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Por Marcelo Argañaraz

Domingo. Si hay algo que tiene mala prensa en las grandes ciudades es el domingo. En especial sus tardes, que anteceden a lo que llaman “las noches más solitarias de la semana”. Incluso se habla de oscuras estadísticas referentes a los suicidios y otras cosas más, todas ligadas a la tristeza que parece tener por naturaleza ese día que cierra la semana. Pero Santiago del Estero hizo su gambeta cultural y unió al domingo con lo tradicional; con los almuerzos en familia, empanadas, locro y vino, las sobremesas con guitarreadas, las tardes en el río.

Ese domingo me llegó un mensaje de texto de mi jefe de redacción. Como sabía que mi casa está a poco más de diez cuadras del Penal de Varones, fui su elegido para comprobar la veracidad de un trascendido que había comenzado a circular entre los trabajadores de prensa esa tarde: “Llegate por el penal. Parece que hay motín”.

Tarde del domingo del  4 de noviembre de 2007. Nada de lo que venía pasando en ese tradicional día santiagueño me hizo imaginar que lo que sucedería cambiaría la vida de muchos de nosotros para siempre.

 

Domingo

Faltando poco más de una cuadra para llegar al Penal de Varones Nº 1, ubicado en Alsina 850, pude ver a un grupo numeroso de personas agolparse frente al portón principal del edificio. Eran familiares de los reclusos, mayormente mujeres (madres, esposas, hermanas), dando muestra de nerviosismo creciente porque hasta ese momento no se sabía nada de lo que pasaba adentro. El domingo es día de visita en el Penal. Las primeras versiones que tomaron la calle hablaban de un conflicto relacionado con ese derecho que tienen los internos. Los presentes decían que algo había pasado temprano que desencadenó el corte del horario de visita antes de tiempo (versiones cruzadas hablan de la presencia de una “paloma”, pequeño paquete que se lanza desde afuera del penal donde suele hacerse ingresar drogas ilegales). Esta decisión fue tan intempestiva y sin ningún tipo de explicación a internos y sus visitantes, que fue la gota que rebalsó un vaso que estaba al borde desde hace tiempo.

Un informe de un grupo de estudiantes de Sociología de la UNSE publicado en Indymedia dos días después, decía: “… Advertimos y nos llamó a la consideración la cuestión de las faltas disciplinarias, en la que observamos que desde el Consejo Correccional del Penal de Varones trataron en el 2004 sólo dos sanciones, en el año 2005 aumentó a treinta y siete y de acuerdo a los datos del primer semestre del año 2006 se sancionaron a cuarenta y cuatro internos. Esto nos hacía pensar en una oculta lucha que estaba absolutamente instalada entre penitenciarios e internos y que podría desembocar en una revuelta carcelaria”.

Los familiares se quejaban de las requisas que les hacían en las visitas, el elevado grado de maltrato en muchos casos por parte de los guardiacárceles. También, ese mismo informe recuerda un episodio sucedido un año antes de la masacre, cuando “un interno se trepó a una antena de una empresa telefónica para hacer escuchar sus quejas”. Además citaba el episodio ocurrido el 23 de septiembre del 2006, cuando “se logró frustrar el intento de fuga de siete internos”.  

La versión oficial decía que se trató de un intento de fuga encabezado por el más cinematográfico de los presos, el tucumano Luis “El Rey de la Fuga” Nardotti, un conocido delincuente más famoso por su vocación escapista que por efectividad criminal. Nardotti aprovechaba los horarios de visita para disfrazarse de mujer o de anciano y darse a la fuga.

La noche oscurecía los alrededores de la cárcel. Algunos periodistas decían que todo estaba controlado ya. Otros, los más experimentados, parecían oler la tensa calma que llegaba con el fin del domingo. “Esto recién empieza”.

Lunes

No pude dormir bien esa noche. Sería la primera de varias noches de insomnio de ese noviembre del 2007. Desde la redacción se coordinó que algunos volviéramos al penal con la objetivo de registrar todo. Yo tenía la tarea de redactar la nota para el semanario Notiexpress, así que me fui con una cámara fotográfica y mi grabador a cassette. El celular todavía servía para hacer llamadas principalmente así que la cámara era lo más importante para mí ese día.

Al llegar reconozco a un grupo de mujeres apostadas en la esquina de Alsina y Santa Fe que era donde estaba el vallado más cercano al ingreso del Penal. Eran Gladys Sosa y su hija Silvia, emblemas de la Asociación Civil Madres Unidas del Pacará. Las conocía hacía un par de años tras un trabajo en terreno para una capacitación en Derechos Humanos donde tomamos como eje el trabajo de estas madres que en esos primero años del nuevo siglo aun no era tan conocido. Gladys quería saber que pasaba con su sobrino Claudio Alfredo Corvalán, a quien todos conocían por su apodo de Congo.  Su historia es impactante. Nacido en el barrio Pacará, Congo fue víctima de la violencia institucional constantemente. Todo lo que rodeaba a su detención y posterior alojamiento en el penal, estaba teñido de irregularidad. Silvia contaba que Congo ni siquiera tenía documento de identidad: “cuando fundamos la asociación era para poder defender a nuestros hijos de la violencia institucional, chicos estigmatizados por el sólo hecho de ser pobres y de pertenecer a este barrio. Viven la constante persecución sin orden de juez competente, el allanamiento de las viviendas sin el respeto mínimo a las garantías constitucionales, constantes provocaciones y amenazas policiales”. Para los más chicos del barrio, Congo era un ídolo. Cuentan historias en donde Congo repartía cosas con los más necesitados del barrio, aun cuando esto fuera fruto del robo.

