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Por Ignacio Ratier

Las estudiantinas removieron el suelo, otra vez los jóvenes quedaron en el centro del debate tras polémicas tapas y noticias que pintaron un panorama woodstockiano en la provincia: son miles los jóvenes alcoholizados en las fiestas de la primavera. Marihuana y convulsiones, clausuras de boliches y fotografías impactantes. En Buenos Aires, donde dios atiende, las tomas de colegios hicieron lo propio ante la irrisoria propuesta de dedicar el 50% de las horas de clases del último año del secundario a trabajar de manera gratuita en empresas, entre otras maravillas que el futurismo zonzo propuso a través de un power point público. A Ofelia la trataron de “chiquita”, cuando a un grupo de panelistas se les pinchó la piñata.

¿De dónde viene el frenesí por culpar a los jóvenes? ¿Cómo los ha tratado la historia? ¿Siempre ha sido así?

Pues hay que decir que la juventud, como categoría social, no ha existido desde siempre. Durante buena parte de la historia en diferentes sociedades el paso de la niñez a la adultez se producía sin mediaciones. En ese sentido, el surgimiento de los “jóvenes” se remonta al comienzo de la modernidad y se traza en paralelo a un conjunto de cambios culturales, económicos y políticos que alteraron y dieron una nueva fisonomía al orden social. En ese marco, junto a la necesidad de formar hombres competentes para la producción y reproducción social, se institucionaliza a la escuela como órgano social de formación y preparación, lo cual trae como consecuencia la emergencia de dicha categoría.

Se supone, entonces, que el joven es un sujeto en preparación, alguien que debe integrar algunos espacios estratégicos de socialización -como la escuela- para formarse con determinados valores y adquirir determinadas competencias que harán de él alguien “funcional a la sociedad”. Esta idea subyace en las posturas más conservadoras de quienes opinan, alarmados, que un adolescente alcoholizado o un estudiante tomando un colegio son la prueba cabal de un desvío que exige, de manera inmediata, un retorno a antiguos valores que garantizarían el desarrollo correcto del país, la provincia o la familia. Algunos los compararon con el Pata Medina y hasta pidieron sangre.

Ahora bien, sucede que vivimos al ritmo de la música del momento, de las series y películas con más audiencias y de los temas preponderantes de la agenda pública. En definitiva, atascados en el presente. Así es como tópicos de vital relevancia, discutidos con vehemencia, sin ser resueltos, dejan de ser mencionados en los medios y, por ende, disminuyen su frecuencia de aparición en la conversación diaria. ¿Cuánto se habla de la deuda pública, del estado energético del país, de los juicios por crímenes de lesa humanidad o del blanqueo de capitales por parte de familiares del presidente? Hace meses, semanas o días, estos temas eran tendencia en las redes sociales o figuraban en las primeras planas. Por eso es importante aprovechar los momentos de centralidad para producir abordajes serios que se sostengan en la medida que los problemas mantengan vigencia. En otras palabras, no hay que dejarla pasar.

En Santiago del Estero, las fiestas, la juventud y los excesos, son el pan nuestro de cada día en la prensa. El clima de conflicto vivido a partir de la división política y social post 2007 no tuvo un correlato lineal en la construcción de realidad de nuestra provincia. Los medios tradicionales, muchas veces mimetizados con el relato oficial, diseñaron una agenda rellenada con inauguraciones de obras, declaraciones esperanzadoras de los gobernantes y pax social. Pero con alguien siempre se antagoniza. Prescindir de un enemigo es innegociable y la juventud cayó en la volteada.

Se intenta, deliberadamente, reducir al joven a una sola expresión: la del individuo sin límites. Como si las generalizaciones y las simplificaciones alguna vez hubiesen reparado algo.

Sin embargo, no es cuestión de hacer como que no pasa nada. Negar los problemas sólo conduce a la amplificación de otras voces, las de los que no niegan y quieren construir representaciones con base en la expresión del drama en cuestión. El riesgo del juego fue señalado por José Natanson en aquel artículo cuestionado desde todos los rincones de la abadía política. Si no hablamos de la inseguridad, del narcotráfico, por nombrar algunos ejemplos concretos en los que los jóvenes son víctimas y no causantes, entonces es probable que quienes sí lo hacen produzcan identificaciones con quienes consideran prioritario el tema, no siempre acompañando con soluciones o propuestas alentadoras. En este sentido, la inseguridad y la venta de drogas constituyen problemas sociales y políticos, y hacer oídos sordos no ayuda en absolutamente nada.

Sin embargo, a todas luces, ese antagonismo social que incluye en su repertorio criminalización, estigmatización y demonización, profundiza el mal en lugar de crear las condiciones para mejorar las cosas.

La emergencia de los medios digitales trajo otros matices al espacio público de la comunicación, que le aportan otras brochas, colores y tonalidades a lo habitual. Particularmente, en Santiago del Estero, el oficialismo opositor de Última hora o Visión Santiago puso en circulación un denuncismo desaforado y sin pelos en la lengua. No obstante, pese al aporte a la diversidad en la oferta comunicativa que efectúan, lejos están de ser medios que contribuyan al uso de otras perspectivas en la construcción y el tratamiento de las noticias. Diría que, por sus formas, significan un retroceso en esos términos.

¿Qué es lo realmente jodido de todo esto? Encontrar un ápice de coherencia en afirmaciones tales como los jóvenes percuden la sociedad, ellos son el problema. Ni más ni menos. Ir en contra de la lógica para saciar la sed de nuestros prejuicios no representa novedad alguna, pero, una vez más, es importante recordar que cada generación recibe los lastres históricos de las generaciones precedentes: todos tenemos nuestras pesadas herencias. El sistema educativo tiene graves problemas, el narcotráfico crece y la violencia continuará creciendo en la medida que las brechas sociales se sigan ensanchando. Por eso, negar es alimentar la posibilidad de que posiciones reaccionarias ganen credibilidad.

Los temas incómodos, los tabúes del progresismo, deben formar parte de nuestra agenda. Debemos pensar en las experiencias exitosas en la solución de los problemas que vivimos, en las características específicas de nuestros casos, analizar datos, estadísticas y números sin olvidar que las personas somos mucho más que eso y, principalmente, debemos estar abiertos a escuchar y dar el debate: tenemos un horizonte, la igualdad, pero no hay certezas ni caminos únicos para llegar a ella sin que eso signifique recurrir al autoritarismo. No se trata de idealizar a la juventud ni sus modos de expresarse, sino de evitar construir el enemigo en torno a esta categoría y menos negar su estatus político. Por el momento nuestra principal garantía, no la única, son los pibes comprometidos socialmente con estos horizontes, esos jovencitos que alzan la voz y pretenden hacerse escuchar: la oposición más genuina al conservadurismo social.

 

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