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Edición #10

Margarita Barrientos es un símbolo de los lazos que Cambiemos intenta construir con los sectores populares. La última vez que volvió a Añatuya fue en septiembre, acompañando a Macri en un acto multitudinario. Su familia cuenta su historia, su ausencia, y las fantasías de un futuro con otro protagonismo en la ciudad.

Por Junco Gómez y Juanca Paez Gimenez 

La tierra se nos metía en las zapatillas y la incomodidad en el corralito de prensa se hacía notar. Éramos muchas personas cubriendo la inauguración del comedor “Isidro Antunez”, esperando la salida de Mauricio Macri y una comitiva de primera línea que se paseaban adentro.

La noche anterior, la ciudad de Añatuya había sido invadida por la Policía Federal, refuerzo del operativo de seguridad presidencial. La mañana del 13 de septiembre, la gente comenzó a reunirse temprano, sorteando fuertes filtros de seguridad previos al comedor. La consigna de la organización era mantener un perfil bajo en las cuestiones que rozan lo partidario: ni banderas, ni bombos, ni platillos.

Los días de septiembre, en el sureste santiagueño, suelen comenzar a pintarse calurosos, pero este fue la excepción: viento y frío. La fuerte brisa, por momentos insoportable, tornaba difícil la tarea de grabación y por eso muchos colegas solo tomaron notas.

Nos colamos con los muchachos del canal local de Añatuya. Los camarógrafos y periodistas de San Gabriel V.C, único canal que produce contenido en la zona, nos permitieron una autorización y nos dejaron cubrir parte del evento con ellos.

Los murmullos iban in crescendo a medida que se acercaba la comitiva presidencial. Las banderas argentinas se hacían cada vez más visibles y las personas presentes no querían perderse ni un momento y capturar todo con sus teléfonos celulares. Un sonido de percusión se hacía escuchar muy por lo bajo. Era un bombo legüero de una conocida familia de la zona que al parecer Mauricio Macri conocía desde hacía ya tiempo. Desde atrás, un grito ensordecedor y afónico: “Vamos que se puede, Mauricio”.

Fotografía: Raphael Carrizo

A la izquierda de la entrada del comedor, se encontraban los palcos vip de la función. En ellos, podíamos encontrar a dirigentes provinciales de Cambiemos, entre ellos, a Emilio Rached y Natalia Neme, aún en campaña para las legislativas nacionales. Un poco más atrás y apretado con el resto estaban Marcelo Lugones y Rodrigo Posse. Las demás personas que se encontraban en este palco eran cercanas a Cambiemos de la misma ciudad de Añatuya. Entre ellos, Gerardo “Pipi” Floridia, quien días antes había reemplazado a Jaime Díaz en la lista de candidatos a diputados provinciales por Cambiemos. Este reemplazo fue el que terminó en la escandalosa escena que recorrió los medios nacionales, con Díaz arrebatándole los documentos partidarios a Felicitas Scaraffía en la vereda de Tribunales.

La visita de Macri a la provincia fue como una torrencial lluvia ante el incendio que los mismos candidatos de la alianza habían encendido.

***

Han pasado tres meses de la inauguración del comedor, que ya había empezado a trabajar días antes de la visita de Macri y el regreso de Margarita. Hoy, pasado el ruido y la ansiedad de aquel histórico día para los añatuyenses, algunas de sus colaboradoras la recuerdan:

-Sí, a Margarita la conocemos. Gran, gran persona. Siempre cuando viene a Añatuya se queda en el hogar. Está casi todo el día aquí. Pasea por acá, por allá. Nos visita, nos prueba la comida. Lo que sí, ella cuando viene no cocina. Bah, los primeros días sí lo hizo, para enseñarnos, digamos, pero le agarramos la mano rápido.

Micaela, Marta y Cindy recuerdan a Margarita mientras ultiman detalles para la comida del día. Hoy tocó albóndigas con arroz. El día de la inauguración ellas se encontraban en el equipo que cocinó para la comitiva presidencial y para los demás invitados.

-Estábamos terminando de cocinar cuando Mauricio andaba paseando por acá. Estaba toda esa gente esperándonos- recuerda Micaela.

Como comida típica regional, el plato fuerte de ese día fueron las empanadas. Pero además de cocinar para el equipo de Macri, debían cumplir con servir la comida para las más de mil personas que, días previos, ya habían comenzado a asistir al comedor.

Marta y Cindy, tímidas, no hablan mucho. Micaela toma la palabra y comienza a manejarnos la entrevista. De un carácter fuerte y ojos claros, pica el perejil para terminar de agregarlo a las albóndigas que los niños degustaran más adelante.

-Sentimos mucha emoción al verlo. En mi vida había pensado poder abrazarlo, tocarlo- nos dice con una sonrisa grande y un semblante aún estupefacto.

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El silencio previo a la llegada de Mauricio Macri fue, por instantes, abrumador. Los referentes provinciales de Cambiemos saludaron a la gente y tuvieron como respuesta un silencio frío e incómodo. Las personas presentes sólo querían ver al presidente.

