi inaudible.

En la terapia intermedia los horarios de visita son más flexibles y cada tanto estaba rodeado de mucha gente. Venían mis parientes, mis amigos, mis compañeros de la facultad y de la secundaria. Y también F., quien por ese entonces era mi pareja. Previo a verla, mis compinches más cercanos me habían advertido que probablemente tenga problemas.

Sucede que en un diario salió publicado mi caso pero con un pequeño error: en lugar de decir que iba con una amiga pusieron que estaba con mi novia. Pequeña gran diferencia. Eso generó ciertas suspicacias entre mis conocidos quienes pensaban que había salido de trampa con Silvana y que en eso ocurrió lo del robo. Les repetí que no fue así aunque sentí que le creían más al diario que a mí. Cuando apareció F., le mencioné el tema y me dijo que ya lo sabía. Le expliqué que los medios cometen ese tipo de errores y que suelen copiar y pegar la información que les envía la policía, sin mucho chequeo de datos.

—Lo que habrá pasado fue que la poli…

—No hablemos de eso— me cortó.

***

Las cosas iban mejor. Me di cuenta porque me empezaron a sacar las sondas. Primero fue la del pene. Me la quitaron de un tirón. Nunca sentí un dolor tan horrible. Luego fue el turno del de la nariz. También fue espantoso, pero menos.

Las mañanas en el hospital comenzaban muy temprano y de manera muy dolorosa. A las 6 llegaba el médico o la enfermera. Me destapaba, sacaba los vendajes de mi panza con tres brutos tirones y luego la limpiaba con una gasa con iodo. Después ponía gasas limpias, las pegaban con cintas y luego me volvía a tapar. Todo con la delicadeza de un carnicero.

Una señora, amiga de mi mamá, venía todos los días a hacerme reiki. Fue la primera vez que escuché sobre esto. Según Wikipedia, es una práctica espiritual pseudocientífica creada en 1922 por el budista japonés MikaoUsui. Usa la imposición de manos como forma de medicina alternativa. Me hacía bien. Lo único que no podía sacarme la señora ni nadie era la terrible contractura que tenía en la espalda.

Luego de cuatro días en el hospital, me dieron el alta.

***

A Torres lo atraparon tres meses después del robo. Lo hizo el policía, Sebastián Ramírez, el 15 de julio, a la noche.

Ramírez estaba de civil y había tomado un colectivo. Cuando cruzaba por avenida Soberanía y Alberdi notó que entre los pasajeros estaba el Loco Torres, que por esas horas estaba prófugo. Según declaró ante la Justicia, Ramírez se acercó, le mostró su carnet de policía y le pidió que se identifique. “Al pedirle los datos de identidad el sujeto comenzó a proferir insultos”, dice el expediente judicial, que dijo Ramírez.

“Como no se pudo calmar, (Ramírez) dio aviso al colectivero para que detenga su marcha. Seguidamente solicitó ayuda policial quien realizó el traslado del sujeto hasta el servicio de Sanidad policial y luego hasta la sede del departamento a cargo”, contó.

***

Ya en casa, me puse a leer el diario. Lo leí acostado en la cama que me habían armado en el estudio de la planta baja, porque todavía no podía subir las escaleras hasta donde estaba mi pieza. En ese momento estaba bien, recuperándome, tomando analgésicos para calmar el dolor de la herida. Una faja me rodeaba la cintura.

Fui a la sección policiales y vi que volvieron a cubrir mi caso. La nota decía que el joven que fue baleado el sábado por la madrugada en el barrio Jardín sigue internado en el hospital Perrando, en grave estado. Volvieron a mentir. Un pariente le preguntó a mi mamá si era cierto. Me calenté y le escribí un mail al diario. Recuerdo que les dije que eran un desastre, que levanten el culo de la silla y se pongan a laburar de periodistas de una buena vez. Seguramente habrán tomado nota de mi queja en su máquina de escribir invisible.

