Compartir

Por Belén Navarro

Cuando era más chico mi mamá me llevaba a cuestas a donde sea que iba. Me acuerdo la época esa, cuando la veía llorar mientras lavaba los platos, cuando barría la vereda o levantaba la ropa de la soga. Era la época en la que según mi abuelo, mi papá la había dejado por una mujer que había conocido en un viaje a Jujuy, “la boliviana esa”, le decían. Recuerdo también, que aquellas veces yo no entendía que era “boliviana”, y cuando decían esa palabra a mi se me representaba una bola de goma espuma, por lo liviana, e incluso me parecía que era roja, porque hablaban de amor, y de desgracia, e incluso de los huevos de mi papá.

Por ahí se me aparecía flotando por la casa, mientras hacía los deberes. Debo haber tenido unos 7 u 8 años. En ese tiempo todavía no sabía que era el bulliyng, ni los psicólogos; uno se tenía que aguantar que la seño te retara igual aunque tus compañeros hayan empezado la pelea.

Las peleas comenzaron un jueves en el que ninguno me creía que de verdad había visto volar una boliviana, y al otro día, mientras nos agarrábamos a las piñas con Huguito, se metió Jorge y por querer pegarme con una tiza, le dió a Huguito en el ojo. La seño Silvia me dejó hablar pero lo mismo me terminó retando. Primero por mentiroso, y segundo por “iniciar una pelea”. –Ellos empezaron- le decía, ella fruncía el ceño (como seño enojada, y sostenía los arcos de los brazos sobre la cintura) –La vamos a llamar a tu mamá y cuidado que la próxima vas a firmar el libro de amonestaciones-. Me quedé callado, porque uno, aunque es niño, presiente el peligro de vez en cuando.

Mientras esperábamos en la puerta de la dirección, los padres de Huguito pasaron por al lado mío mirándome indignados mientras él se reía. Lo llevaban a la casa porque tenía el ojo rojo, y a mí todavía me esperaba el enfrentamiento con mi mamá. Me retó, también. Porque la obligaron a buscarme de la escuela, y toda la siesta ella cocinaba alfajorcitos de maicena para vender.

Me solía llevar caminando por toda la ciudad cada vez que tenía que entregar algún pedido. También me hacía cargar las bolsas. Yo me cansaba muy rápido, pero cuando le decía eso se largaba a llorar y repetía que tenía que ayudarla porque “sola no podía”. Lo decía seguido, y generalmente cuando yo la hacía renegar.

Había aprendido a no hablar de la boliviana que me seguía, a decir verdad, nombrar la boliviana era tema de conflicto. Tenía un color entre rojo y anaranjado, como una gran nariz de payaso, y cada vez que aparecía se quedaba conmigo un buen rato. No sé qué era realmente, ni de donde salía, pero cuando estaba a mi vista sucedían cosas extrañas.

Un domingo a la siesta, mi mamá me apagó la tele para llevarme con ella porque no tenía con quién dejarme. Hacía mucho calor, de esos días intensos de enero en Santiago del Estero. Empezamos a caminar por la Colón derecho, casi como un millón de cuadras. Íbamos en silencio, y cuando la boliviana apareció se puso a caminar a la par nuestra. Yo había visto como le crecían unas pequeñas patitas: primero, aparecieron dos hisopitos anaranjados que crecieron hasta parecer zanahorias, ¡ella toda, había crecido hasta alcanzarme!. Yo la miraba de reojo, se reía, y mi mamá parecía no darse cuenta.

La boliviana salió corriendo por el borde de la acequia como una persona loca, con sus flacas manitos rozaba los autos que pasaban de vez en cuando. Los ojos me crecieron cuando los autos se empezaron a doblar y se colgaron de los árboles derritiéndose como helado. A la gente no le importaba, ni siquiera a mi mamá, de vez en cuando los miraba sobre los árboles pero no decía nada, se secaba la transpiración de la frente y cambiaba las bolsas de mano mientras seguía caminando.

Para mí era el espectáculo más grandioso cuando pasaba por esos cucuruchos gigantes y dejaba que un poco de helado de auto me chorreara sobre la cara para relamerme. Los había de todos los sabores, hasta manzana, que era mi preferido.

La boliviana tocaba todo a su paso con los muñoncitos blancos que le habían crecido a los lados, pero cada vez que llegábamos a la casa de la venta, ella desaparecía para que su presencia se mantuviera en secreto.

Estaba todo bien, hasta ahí, hasta que empezó a convertirse en un gran problema: se apareció en la casa de una vecina y se le ocurrió derretir a los gatos.

Le dije que no podía andar derritiendo las cosas por ahí. La vecina había llorado toda esa tarde igual que mi mamá. Me encerraron en mi habitación hasta la hora de cenar, y eso que yo no había hecho nada.

