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Por Soria y Obes

La tórrida siesta recibe el eco de parlantes viejos que parecen salir de chatas desvencijadas ofertando frutas y verduras. Ofertando carbón en bolsa y en bolsitas de 3 kilos. Ofertando plata contante y sonante a cambio de baterías, teles, lavarropas, estufas, licuadoras, calefones. Una voz metálica prometiendo a los vecinos el comercio cómodo a sus pies; la vía rápida para apagar las penurias del estómago y cambiar el stock de metales ociosos por otro más ligero y práctico: la guita.

No se ve en todo el horizonte, bastante sesgado por la ubicación oriental de los ojos protegiéndose de la resolana, la silueta de una chata. Ni los oídos rastrean en la dirección en la que suponían el latoso pregoneo. Las ansiedades, sincronizadas por una voz íntima, definida entre la necesidad y el chisme, han sacado a la vereda a los vecinos, que miran sin ver y sin dirigirse la palabra como un rumor común que aún resuena desvaído al estilo de una grabación vieja, cuelga en sus mentes de manera débil.

Nadie entra por aquella superstición de quedar afuera del acontecimiento, de que si el río suena -en este caso un rumor, un divulgador de promociones que nadie escucha de manera clara y definitiva- es porque agua trae -o que tras el velo de las insinuaciones alcancen la claridad del fluído -del que algo sospechan.

Se distraen allí hamacándose en las caderas las más gruesas, apartándose con un pucho en la boca los jefes de familia, y los changuitos que salen en todas direcciones y se enredan en el delirio de la siesta, enturbian apenas la perplejidad de la espera.
La bulla de motor toma por la espalda a los vecinos, los chicos cesan las corridas y se suben a la tapia, a los árboles, los más grandes trepan a los techos y se ubican del lado más alto de la mampostería; el ruido es de un motor ruinoso que todavía está lejos, un ruido familiar y desconcertante a la vez que ha puesto a la familia boca abierta, dada vuelta literalmente y mirando al cielo, buscando afanosamente con todos los sentidos el chasis de la avioneta, el dibujo de sus alas, y cuando esté más abajo el canto de esos parlantes que es el motivo del desvelo vecinal.

El animal lento va cruzando el cielo, nítido y ruinoso como lo conocían; en el silencio natural de la siesta va soltando “Cruzada Santiagueña” y los mayores sonríen con la mueca de un recuerdo que está lejos y no alcanzarán. Los chicos van bajando de a uno de los sitiales más altos del predio, desilusionados porque aquella no era la avioneta del circo.

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