***

Varios meses después la vi. Era ella. Era mi moto. Tenía los vinilos que decían TUNNING a los costados, escape libre quilombero marca Molina y al frente, abajo del faro, unas letras chinas que nunca supe qué significaban. Sin dudas era ella.

Fue un mediodía. Estaba a una cuadra de la casa de Rocío, una compañera de la facultad, por avenida Alvear y calle 3. Me iba a estudiar. Me bajé de la camioneta de mis viejos y cuando iba a cruzar la avenida vi que estaba ahí. Me empezó a latir muy fuerte el corazón. Me acerqué al pibe que estaba arriba de la moto. Estaba esperando que cambie el semáforo para avanzar.

—Esa… esa es mi moto— le dije con la respiración entrecortada, en medio de la avenida, con el semáforo aún en rojo.

—No, no. Es mía, yo la compré— me respondió, con cara de nada, sin inmutarse.

Habrá tenido unos veintitantos, el pelo muy corto, al rape. La remera le flameaba de lo flaco que era.

—Es mía, me la robaron, es mía.

—No, acá tengo los papeles de la moto, en mi casa que está acá a la vuelta. Vamos que te llevo.

Tuve miedo y no me subí. Decidí acompañarlo a pie. Él nunca se bajó.

Hicimos 30 metros. El tipo primero fue a paso de hombre pero luego comenzó a acelerar, de a poco, hasta que rajó. Se esfumó por la calle Lautaro, paralela a la Alvear, con dirección hacia la avenida Hernandarias.

Lo corrí. Lo corrí sabiendo que no lo iba a alcanzar. Cuando ya se perdió me sentí como un idiota por dejar que se me escape. Agarré el teléfono y llamé a la policía. Unos pibes se me acercaron y me preguntaron por qué no lo bajé a las piñas, por qué no le quité las llaves o hice algo un poco más osado. La verdad es que no supe qué decirles. Nunca más la volví a ver.

***

En febrero de 2007 comenzó el juicio en la Cámara Segunda en lo Criminal de Resistencia. La presidenta de la sala unipersonal era la jueza Lidia Lezcano de Urturi y el fiscal de Cámara era Mario Argarate. La abogada querellante era mi mamá. La causa estaba caratulada como “Ayala, Alejandro – Torres, Cristian s/Robo doblemente calificado en concurso real con infracción al art. 189 bis del CP”.

Los vi entrar a la sala de audiencias. Ayala y Torres eran jóvenes, delgados y morochos. Ambos estaban de camisa, prolijos y con el cabello muy corto. Mantuvieron la cabeza gacha desde que entraron hasta que se fueron. Ayala tenía 19 años y Torres 23.

***

¿Por qué ellos estaban sentados ahí y yo acá? ¿Por qué yo estaba terminando la facultad, con muchos proyectos, con una vida plena y ellos, en cambio, estaban ahí a punto de ser juzgados por haber salido a afanar de caño y con un destino de cárcel? ¿Qué tuve yo que no tuvieron ellos? ¿Qué oportunidades, cuáles ejemplos, que figuras de referencia, qué padres, qué amigos, qué infancia? ¿Se nace pibe chorro? ¿O se hace?¿La culpa la tiene la pobreza? ¿O es la desigualdad? ¿Es el desmembramiento familiar el culpable? ¿La ausencia de figuras de autoridad? ¿Es lainestabilidad laboral? ¿Es la desocupación?¿Son las carencias materiales?¿La pérdida de valores? ¿Es la sociedad de consumo?¿De quién es la culpa? ¿De quién carajos es la culpa? ¿De ellos, de Torres y Ayala? ¿Del Estado? ¿Del sistema? ¿De mi indiferencia?¿De la tuya?

***

Estaba sentado junto a mi abogada cuando la jueza me llamó a declarar. Me paré con nervios y caminé unos pasos hasta la silla de los declarantes, en el medio de la sala, frente al estrado. A mi derecha estaban los imputados y a la izquierda el fiscal. Urturi pidió que la mire solamente a ella. Le conté lo que pasó aquella noche.

