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Por Julia Gómez Omil

Llega el domingo y es hora de partir, luego de un par de porrones con amigos en el bar y un “nos vemos chicos” (evitando el “me voy”, para no lagrimear) voy a terminar la valija. Unos días después me encuentro en el inmenso e interminable Aeropuerto de Barajas, en Madrid. Correr como loca sin saber para dónde, es algo que no recomiendo, y eso que hasta ahí, los carteles eran en español. No me quedó otra que hacer la típica argentina y pegarme a un chico que iba a París. Tuve suerte, él tenia tarjeta Vip, así que en la espera para el próximo avión, aproveché para tomar café y hojear el “New York times” y “Le monde”, esos diarios que vemos en las pelis. Después de unas horas de vuelo llegamos al famoso “París”. 

 

-“Aquí se retiran las valijas, ¿a dónde vas?, ¿qué tren tomas?”

-“No sé, me vienen a buscar…”

-“¿Tienes el teléfono?”

-“La verdad que no y no tengo batería. Incluso no agendé el teléfono, le escribí por facebook”

-“¿Y tienes la dirección a donde vas?”

-“No, pero seguro me busca…”

 

Y ahí me di cuenta de lo colgado y confianzudo que puede ser un santiagueño. Un minuto mas tarde veo que él estaba ahí, esperándome, con una caja de chocolates y el típico cartelito de bienvenida. (Por suerte me fue a buscar, porque no entendía mucho el francés y menos la maquinita para comprar boletos de colectivo).

Primer día en París

Él me había regalado entradas para que vayamos juntos a La Opera Bastille, sí, él; mi novio francés, que por la dificultad de pronunciar su nombre fue bautizado Froilán. Decidí dormir mi siesta, salí de paseo, y llegué al departamento supuestamente dos horas antes de ir al teatro para producirme. Pero Froilán, haciéndole homenaje a su apodo, estaba furioso como indio que no puede galopar su caballo. Yo, sin entender, estaba demasiado tranquila. Y ahí me di cuenta otra vez de lo colgada… faltaba solo media hora para que empiece la función (y realmente estábamos lejos); entre mi celular sin batería, ni rooming international, y que no había puesto bien la hora del reloj, el cálculo matemático no había funcionado. Dije: corramos, aunque me costo convencerlo de que llegaríamos, “aunque sea tarde, llegamos”. Yo, traspirada, de jeans, zapatillas, y todo el mundo punta en blanco. Las parisinas con sus taco aguja, carteras louis vouitton, una copa de champagne en el receso; y yo sacudiéndome las zapatillas de la tierra de todo el viaje. Y aunque fui una bestia, en vez de la bella, disfruté el ballet de la bayadera.

Dos semanas después

La primera frustración. No manejaba bien el idioma. Por más que había estudiado un año entero, quedaba rara tirando besos, haciendo la U, y no saber qué decir. Cuando me tocaba hacer la R me ahogaba con las gárgaras. En fin, dije, “primero voy a juntarme solo con franceses para mejorar”.

Primera Navidad y Año Nuevo francés

Navidad familiar, eso no es tan diferente, comer y tomar hasta explotar: eso TAMPOCO cambia; lo raro es empezar a las 7 de la noche, (cuando en Santiago a esa hora estamos con los mates, untando la mayonesa en el pan de miga). El “ritual” de la comida, una entrada fría: el famoso y cheto “Foie Gras”, que menos cheto queda en su traducción: “hígado graso”. Entrada caliente: “le soup d’Homard”, que en ese entonces yo pensaba que homard era un chef y que hacía pescado naranja. Finalmente me enteré que era la sopita de langosta de mar, que mejor ni googlear su preparación. Llegamos al primer plato caliente: el hijito del pato Donald rostizado, luego algunas cosas más que no me acuerdo, los famosos quesos (recomendable comer tapándose la nariz), y de postre algo no muy diferente a un pionono de helado, (sí, helado, con 0 grados afuera). Llegó la medianoche, ya es 25 y es hora de abrir los regalos, pero no, aquí hay que dormir y abrirlos al otro día (para los niños es toda una tortura).

El año nuevo no es familiar, se pasa con amigos. Se sale de fiesta y se toma mucho vino.

Dos meses después

Ya no soportaba el “me voy a relacionar solo con franceses”, contacté unas salteñas para juntarme a estudiar el examen de francés entre mates y bizcochuelo. Hacíamos el típico desayuno argentino, motivadas, entre historias de amores y desamores. Estudiábamos francés. En ese entonces estaba enamorada de París, la torre Eiffel, Notre dame, versalles, el Louvre, los parques, y tantos lugares bonitos. Todo un cuento de hadas.

Al pasear por París, aunque te pasen la maquinita detectora para control de carteras, era lindo descubrir cada rinconcito bonito. A veces encontraba un ”clochard” (vagabundo) y me sentía H. Oliviera, o a veces la Maga de Rayuela.

