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Por Sebastián Barrionuevo Sapunar.

Ya para siempre agradeceré vivir.

Vengo Naciendo, Pablo Milanés

 

Junto con la estación que nos esperanza los pasos a partir del 21 de septiembre,  hay también una primavera perenne que es la de los nacimientos, que suceden minuto a minuto. Esta estación no depende tanto de la rotación o la traslación del planeta, sino más bien de quienes lo habitamos. Según algunas estadísticas, nacen aproximadamente 100 niños por minuto en el mundo.

El eterno Flaco Spinetta compuso “un niño nace”: las ciudades ya están cayendo y un niño nace/ los tallos siguen brotando y un niño nace/ las murallas ya están cediendo y un niño nace/  la canción transcurre, y ante las diferentes circunstancias que el poeta plantea, la respuesta implacable que se  propone es el nacimiento de un niño. Más allá de todo lo que pueda acontecer, esta esa verdad indómita ante la que Spinetta desvanece todo. Cualquiera puede cantar aquella canción vital y atrapar el instante de muchos nacimientos. Mientras escribo y re escribo estas líneas, andarán naciendo cientos por ahí y cada vez que este texto sea recorrido, un puñado de ellos estará empujándonos  al porvenir.

Cada vez que un niño nace, también nace una madre, nace un padre, nacen  tíos, nacen tías, nacen amigos, nacen amigas, nacen vecinos con él. Los recién nacidos están entretejiendo minuto a minuto múltiples ramificaciones de futuro y construyen expectativas nuevas en el interior de miles de personas que esperaban ansiosos por ellos. Con cada nacimiento ha de nacer un nuevo intento de nosotros por arroparlos mejor, por mimarlos mejor, por alimentarlos, por criarlos más. Cada nacimiento vuelve a preguntarnos con su primer llanto si vamos a ser capaces de cambiar este mundo inmundo y maravilloso. A pesar de las desigualdades y miserias que ostenta este jardín de gente que espera albergarlos, cada nacimiento es una posibilidad de decir otras palabras, de dibujar nuevos trazos, de subvertir  los  órdenes impuestos.

Cada vez que un nacimiento nos convoca hay un reverdecer, hay una primavera que se expande. Asomamos nuestras cabezas a una superficie nueva, como si hubiéramos estado meses zambullidos en el agua de un vientre del que nos habíamos olvidado. Lo integrantes de las familias se re construyen a partir de la mirada del recién nacido, quiero decir, para mirarse entre ellos miran primero al niño, luego se piensan o comparten. Los vínculos más cercanos, se vierten y desdibuján amorosamente frente al alumbramiento. Todos nos volvemos otros, en el afán de llamar la atención del bebe, hay una vuelta al origen, a lo esencial del juego.

Pienso todo esto, mientras andamos con Carolina, mi compañera, acunando el sueño de nuestra hija, Clara. Su reciente nacimiento fue un parto, un dolor compartido, un sentimiento hondo que nos ha colmado de felicidad plena.

Cuando pusieron en mis brazos a Clara pensé como mis padres me habrían sujetado, ¿cómo habrá sido mi nacimiento? ¿Cómo habrá sido aquella espera?  Me remonte al origen para  despabilar mi memoria, buscando  mi identidad.

No hay instrucciones para esperar un nacimiento, Cortazar hablo de los hijos como los pararayos de la hermosura, pero no se atrevió a dar instrucciones en su libro “Cronopios y Famas”. Pasa que un niño crece en las entrañas de una madre y se estalla en el corazón de todos los que lo estuvieron esperando, volviéndose futuro. Se trata de un sacudón, una conmoción  de la que nadie te puede prevenir, aunque te prevenga.

Visto así, el índice de natalidad mundial al igual que la primavera de septiembre es pura esperanza. Las palabras de comienzo y final le corresponden a ese padre cósmico de lo bueno que se llama Luis Alberto Spinetta, si tantos niños nacen:

¿Porqué entonces tanto miedo , y tanta huida en este mundo

es que nunca podrán entender?.

¿Porqué entonces tanto miedo , y tanta huida en este mundoes que nunca lo podrán saber?

 

 

 

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