Luego fue el turno de Silvana. Ratificó todo lo que había dicho ante la fiscal de instrucción. Antes, en la investigación preliminar, la hicieron escuchar el escape de la Daelim 50, la que le secuestraron a Ayala, la que usaron para robarme. Le pareció que sonaba igual a la del robo. También le mostraron la Bersa 22. También, le pareció que se parecía.

A Noelia, la novia de Ayala, nunca la encontraron. La buscaron con la policía y nada. Su testimonio era clave. Decidieron integrar por lectura el testimonio que brindó en la etapa de instrucción.

Después declaró Marcelo Saucedo, un sereno de 34 años, que la noche del tiro se encontraba custodiando unas viviendas del Complejo Malvinas Argentinas. Dijo que conocía a Lalo Ayala porque solía “entrar a robar al barrio”.

Contó que esa noche, cuando estaba de recorrida, escuchó un disparo y unos gritos a una distancia de más o menos una cuadra. Y después vio pasar a un joven a bordo de una Honda Biz roja, y detrás de él a otro con una moto oscura. Ambos cruzaron la Avenida Soberanía a toda velocidad. Dijo que uno tenía una campera bordó y gorrita y el otro llevaba una campera gris con mangas rojas. Por la velocidad en la que pasaron no pudo confirmar que se tratase de Ayala.

Durante el juicio, los imputados se negaron a declarar. Sin embargo, se añadieron las declaraciones que dieron ante la fiscalía. En esa oportunidad, Lalo Ayala negó haber estado involucrado en el robo. Dijo que “el sábado 13 de mayo” se fue por la siesta a cazar al campo ‘El Fiscalito’, cerca de Colonia Tacuarí, y regresó por la noche.

También contó que no había terminado la primaria, que era changarín y jefe de hogar. Aseguró que anteriormente fue vendedor ambulante en Formosa y ganaba 25 o 30 pesos y que ese dinero lo utilizaba para comprar alimentos y pañales para su hija, de un año. Además, contó que vivía con su mamá, su padrastro y tres hermanos más chicos.

El Loco Torres también negó todo. En la etapa de instrucción, dijo que no conocía a Ayala ni a su novia Noelia. Aseguró que tampoco robó ninguna moto y que no tenía arma alguna. Le mostraron la Daelim 50, la Bersa 22 y las ropas que también se secuestraron y nada: no las conocía. Sobre su vida, contó que tenía el secundario incompleto y dos hijas: una de 4 años y otra de 3 años.

Luego de analizar las pruebas y declaraciones, la jueza Urturi consideró que estaba en condiciones de confirmar que Ayala y Torres eran culpables. “Siendo aproximadamente las 5.10 del 13 de mayo de 2006, Cristian Andrés Torres quien transitaba junto a Alejandro Oscar Ayala en un ciclomotor por el pasaje Necochea de esta ciudad, a la altura del 1900 interceptaron a Bruno Martínez, quien conducía una motocicleta Honda Biz de color roja, en compañía de Silvana Abadía, colocándose a su lado, y previo intimidarlos con un arma de fuego, le exigieron la entrega del rodado, pero al intentar huir ambos agredidos cayeron al suelo, oportunidad en que uno de ellos le efectuó un disparo con el arma impactando el proyectil en la espalda de Martínez causándole lesiones graves”, dijo la jueza en su fallo. “Entiendo que está acreditado el hecho y han sido Alejandro Ayala y Cristian Torres sus autores”, sentenció.

El 2 de mayo de 2007, la Jueza Lezcano de Urturi condenó a Ayala y Torres a 11 años de prisión.

***

Ambos quedaron alojados en la Alcaidía de Resistencia. Tras cinco años, en 2011, le pidieron al por ese entonces gobernador, Jorge Capitanich, una rebaja de sus penas. Ambos pedidos fueron denegados.

