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Por Eduardo Carrizo

Como sus 13 hermanos, Juan Díaz nació y se crio en la Cañada de Tala Pozo, paraje ubicado a 15 kilómetros al este de Las Termas. Su padre cortaba leña, hacía carbón, y les vendía a vecinos de la zona y a familias de la ciudad termal.

Cursó algunos años del nivel primario en la Escuela Rural N° 455 hasta que dejó y comenzó a ayudar con tareas domésticas y rurales como buscar agua, cuidar a los animales. “No era bueno jugando a la pelota, pero le gustaba andar trampeando pajaritos. Tenía cardenales, reina moras”.

Cuando falleció su padre, su madre se vino a Las Termas a buscar trabajo, y quedó al cuidado de sus hermanos mayores. A los 16 años, comenzó a trabajar en la zafra y en la desflorada. Cuando regresaba, limpiaba terrenos, cuidaba gallos, y salía con sus hermanos o amigos a bailar: “pero no tomaba ni fumaba, por eso le decían “agüita”. Le gustaba la guaracha, andaba siempre con “cidis” de Enrique Maza”.

En el año 2010, cuando tenía 23 años, en pareja con una joven de Vinará, tuvo a su único hijo. Con el objetivo de ganar dinero para sostener a su familia, se fue a trabajar una vez más a la zafra. Al regresar, visitó a su madre que vivía en el barrio Toro Yacu, y le avisó que el fin de semana iría a visitar a su hermana que todavía vivía en la Cañada de Tala Pozo.

“Siempre venía a vernos” recordó su sobrino, quien en ese momento tenía 15 años. “Venía en caballo de Vinará y se quedaba a pasar unos días”. “Ese fin de semana llegó un sábado y se iba a ir el domingo a la tarde”.

El último almuerzo juntos

El 24 de octubre del año 2010, los hermanos Juan y Marina Díaz almorzaron e hicieron sobre mesa debajo de un árbol de mora que todavía se encuentra en el lugar. Este y un ranchito que tenían como comedor les daban sombra. Junto a ellos, se encontraban sus sobrinos: el de 15 años, un niño de 2, y un bebé de meses. El marido de Marina trabajaba en otro lugar con unos animales.

Según los testimonios de los presentes en el lugar, alrededor de las 15:00, efectivos policiales se presentaron en la casa de los padres de su esposo, y luego otros en su domicilio. Uno de ellos –Romero- hizo un disparo al aire, Juan se asustó y salió corriendo para el fondo. Este lo siguió por uno camino que se dirigía hacia al monte, hizo otro disparo, y al rato volvió.

“Uno de los policías se quedó cerca de nosotros –Pretzel- y yo me quedé a cuidar a mi hermano que estaba asustado, y mi mamá le decía al otro milico –Romero- que no dispare, que era su hermano”. Recordó el joven que en la actualidad tiene 22 años. “Cuando volví, me sentí rara, me desvanecí” agregó Marina.

“Los policías siempre hacían lo mismo: el encargado de una finca de empresarios tucumanos (Colysur) denunciaba que le robaban animales, herramientas, o esa vez la moto, y los milicos entraban a las casas con armas, y molían a las personas preguntando quién había sido. Nosotros gracias a Dios siempre trabajamos, nunca robamos nada de la finca” explicó el joven.

Cuando los policías se fueron, llegó su marido y buscaron a Juan por el monte; como oscurecía, al no encontrarlo, creyeron que se había escapado y que se había ido a Vinara.

Visita nocturna

Esa misma jornada, pero a la noche, sujetos ingresaron a la vivienda de Marina y a la de sus suegros. “Ataron a la mayoría, y cuando me quisieron atar a mí, les dije que no porque tenía a mi bebé. Me decían: “colaborá, colaborá”, uno se quedó vigilándonos, y otros andaban por afuera. “Cuando me dijeron que me iban a llevar la moto, yo les pedí que no me la llevaran, y uno me tranquilizó diciéndome que después la iba a encontrar”. Y así fue: la llevaron y la encontraron tirada cerca de la zona. “Cuando abrían la puerta, veía un auto” recordó. “Quisieron hacer como que era un robo”.

Denuncia

“El lunes le avisé a mi mamá, que vino para aquí, y fui a denunciar a la policía. Uno de los efectivos que me atendió me dijo: “¿qué querés pobretona, seguro tu hermano debe andar robando por algún lado”. Y me dieron vueltas para tomarme la denuncia”.

En la vivienda de Cañada de Tala Pozo, Norma Molina, madre de Juan, siguió el camino por el que había corrido su hijo y encontró restos de ropa, un charco de sangre. “Agarré un poco con la mano, me la pasé por la boca y se me endureció la cara, ahí presentí y dije “a mi hijo lo mataron”. Tiempo después, en ese lugar, Norma levantaría un monumento con una cruz y una plaqueta. “El 24 de agosto mi hijo hubiera cumplido 30 años”.

“Dijeron que mi hijo estaba vivo, que andaba en Vinara, Tucumán, Buenos Aires; pero el siempre me llamaba para avisarme si venía o si se iba. Todavía sale en los padrones para votar; pero digan lo que digan, yo sé que a mi hijo lo mataron, lo descuartizaron y lo quemaron” terminó Norma.