Macri llegó junto a Margarita Barrientos y Juliana Awada, y la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley. Y empezó a cambiar el ambiente.

Julio Castro, intendente de Añatuya, y la gobernadora Claudia de Zamora quedaron en segundo plano. En la cuidad, la visita de Macri y la presencia de Margarita Barrientos, influyeron en el clima político local y preparan un escenario muy diferente para las elecciones del 2018.

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Son cerca de las nueve de la mañana y nos movemos por algunas calles de tierra y ripio de Añatuya.

-Sigues derecho dos cuadras, doblas y le mandas cuatro más, pero ustedes que no son de aquí tengan cuidado, porque a estas horas suele ponerse jodido- nos decía un vecino, en la vereda de su casa, horas antes de comenzar este recorrido.

Esquivando charcos y pozos, llegamos. Una casa colorida, con un piso de tierra y ladrillo nos esperaba con albañiles trabajando en su interior. Preguntamos si es la casa de doña Silvia Barrientos. Nos dicen que sí. Aplaudimos y ella salió al encuentro.

María Silvia tiene sesenta y nueve años y vive en Añatuya hace más de cincuenta. De tez morena y canas escondidas por un pañuelo oscuro que lleva en su cabeza. Es una de los tantos hijos que Carlos Escalada y Saturnina Barrientos  trajeron al mundo. Tras una breve  presentación, nos invita a entrar  a su casa, en uno de los barrios más humildes de la ciudad. Tomamos asiento en sillas viejas de hierro, y nos convidan mates y tortilla a la parrilla.

Al principio nos mira, sin entender del todo qué queremos. Sus preguntas, antes que las nuestras, comienzan a romper aquella fina capa de salitre que resguardaba su realidad de la nuestra. Lentamente comenzó a contar una historia que nos soldó a las sillas de hierro.

-Podría decirte que no éramos una familia del todo pobre. Éramos una familia no tan pobre, pero sí una familia del campo, como las de antes, humildes, gente del campo que lo único que hacía era trabajar.

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-La madre de Margarita, María Saturnina Barrientos, es mi hermana, ella (Margarita) lleva el apellido materno, no paterno. Pero el resto de sus hermanos lleva el apellido de su padre: Escalada.

Tras toda una tarde de recorrer la ciudad en busca de testimonios, llegamos a la casa de Fortunato Barrientos. Con total sencillez nos abrió las puertas de su casa sin conocernos. Apenas precisamos decir nuestros nombres para que nos invitara a charlar. Su camisa lucía húmeda por el calor, tras una extensa jornada laboral. De profesión metalúrgico y luthier de acordeones y bandoneones, Fortunato invierte parte de su tiempo en terminar de construir su casa que está tan sólo a cuadras del centro de la ciudad.

-Pasen más tarde- nos había dicho su hijo horas antes- se van a cansar de escucharlo a mí papá.

Entre planchas y tubos de hierro que afloran de todos los rincones de su jardín, Fortunato se sienta desafiante en una silla vieja:

– ¿Qué es lo que quieren saber?

La familia Barrientos, al menos las generaciones más recientes, tienen su origen recorriendo la ruta provincial noventa y dos, a veinticinco kilómetros de la ciudad de Añatuya, en el paraje “El 25”.

-El campo de mi papá, del abuelo de Margarita, era gigante. Debe haber tenido unas mil quinientas hectáreas, aunque no todo ese “lotaje” era nuestro- nos cuenta Fortunato cerrando los ojos, recordando el lote en que se crió Margarita.

El campo de la familia Barrientos fue comprado en 1953. Surgió del trabajo de don Isidro Barrientos y doña Francisca Acuña, ayudados con un préstamo del Banco Nación.

-Nunca olvido el campo 60, lote 1- recuerda Fortunato- vivíamos ahí mi hermano Miguel, Nélida, María Saturnina y yo. Todos tíos de Margarita. Aparte teníamos un hermano mayor, Juan, que vivía por su cuenta. Él tenia su familia, sus cosas.

Abuelos, hijos y nietos convivían en el mismo campo, pero en diferentes lotes. Carlos Escalada, padre de Margarita, trabajaba junto a la mayoría de sus cuñados en el mismo campo donde tenía su casa. Fortunato recuerda muy bien las diferentes actitudes de su cuñado:

-Era un hombre trabajador, más de la cuenta. A veces caminaba hasta el Saladillo, que son más de cuarenta kilómetros a trabajar. Pero él no era hachero. Él se dedicaba a armar las parvas de leña  y quemarlas para hacer carbón. En ese momento, éramos una familia bastante unida, sobre todo por mi papá. Por supuesto teníamos nuestras diferencias y cada uno apuntaba para su lado, pero éramos muy unidos.

En cambio, la opinión sobre Saturnina Barrientos tiene otro sentir. Tal vez las ocupaciones domesticas la mantenían en vilo con la relación de sus hijos y es por ello que la imagen de ambos se veía afectada por esto. Su muerte fue uno de los sucesos más trágicos para el porvenir de la familia de Margarita.