Cuatro meses después

Síndrome de abstinencia de dulce de leche y asado, y quizás una buena milanesa, y crisis cuando se me terminó el paquete de kilo de yerba. La misión de encontrar un mercadito latino fue exitosa, y mi dosis satisfecha. Sólo el asado, un lujo comer esto en París: te sirven un pedacito de vacío, un chorizo y una morcilla, por 100 monedas de oro.

Medio año en París (con muchas preguntas)

En ese entonces todavía no entendía, ¿por qué las mujeres solo se visten de negro, blanco o gris?, ¿por qué todo el mundo corre para subir a un tren, subte o colectivo?, ¿por qué andan con termos de café y un baguette?, ¿por qué salen como hormigas a sentarse en el pasto cuando hay un rayito de sol?, ¿por qué se ven personas de traje en monopatín por la calle?, ¿y por qué se sientan en las mesitas hiper chiquitas de las veredas de las confiterías a tomar un expreso y fumar un pucho, mientras adentro tienen mas lugar?.

Casi un año después

Entré a la universidad chocha de encontrar nuevos amigos, lo primero que se me ocurrió: “¡¡sííí, vida de estudiante!!, estudiar toda la semana, salir de clase por una cerveza, fiesta los findes, y no, no, no. Aunque era la más grande, mis compañeros vivían con la cabeza en los apuntes. Salir del curso: estudiar. Finde: estudiar. Y mientras se almuerza el típico sandwich de estudiante: estudiar. No sé si será por evolución del sistema o qué, pero yo parecía de la época de los picapiedras, caí con zapas y jeans, mi hojita A4 (de esas que se arrugan con solo respirar de tan berreta) y una lapicera (regalada, con la publicidad de una marca) a tomar los apuntes de la clase, mientras mis compañeros (en ese entonces, para mí, extraterrestres), estaban conectados con su mini computadorita, en otra mano su smartphone, un súper grabador. Al salir de clase se ponían sus súper auriculares, de esos que cubren toda la cabeza. Pero a pesar de que era el mundo del revés, conocí gente copada, claro, siempre juntándome con los vagos del fondo y algún que otro extranjero. También aprendí a llegar 15 minutos antes de la clase, y que la puntualidad es algo muy importante, de ahí que hay que correr en el metro, subte, o utilizar, por ejemplo, un monopatín.

Un año y tres meses

El metro/subte huele a pis, ando corriendo y tengo que pasar mis exámenes: 9 exámenes en una semana, 1 hora 30 cada uno, y 2 por día. Entrenamiento rompecoco militar. Y como es normal en Argentina, ocupando todos los recursos estudiantiles, fui a recuperatorio. Eso, para los franceses, es un “retroceso”.

Febrero del 2017 (vida social)

1-“Voy a invitar a los changos a tomar un porrón a casa si es que no caen antes a tocar el timbre”. Y no…. aquí hay que planificar con tres semanas de anticipación, lanzar un test con múltiple opción por internet, encontrar la mejor fecha, y recién coordinar para un “Apero”, que es lo mismo que tomar y comer comida de cumpleañito: papitas y palitos a las 7 de la tarde, con vino o cerveza, o sino el típico pan con queso.

2– “Voy a caerle por unos mates a una amiga porque tengo ganas de hablar”. Y no… sin planificación no hay juntada. Hay que hacer una hora en tren y hasta eso se te pasa el bajón, y también a los franceses les parece amargo tanto el mate como el fernet.

3- Nadie usa whatsapp. O se llaman, o se escriben mensajes, no existe el abrazo (ese abrazo que te hace explotar las costillas cuando quieres a un amigo), pero siempre se saludan con dos besos, uno de cada lado, y si es alguien que impone jerarquía siempre el apretón de mano, sin importar que seas mujer.

Casi dos años

Me levanto bien temprano, tomo mi desayuno: cereales con leche, una fruta y un café, me pongo una pollera básica en tonos tranquis, zapatitos sin plataforma (aquí no se usan) y corro a tomar el metro, ¡ah!, antes me preparo el termito de café (ya había tenido la experiencia de llevarme el mate y que la profesora de toxicología me mire raro pensando que estoy consumiendo droga). Una vez en la facu saco mi pc, tomo nota, almuerzo con mis compañeras, trato de sacarles conversación con tirabuzón, vuelvo, hago mi danza o mi deporte, una serie o una peli, y a la cama para empezar el otro día. Sí, claro, no hay siesta, no hay porrón en medio de la semana, ni lomito a las 12 de la noche. Pero paso unos días más organizados, y cuando se puede: dosis de argentinos en París. Desde que estoy ya tengo varios planes de asado (tengo parrilla portátil), un día del amigo (aquí no existe ese día) y varias mateadas en el parque. Entonces, con los argentos por todo el mundo, siempre se puede vivir en otro país, a pesar del choque de culturas.

 

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