Detenciones

Acusados por los supuestos delitos de allanamiento ilegal, violación de los deberes de funcionarios públicos, abuso de autoridad, encubrimiento y homicidio agravado, la justicia imputó (8) y detuvo a efectivos policiales (5) de brigada interna y guardia de prevención de la Seccional 40. Uno a uno, los acusados fueron liberados. Sus defensores argumentaron que “no hubo allanamiento ilegal porque no entraron al domicilio”, que “no hubo encubrimiento porque jamás escucharon decir a Romero que le haya pegado un balazo a Díaz, por lo que no se puede encubrir lo que no se sabe”. Aunque no están detenidos, los policías ya no trabajan en la fuerza de seguridad.

“Uno –Medina- estaba como chofer en el móvil; Cano nunca entró a mi casa, no voy a decir una cosa por otra; pero Roldán, Pretzel y Romero sí entraron. Romero hizo un disparo al aire, y después un disparo al fondo” señala Marina.

De acuerdo a datos publicados por El Liberal, Diario Panorama y La Columna, medios gráficos provinciales, Romero declaró en la justicia que “realizó un disparo al aire y que luego tropezó con un alambrado y, accidentalmente, realizó otro disparo pero que estaba a 60 metros de Díaz al que no atrapó, y no vio más”.

Marina denunció que habría sido Romero, con otros sujetos, quien se presentó en su casa esa noche. Pero, según La Columna, la defensa del acusado señaló que no encontraron restos de Díaz en su automóvil; que no lo señalaron en la primera ronda de reconocimiento; que nunca se encontró el cuerpo, y que no podía pasar más tiempo en la cárcel sin un juicio y sin una condena (cumplió los 4 años de prisión preventiva).

“La justicia comprobó que las vainas pertenecían al arma de un policía, y que la sangre encontrada en el lugar era de Díaz”. “El forense dijo que era mucha sangre, que no podría haber sobrevivido” recordó el esposo de Marina.

Presente

“Cuando mi hijo mayor escucha un disparo, tiene miedo, y mis hijos más chicos salen corriendo cuando ven a un milico” contó Marina. “Los policías están para cuidarnos, no para matarnos. Nos cansamos de hacer declaraciones, de ir a audiencias, a la justicia, y ahora están todos libres. No sé si no hay justicia porque somos pobres, o porque protegen a los policías”.

“Ese día nos arruinaron –siguió- hasta mis perros se pusieron raros y me mataron unas gallinas. Cada vez que se acerca el 24 de octubre, me descompagina todo. Era el hermano que más quería”.

En la actualidad, Marina, su esposo y sus 6 hijos, viven en una vivienda ubicada por el camino que está cerca del barrio “Los Galeano”. “Nos vinimos porque en Cañada de Tala Pozo no hay trabajo. Mi marido vende arena, mi hijo mayor trabaja de albañil, y yo cuido a los chicos”. “El hijo de mi hermano tiene 7 años y su mamá se volvió a juntar”.

Cañada de Tala Pozo

Como la familia Díaz-Brandan, la mayoría de los vecinos de esta localidad migraron a Las Termas, Mar del Plata, o Buenos Aires en busca de trabajo. Hasta la escuela de Galeano, el camino está enripiado y tiene un color rojo, en un momento se corta y se hace de tierra blanca. Luego de recorrer varios kilómetros por este sendero, doblando a la izquierda, se llega al lugar donde vivían Marina, su esposo y sus hijos. Allí quedó su cuñada, la única, o una de las pocas, habitante de este paraje.

Un matrimonio está sentado en la vereda de una vivienda; una niña bombea para obtener agua; cabras, chivos y cabritos pasean a su alrededor, y otros usan el interior de un horno de barro, donde antes se hacía carbón, como vivienda. Donde hay ladrillos desparramados estaba la vivienda de Marina, y a la par, el árbol de mora. Para el fondo estaba el primer alambrado, luego el segundo. Allí construyeron el monumento con la cruz y la plaqueta que tiene las letras gastadas, borrosas. Atrás del monumento, el monte: el primer y el último lugar que vio –o en el que se lo vio con vida- a Juan Díaz.

Parecidos pero diferentes 

El caso de Juan Díaz tiene muchas similitudes con el de Santiago Maldonado. Maldonado era un joven artesano de Buenos Aires que se encontraba trabajando en el sur de Argentina. Mientras apoyaba reclamos de mapuches en una ruta, se presentaron gendarmes que desalojaron el lugar y persiguieron a los manifestantes. Desde esa jornada, Santiago se encuentra desaparecido. En los dos casos, algunas personas dijeron que los desaparecidos podrían estar vivos en otros lugares; los acusaron de delitos –robar, apoyar a “subversivos”-, y aunque en el caso de Díaz hay imputados que están procesados por homicidio y la investigación se realizó con total libertad, en ninguno de los dos casos hay detenidos y permanecen desaparecidos.

Quizás por ser una familia humilde del interior del Departamento Río Hondo, provincia de Santiago del Estero, el caso de Díaz nunca tuvo trascendencia nacional o internacional. La familia del desaparecido, nunca contó con la contención y el asesoramiento de los organizamos municipales, provinciales o nacionales de Derechos Humanos, y hasta el momento no recibieron ninguna reparación por su “pérdida”. Pagaron de su propio bolsillo los distintos abogados que tuvieron y todos los trámites que realizaron.

Juicio

El juicio estaba previsto para el año pasado. Pero la defensa de uno de los policías habría recusado a un juez y se suspendió. Esperan que se fije una nueva fecha.

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