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Por Soria y Obes

Canelo-Golovkin han demostrado muchas cosas deportiva y extradeportivamente, en un sentido plenario del término, similar a la convicción con que Oscar de la Hoya, promotor, reivindica las peleas de los medianos como los espectáculos más rentables del boxeo profesional.

Choque de civilizaciones
En primer lugar y una vez más, la presencia simbólica del Estado-Nación como piedra de toque para dividir las aguas. Sin la ilusio de la pertenencia nacional, conjurada a fuego por los propios protagonistas, el espectáculo pierde una hipótesis valiosa de la que pocos enfrentamientos han prescindido. No se trata de una construcción esmerada que retome hilos de las historias patrias en pugna, apenas los clichés de una identificación somera producida para una masa global dispersa en el planeta.
Camino al ring Golovkin lució una bata brillosa con los colores de la bandera de Kazajistán, en su caso un azul más fuerte y ecuménico del tipo del de Naciones Unidas, adornada con arabescos bizantinos en amarillo, propios del cristianismo oriental ruso. Nadie ignora que a partir del 2010 contrató a Abel Sánchez, el entrenador mexicano responsable en la esquina de engarzar la efectividad y temperamento del kajano en una línea ofensiva propia de la mejor tradición mexicana. Golovkin prefiere responder en inglés para entrenarse en la lengua de los promotores y admite no haber alcanzado los niveles de popularidad de Pacquiao o Mayweather en sus países y en el mundo para compararse.
Las marcas nacionales utilizadas son las preferidas a la hora de construir antagonismos, en estos casos se resignifican los chauvinismos para resignificar la tensión dramática de unas piezas viejas como los Estado Nación, ahora al servicio de un choque de civilizaciones virtual. Canelo se acompaña con “México lindo y querido”, de Jorge Negrete, enfundado en un poncho rojo que bien representa una prenda autóctona con el color de la sangre de la bandera nacional y porqué no una explicación taxativa de su mismo alias: “Canelo”.
Golovkin y Canelo representan con hipérbole estos cuños patrios con todas las fisuras y contradicciones de una narrativa de la cual son sus transportes rápidos y sus vías dispersas por una red sin identidad ni folklore. Los ganchos del boxeo trabados al lenguaje del himno y la bandera, las sombras estereotipadas de una religión política que todavía convoca a la suspensión de la incredulidad como lo pedía el poeta Samuel Coleridge.

Un empate teórico
Los brazos del Canelo infunden más poder, sus muñecas son más anchas, su cuello rocoso y su estampa retacona traen a la cabeza a Mike Tayson, un Tayson colorado con cara aniñada, sin ferocidad -el estereotipo de un joven bañista californiano que puede impresionar frunciendo bíceps y linkeándonos sus KO más electrizantes.
GGG, como se conoce deportiva y comercialmente al kajano, es un felino incisivo, pocas veces agazapado, más elongado que moloso, ofreciéndose al combate franco con más cautelas de las que se tomaba Julio César Chávez para demoler a sus rivales.
Ambos son competidores ideales, certificados personalizados de carreras rudas hechas en pueblos secundarios, con infancias humildes y hermanos mayores solidarios, capaces de entregar la posta -un par de guantes en el caso de Rigoberto, y el empujón y azuzamiento que los finados Sergey y Vadim dieron al pequeño Gennady- para una diversión razonable con los vástagos que lucen condiciones imposibles de ponderar en los suburbios de la periferia. Y en la infancia.
Ronda la mitad de la pelea donde ninguno de los hombres se ha impuesto de manera notable, aunque es Golovkin con su jab de izquierda quien metrallea la cabeza roja de Samuel Álvarez, cuando el comentarista sin medir distancia disculpa las acciones en nombre del estudio, de esa ronda alerta y divagante propia de los primeros rounds, que para el caso que comenta es un tiempo demasiado ancho si no es que lleva la regla del recelo de dos noqueadores frente a frente.
El Canelo finalmente encuentra el ritmo de pelea dos pasos atrás del retador, en reversa y al ritmo del ataque contrario y con cierto confort en las cuerdas. Contadas veces se “para de manos” en el centro o en otros locus que no sean las cuerdas del ring. Estos arrebatos compuestos de directos de derecha y uppercut, cuando la distancia lo permite, hacen las delicias del público, que cinchan para que la providencia arranque una mano decisiva.
La espalda hamacándose en los flejes, otras veces tensa en el impasse de un cuerpo a cubierto en un límite elástico, y otro cuerpo (Golovkin) midiendo el rebote, afinando la puntería para no perderse en el vacío y sufrir un contragolpe del lado ciego. Nos sumergimos varias veces en estos pasajes como a esas pistas de los policiales que nos facilitan las llaves para resolver el entuerto.
Estuvo bien el empate.

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