Las peores noticias no se hicieron esperar. Durante la noche un incendio en uno de los pabellones había provocado la muerte de varios internos. Quedaba saber cuántos, quiénes y cómo pasó. Una “paloma” que había salido desde adentro de la cárcel contenía un papel con el listado de los guardias que eran acusados de ser los que históricamente maltrataban a los presos y que eran responsables de su muerte en este violento hecho.

Los muertos eran llevados a la morgue y así ahí se fueron Gladys y otras madres del Pacará. Congo no era el único del barrio que estaba en la lista más temida. El calor de noviembre era inclemente y todos los familiares que se llegaron al edificio ubicado en la parte trasera del Hospital Independencia, se refugiaban en las pocas sombras que había en las cercanías. Cerca del mediodía llegaron camionetas cargadas con féretros en sus cajas. Los familiares reaccionaron con indignación al ver la calidad de los mismos, hechos con una madera que se desarmaba en el traqueteo del viaje. Los fueron apilando en una pared del patio interno de la morgue, generando una imagen que me volvería en años posteriores. Pero aún no había visto lo más terrible de ese día.

 

Velatorios

Las madres del Pacará no confiaban en nadie. Sentían que nuevamente eran víctimas de un sistema que constantemente las condenaba, esta vez pagando con la sangre de sus hijos, sobrinos, hermanos. “Queremos que nos hagas un favor”, me dice Gladys. “Queremos que con tu cámara saques fotos de los cuerpos cuando los traigan al barrio para velarlos”. Accedo al pedido sin pensarlo. Querían tener un registro propio de las marcas que los cuerpos pudieran tener y que dieran muestra que fueron víctimas de una masacre. Silvia fue la que comandó la tarea. Ella era la llave de entrada a las casas donde se hacían los velatorios. Una vez que entrabamos en la donde estaba el cadáver, Silvia explicaba para que veníamos, nos dejaban solos, ella manipulaba los cuerpos buscando detalles en las manos, brazos, rostro. No quería equivocarme. La sensación de estar haciendo algo que podía aportar al esclarecimiento de lo sucedido me ponía nervioso pero a la vez sentía la responsabilidad tomada y en cada foto me esmeraba en hacer foto, encuadrar bien, que la luz sea la correcta. Todo esto con el pavor de estar fotografiando el cadáver de un ser querido cuyos familiares estaban llorando a pocos metros de distancia.

Sacamos todas las fotos necesarias. Silvia parecía de un temple de acero mientras que yo comenzaba a sentir el peso de la actividad. Cada casa era un océano de tristeza de madres, hermanos, amigos que lloraban la pérdida de alguien amado y quizás, de saberse miembro de un sector de la sociedad que van a seguir sufriendo este tipo de dolores.

Se va haciendo la tarde y Silvia me dice que habló con los familiares de uno de los presos muertos que vivía en el barrio Río Dulce, otro de los lugares estigmatizados de la ciudad. Llegamos a lo que era una casa muy pequeña. El cajón ocupaba casi todo el comedor, habitación que se eligió por ser la más grande. El féretro ya estaba cerrado. Lo abrieron para que pudiéramos sacar las fotos. Al abrirse, un olor penetrante se esparció rápidamente. En mi mente era el olor de la muerte, fuerte, espeso, denso. Silvia volvió a manipular el cuerpo casi con capacidad forense. Fueron las fotos que más me costaron sacar en mi vida.

Terminamos todo de noche. Volví a mi casa y lo primero que hice fue sacarme toda la ropa. Sentía que estaba impregnada de muerte. Después de una ducha me puse a revisar las fotos que había sacado. También había hecho algunos videos que luego compilé y está colgado en Vimeo. Primero quería cerciorarme que no había fallado en la tarea encomendada. Pero después me quedé viendo el rostro de los familiares, de los que después marcharían en búsqueda de justicia, justicia que no llegó para muchos de ellos. Al final de la revisión me quedé viendo una toma que le hice a una nena muy pequeña que estaba en un cochecito dormida, una hija de ese barrio que recién empezaba a vivir al mismo tiempo que sucedía la muerte de sus vecinos en lo que se llamó la masacre penitencia más impactante desde el regreso de la democracia. Esa noche me fui a dormir con su rostro. Hoy será una nena con diez años más, con la herencia no sólo de ese día oscuro sino con el camino de lucha por los derechos que la madres del Pacará han realizado todos estos años, un camino de dignidad que sigue hoy, a una década de lo que fue el día que nos cambió la vida a muchos.

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