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Por Adrián Bonilla

Abelardo Castillo dijo alguna vez que “un artista es un hombre que se mete lúcidamente en su infierno personal y regresa de allí”. Por supuesto que él sacó su boleto de regreso a último momento y así dejó atrás su etílico padecimiento. Y si hablamos de regresos, estamos de enhorabuena porque la reedición de Falconer y Esto parece el paraíso, dos excelentes novelas que ilustran sintéticamente las obsesiones existenciales del desaparecido y un tanto olvidado escritor norteamericano John Cheever, dan cuenta de ese viaje.

Se trata de sus dos últimas novelas, la primera, publicada en 1977, la segunda, poco antes de su muerte, en 1982. Atormentado por su adicción al alcohol, las pastillas y su bisexualidad, Cheever utilizó la literatura como instrumento de autoconocimiento. En sus Diarios escribe: “No poseemos más conciencia que la literatura… la literatura ha sido la salvación de los condenados, ha inspirado y guiado a los amantes, vencido la desesperación, y tal vez en este caso pueda salvar al mundo”. A pesar de que Cheever es más conocido por sus cuentos —publicados en su mayoría por la revista The New Yorker— que, por sus novelas, es justamente en ellas donde mejor percibimos ese ir y venir del que nos habla Abelardo Castillo.

En Falconer, Cheever narra la historia de Farragut, un cuarentón cocainómano y fratricida condenado a diez años de reclusión en Falconer, prisión de máxima seguridad. Su estadía en ese lecho de rosas hará que el personaje vea resquebrajarse hasta el más apuntalado de sus valores. No sentirá remordimiento alguno al descubrir y aceptar los placeres carnales que le proporciona otro interno que, como él (alter ego Cheeveriano), también ve hechas cenizas sus más encorsetadas certezas. Farragut añora, y esa añoranza se convierte en el territorio de todo lo que ha perdido: ya no se acuesta con su esposa, que aún ama; ya no juega con su pequeño hijo; ya no se siente amado, si es que alguna vez lo fue. Sus recuerdos —buenos y malos— se convierten en maquinaria para el autoflagelo. La voz de su esposa pesa más que todo el hormigón de la prisión: “Creía que mi vida era ciento por ciento frustración, pero cuando mataste a tu hermano comprendí que había subestimado mis problemas”.     

En las trivialidades de la gente, en sus gestos, sus palabras, Farragut ve “los signos del confinamiento que ellos padecían, pero había cierta naturalidad, cierta despreocupación de su propio encarcelamiento, algo de lo cual él, que los observaba entre los barrotes, carecía cruelmente”. Esta reflexión casi asfixiante será el motor de su esperanza y de su anhelada redención. Finalmente, Farragut escapa del encierro carcelario —¿e interior? — y de sus horrores. “Regocíjate pensó, regocíjate”, leemos en la última línea de la novela, y en ella el incipiente retorno.

Como en una carrera de postas, en Esto parece el paraíso, Lemuel Sears —un hombre elegante, de pelo blanco y piel morena que empieza a sentirse viejo— relevará al exhausto Farragut en la búsqueda del idilio perdido. También Cheever había emprendido el regreso. Alejado ya de sus adicciones y de su desordenada vida sexual (condición que su esposa soportó con estoicidad hasta el final), escribe su última novela; además de afrontar la agonía de un cáncer que lo consume.

En Esto parece el paraíso, el autor hace un ajuste de cuentas con el mundo y con su propia existencia. Especie de coda para una vida truculenta y disoluta, pero que en su crepúsculo “ilumina tanto como un amanecer”, apunta Rodrigo Fresán en el epílogo del libro. La obra transita a mitad de camino entre la ficción y el ensayo. El miedo al paso del tiempo, la capacidad de amar y, sobre todo, la búsqueda de la felicidad son los temas medulares por los que recorre la narración. No es una novela que evoca con nostalgia el desarraigo de esa tierra media que es la juventud, sino una oda al presente y una celebración de la madurez enfrentada al futuro. Lemuel Sears se enamora de una mujer mucho más joven que él, y en el acto de enamorarse aflora el miedo, pero también el regocijo. El placer que nos depara la lectura del libro se plasma con sencillez en su primera frase: “Esta es una historia para leer en la cama, en una casa antigua, una noche de lluvia”.

Poco antes de su muerte, Cheever escribió un relato titulado Las joyas de los Cabot, donde su narrador apunta: “Ahora mi verdadero trabajo consiste en escribir una edición de The New York Times que traiga alegría a los corazones de los hombres. ¿Acaso podría imaginar una ocupación mejor?”

Regocijémonos, Cheever ha regresado.

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