Cuando aparecía a la noche, generalmente me despertaba y salíamos por la ventana para ver la calle. Había una columna con ladrillos desprolijos por la que se podía trepar, y en verano era muy lindo el cielo. A mi me gustaba mirarlo con la boliviana, porque me hacía dibujos de colores, y cambiaba de lugar las estrellas para que el fondo negro sirviera como papel.

A veces me enojaba, porque cuando le decía que las vuelva a acomodar antes de irnos, se largaba a reír sin contestarme nada. Salía corriendo, y cuando yo llegaba de nuevo a mi cama, la boliviana ya se había ido.

Hacía desastres. Y lo malo era que siempre mi mamá me terminaba culpando a mí. Me daba un chirlo y se largaba a llorar. Después me pedía disculpas, pero ya no me servían, porque había estado todo el día de penitencia.

Cuando le daba muchos problemas me llevaba a la casa del abuelo, pero a él tampoco le gustaba hablar de la boliviana, me lo decía siempre con el entrecejo fruncido, tanto que no se le veían los ojos -no digas más esa palabra-. Entonces no la decía, la pensaba, porque así se llamaba esa bola liviana que me entretenía, aunque me hiciera retar casi siempre.

Pero cada vez la cosa se ponía peor, ya no era tan divertido. La boliviana se escondía detrás de la tapia y cuando pasaba gente le escupía bolivianitas chiquitas y de colores sobre la cabeza. Yo salía corriendo y me escondía, porque no quería que me echaran la culpa. Después se metía a la casa de los vecinos y les hacía explotar las frutas sobre la pared, volcaba jugo sobre las camas, les robaba caramelos y los derretía sobre el televisor, la heladera o las ventanas.

Yo había acumulado chirlos y chirlos y ya no era gracioso cuando la boliviana aparecía, y comencé a darme cuenta que el abuelo y mi mamá tenían razón: la boliviana no era buena, sino todo lo contrario. La empecé a ignorar, lo intenté, pero era muy egocéntrica, y no le gustaba que yo haga eso. Así que me contaba las cosas que iba a hacer y yo no quería, para que saliera corriendo tras ella para detenerla.

Así llegó el peor día.

Estaba yo como de costumbre, de penitencia, y mi mamá me había avisado detrás de la puerta que iba a la despensa a comprar huevos. Yo había prometido quedarme en la habitación como un buen niño hasta que volviera, y lo cumplí. Había hecho todo lo posible por ignorar a la boliviana hasta que ella se hubo cansado. Sinceramente estaba feliz, porque me estaba evitando problemas. Quedé quietito, viendo los dibujos de un cuento que me habían regalado en la escuela, hasta que escuché el llanto de mi mamá. No era un llanto como el de siempre, este anunciaba una situación podrida, y la verdad me asusté mucho, porque mi mama gritaba -¡¡Los caballos!! ¡¡Los caballos!!-. Sentí los pasos cuando abrió la puerta con la cara chorreada de lágrimas -¡¡Vos, pendejo de mierda!!, ¡¡los caballos!!, ¡¡los caballos!!- gritaba. Yo me quede duro porque no sabía qué había pasado. Me agarró fuerte del brazo y a trancazos me llevó hasta la cocina, abrí los ojos como platos y empecé a llorar mientras mi mamá gritaba.

Las tartas de manzana estaban cayendo de a pedazos por la pared y los alfajorcitos de maicena estaban pegados a la mesa con dulce de leche en forma de pelota, con dos puerros haciendo de manitos y dos zanahorias de patitas. La leche de la receta inundaba el piso al lado de la alacena y la harina, en un engrudo, trancando la pileta de lavar. Mi mamá se acercó a la hornalla y gritó de nuevo, señalándome y señalando la olla.

Entre su mirada acusadora y mi asombro, friccioné mis manos, para darme cuenta de que estaban pegajosas, blancas, mi ropa llena de harina, las zapatillas mojadas de leche. Hice un puchero, y sabiendo que me iban a castigar como nunca antes, apreté fuerte los párpados.

Mi mamá sacó la olla del guiso que estaba haciendo con dos manoplas y lo tiró encolerizadísima sobre la pileta de lavar. -¡Porqué me haces esto!, ¡qué te hice yo!, ¡¡sos igual que tu padre!!-. Volví a mirar la olla. Cuando terminó de caer el guiso mi mamá levantó el cabello de mi papá y lo tiró a la basura antes de salir corriendo para encerrarse en el baño.

Antes de irse con su maleta, algunos meses atrás, él había buscado por horas el peluquín que había peinado perfectamente, pero yo lo había escondido.

.

.

Comentarios