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Por Nina de Castilla

El embarazo de Nina la empuja hacia adelante con todo el peso de los meses. Los compromisos impostergables se interponen a sus ganas de reposar sola, lejos de cualquier rastro de humanidad. Este relato contiene varios condimentos. El que más resalta es el humor. Pero hay más, en sus palabras se construye, sencillamente, el hastío y el pesar de la tarea de cargar un hijo y dar a luz.

Domingo especial. Manejamos una hora en medio de una tormenta de tierra y viento, casi un huracán, pero sin las destructivas consecuencias del que porta nombre femenino y acosa sin piedad las costas del norte. Una niña que duerme y una panzona que no logra acomodarse en el asiento acolchado del auto, son las acompañantes del amigo de un grupo de ancianos.

Viajamos a comer, seguros de que los cocineros podrán brindarnos un almuerzo glorioso, que solo pueden darlo los que portan años de experiencia en el rubro culinario. Llegamos, tocamos la puerta, salen a recibirnos sus amigos mayores. Tratamos de saludarnos, pero algo sale mal, abrazo al primero y conocido amigo del conductor, que me recibe contento y por momentos melancólico por la reciente partida de su compañera de vida. No sé como reaccionar, se olvida que vinimos a festejar el próximo nacimiento e insiste en su diatriba, sin darse cuenta del volumen que porto. Al hombre que lo acompaña no lo conozco, pero me abraza con cariño y me felicita por la panza. Su compañera me toca con ganas, no entiendo el porqué, supongo que es un gesto de gente mayor y me dejo toquetear y besar insistente.

La mujer mayor que nos acompaña en el viaje, les informa que todo le cae mal, que no puede comer dulce pero quiere helado, que tiene que tomar medicamentos, etc. De golpe, las palabras magica: “me duele”. Y como si fuera el disparo que ordena la largada, la caterva de ancianos comienza a enumerar de a uno todos los males que aquejan sus vidas, olvidándose del viento y el frío que azotan las calles, haciendo tambalear su débil existencia.

El cerdo está listo. “¡A comer!” El cotolengo acompasado se agarra de todas las paredes, personas, y hasta de mis cabellos, de lo que sea para llegar presurosos. Parece que ni las dificultades motrices, ni la escasa dentadura, apaciguan el apetito que los moviliza.

Todos sentados, la mesa está servida, pero la charla no logra fluir, algo la interrumpe y la bloquea, no salen las palabras, las conversaciones no son coherentes, no se entiende nada y los más jóvenes no sabemos cómo actuar. Hablo siempre y mucho, lo que sea: me río, pregunto, no hay peor cosa que un almuerzo en silencio pero no podemos, no puedo, me pongo nerviosa. No solo tengo que portar toda mi humanidad, sino que también debo esforzarme por lograr amenizar la mesa

¿Para qué lo hago? Es un hábito molesto que tengo. Tampoco sé por qué no me lo dicen: ¡cállate hermana! Agotados mis recursos, me llamo a silencio, pero al poco tiempo hago un nuevo intento, ofrezco servir bebida, alabo la comida, contesto a la pregunta recurrente de “¿cuántos años tiene la nena?” Pero nada permite desarrollar una conversación continua. Resignada, nuevamente me callo y luego, absorta en mi frustracion, pregunto por última vez quién quiere gaseosa. Una de las concurrentes, tanteando un vaso, me pide que le sirva. Mi cara evidentemente expresa algo, porque su compañero me mira y me dice “es casi ciega y hace poco tuvo un acv”. Mi asombro es notorio, le contesto, confidente, que no había problema, que yo me acercaba. Al ver que no había respuesta, su compañera me anuncia: “está casi sordo, no te escucha”. Ahogo una risa, la niña me mira acongojada y me dice “ma, ¿y ahora cómo hacemos?”

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