En 2013 lograron la libertad condicional. Se las otorgó el juez de Ejecución Penal Nº2, Juan José Cima.

El artículo 13 del Código Penal dice: (…) “el condenado a reclusión temporal o a prisión por más de tres años que hubiere cumplido los dos tercios de su condena (…)podrá obtener la libertad por resolución judicial, previo informe de la dirección del establecimiento bajo las siguientes condiciones: 1º) Residir en el lugar que determine el auto de soltura; 2º) Observar las reglas de inspección que fije el mismo  auto, especialmente la obligación de abstenerse de bebidas alcohólicas; 3º) Adoptar en el plazo que el auto determine, oficio, arte, industria o profesión, si no tuviere medios propios de subsistencia; 4º) No cometer nuevos delitos; 5º) Someterse al cuidado de un patronato, indicado por las autoridades competentes”.

Lalo Ayala obtuvo la libertad condicional el 20 de septiembre de 2013. El juez Cima la autorizó a pesar de que la mayoría de los informes recomendaban no hacerlo.

En su dictamen, el Consejo Correccional de la División Alcaidía de Resistencia había analizado la situación de Ayala y consideró que “luego de evaluar progresivamente el comportamiento y convivencia del encartado considera negativo el pedido de libertad condicional”.

“Se puede mencionar que el encartado tiene muchos problemas vinculares y de conducta, así también durante la entrevista mencionó que se encontraba ingiriendo medicamentos con observación médica. Se señala que estuvo en la casa de pre egreso San Maximiliano Kolbe, y el pasado 15 de mayo del corriente protagonizó un hecho de violencia en dicho establecimiento y fue retornado a la División Alcaidía. (…) Tiene problemas de conducta con sus pares y con el personal”, señaló el Consejo Correccional.

En la misma línea, el informe psicológico aseguraba que Ayala “se presenta con un discurso justificativo en relación a su accionar cotidiano y delictivo, evidenciándose falta de implicancia subjetiva con respecto a ello, depositando responsabilidades en terceras personas de manera constante. Siendo evidente en sus narraciones, en los indicadores psicopatológicos de los test gráficos, en sus conductas la dificultad que mantendría para establecer vínculos saludables con sus pares y figuras de autoridad. (…) Se observan indicadores de conducta manipulatorias y suspicaces con rasgos oposicionistas y marcada impulsividad y ansiedad. En este sentido se sugiere una interconsulta con el área de Salud Mental del Perrando, con el objetivo de que se evalúe y controle la medicación que se encuentra tomando. Además de evaluar el abuso de sustancias y su posible tratamiento. Se observa en el sujeto además marcadas dificultades en la adaptación al lugar donde se encuentra alojado, prevaleciendo las relaciones conflictivas con pares y figuras de autoridad. Se trata de un sujeto con diversas dificultades en el control de los impulsos, mecanismos defensivos lábiles e inadecuados. Ante situaciones límite reaccionaría defendiéndose con el propio cuerpo, de forma agresiva”, señaló el dictamen.

Cima desoyó estos informes y consideró que Ayala estaba apto para salir a la calle ya que “se han reunido los requisitos relacionados con la naturaleza y calidad de la pena, el tiempo de cumplimiento de la condena y la falta de reincidencia del recluso, por lo cual estimo viable otorgar la libertad condicional”, escribió.

Ya en libertad, el 28 de marzo de 2014, a las 23, Lalo Ayala tuvo un accidente en su moto. En el Perrando, luego de operarlo, los médicos le dijeron que tenía pocas chances de volver a caminar. Se había lesionado la médula y estaba cuadripléjico.

Tres meses después, ya en su casa, la asistente social constató que estaba recuperando la movilidad de una pierna, aunque la otra todavía la arrastraba. También confirmaron que seguía con su tratamiento en el Centro Don Orione, dedicado a personas con adicciones.

El 24 de septiembre de ese año, la directora del Centro de Liberados, Ana Fernández Troxler, informó al juez Cima que agentes de la dirección del Centro de Liberados volvieron a visitar a Ayala. Seguía en silla de ruedas y no podía trasladarse sin ayuda de terceros.

En su visita, también constataron algo que les llamó la atención: las pésimas condiciones en las que vivía Ayala. Estaba en una pieza al fondo, sin piso de material, con techo de chapa y una cortina como puerta, siendo que su familia vivía en una casa bien instalada.

En enero de 2015, Fernández Troxler volvió a informar la situación de Ayala. Esta vez dijo que la madre de Lalo le comentó que su hijo había caído preso. Estaba alojado en la comisaría quinta de Resistencia, acusado de tentativa de robo con arma, portación de arma de guerra y abuso de arma.

¿Y Torres? El 13 de noviembre de 2013 el juez Cima autorizó su libertad condicional en base a la mayoría de los informes que así lo recomendaban. Informe criminológico: MUY BUENO. Informe educativo: POSITIVO. Informe psicológico: NEGATIVO (“El interno se presenta pocas veces a la entrevista interponiendo excusas (…) Cristian habla de relaciones idealizadas con su familia e impresiona falsedad porque en sus diálogos existen contradicciones (…) Impresiona su discurso ensayado (…) Teniendo en cuenta los aspectos psicológicos y evolutivos, considero que no se encuentra apto para gozar de la Libertad Condicional”).

Informe laboral: “Se desempeña en tareas de mantenimiento”: POSITIVO. Informe médico: POSITIVO. Informe de Seguridad Interna: “El interno demuestra buen trato con sus pares y el personal: POSITIVO”. Informe social: POSITIVO “porque afianzaría sus lazos familiares y favorecería a la recuperación de su salud”.

En definitiva, para el Consejo Correccional de la División Alcaidía de Resistencia, Torres “reunía las condiciones para gozar de la libertad”.

Un año y medio después, en marzo de 2015, el Patronato de Liberados hizo una de las supervisiones de rutina que se le hacía a Torres, en el marco del régimen de libertad condicional.

Fue en su casa de Villa Facundo. La trabajadora social se entrevistó con Magdalena, su novia, quien estaba embarazada de cinco meses. Magdalena se disculpó y le dijo que el Loco Torres no iba a venir al control porque estaba preso, otra vez.

El 28 de julio de ese año se le tomó declaración indagatoria a Torres por el delito de robo con arma de fuego en concurso real con daños a bienes del Estado y atentado contra la autoridad. Se le dictó prisión preventiva y quedó alojado en la comisaría cuarta.

En octubre de 2015 intentó escaparse junto a otros cuatro presos. Por ese motivo, sumó una causa más: ahora por atentado contra la autoridad, lesiones leves y evasión en grado de tentativa. La causa fue elevada a juicio el 3 de marzo de 2016 y la tiene el Juzgado Correccional Nº1.

***

Pasó una década del tiro.

Soy periodista. Tengo una hija de siete años. Mis viejos se jubilaron. Mi hermana mayor se fue a EEUU y le gustó tanto que se quedó allá. La menor estudia en Córdoba y está a punto de recibirse de actriz. Tengo entendido que a Silvana también le va bien.

A veces, cuando recuerdo lo que pasó, fantaseo un poco con el Efecto Mariposa: pequeñas modificaciones en el pasado que provocan grandes cambios en el futuro.

¿Qué hubiese pasado si ese pedazo de plomo se desviaba un centímetro más allá o más acá? ¿Y si me pegaba en la columna? ¿O en el corazón?

Pienso en los textos.

Pienso en los besos.

Pienso en mi vieja.

Pienso en mi hija.

Pienso.

*Periodista chaqueño. Su último libro se llama “Como se siente un tiro” y reúne 16 crónicas. Esta es una de ellas.

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