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Silvia se emociona ante la pregunta por su madre y la repercusión de su fallecimiento. Baja la mirada y un silencio, de repente, la detiene. Nos cuenta que se trataba de una mujer paciente, tranquila y del hogar. Hace un contraste con la figura de su padre, Carlos Alberto. Dice que los nervios lo superaban y no le alcanzaba la paciencia para con sus hijos

-Mi papá era de Garza, pero nosotros conocemos dos tíos de allí, que venían cuando éramos chicos. Traían corderos, cabritos y después no sé nada de ellos. ¿Será que existen? ¿Cómo será? No sé nada. Por ahí mi papi era una persona medio mala, nerviosa. En cambio mi madre era una mujer tan buena, que siempre nos entendía. “No le hagan caso a tu papá”, nos sabía decir. Pero él era así. Por momentos nos daba un azote. A mí una sola vez me pegó por acá – señalándose la pierna izquierda- y me dejó marcada para toda la vida. A veces no había razón para maltratarnos, has visto, pero él lo hacía.

Saturnina, en cambio, nos dice Silvia, mezquinaba mucho a Margarita e insistía en que la veía diferente y muy parecida a su abuelo.

-Mi abuelo me hace acordar mucho a Margarita. Era muy querido por el pueblo. Él tenía muchas amistades.

Don Isidro Barrientos era bastante conocido en la zona del km 25. Además de los trabajadores que tenía, era poseedor del único almacén de la zona y por lo tanto, muy conocido por allí.

-Era una persona muy buena mi abuelo. Era muy generoso con los peones. Él, por ejemplo, llevaba las mortadelas y cortaba para sus peones. Cortaba mortadela y queso y les escondía a sus peones para que coman en sus casas. Margarita es así, esa bondad, esa forma de tratar la gente. Hay veces que se cansa, ¿sabes cómo se le abalanzan?

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Suele no existir esa etapa de adolescencia, amigos y diversión para personas como Margarita que deben afrontar de golpe la dura realidad al final de la niñez.

-Margarita de niña era una chica normal, muy de la casa. Se fue muy joven a Buenos Aires, conoció a Isidro y se casaron. Vivió en José C. Paz, luego en Villa Lugano y, finalmente hasta la actualidad, en Villa Soldati.

Fortunato Barrientos habla de la partida de su sobrina de Santiago a Buenos Aires. Partida rotunda hacia un lugar desconocido, pero con la certeza más preciada: la espera de su hermano mayor, Ramón. La llegada a destino dio origen a una de sus anécdotas más contadas, cuando se arrojó del tren en marcha y al caer perdió varios dientes.

Cuando Margarita partió desde su pago hacia un nuevo rumbo, perdió contacto con su familia por quince años.

-Cuando ella se fue se casó con este hombre, con don Antúnez- recuerda su hermana María. – Nosotras no sabíamos nada la una de la otra. Y la verdad que yo no sé cómo ha sido el encontrarnos. Nosotros vivíamos aquí, en esta casa. Allá atrás tenemos una casita chiquita. Un día mi marido ha ido al centro y se ha encontrado con un hombre. Después viene y me dice María  yo te voy a decir algo, vos sabes que encontré un hombre que vive en el barrio donde vive Margarita, allá en Villa Soldati. Dice que anda bien, que tiene muchos chicos. Mary, yo le voy a pedir plata a mi patrón y vete a verla a tu hermana. Así vayas y la encuentres a la Margarita. Y me fui a Villa Soldati

***

Estando en Buenos Aires, Margarita conoció a Isidro Antúnez, quien se convertiría en uno de los pilares fundamentales en la historia que sostiene a la señora de Los Piletones.

Isidro acompañó a Barrientos a lo largo de todos estos años hasta que se murió, justamente construyendo lo que sería el actual comedor comunitario y albergue de ancianas de la ciudad de Añatuya.

El comedor se encuentra en las afueras de Añatuya, que hoy tiene cuarenta mil habitantes. Está ubicado en el barrio Manzione, en la zona más conocida como “El Bajo”. El barrio popular que lleva el nombre del tanguero, ícono musical, político y literario de la ciudad, es uno de los más habitados. La cantidad de gente y las carencias que soportan hace que en el comedor se atiendan las necesidades alimentarias de más de mil personas.

María Piedad es la encargada del lugar y, además, hija de Silvia. Delgada, de piel morena y contextura pequeña, con una mirada que oscila entre la seguridad de llevar adelante un sitio como el que tiene a cargo y de tener que renegar de ello, nos lleva a recorrer, a pasos agigantados, el lugar.

Por fuera, el comedor y albergue reviste paredes de color uniforme. Su fachada es roja, con un alero que cubre toda la vereda. Al lado de la entrada, un cartel ploteado indica “Comedor Comunitario y Hogar de Abuelas, Isidro Antúnez”, en el que también está escrito el nombre de la Fundación Margarita Barrientos. Por dentro, la limpieza es prioridad de tiempo completo. Los pisos de cerámico brillan y la pintura de las paredes conserva la uniformidad del exterior. Casi no se siente el calor de diciembre allí. La salida al patio da con una pequeña huerta y un sendero de cemento que conduce al fondo, en donde se elabora y hornea el pan. Al entrar nos encontramos con un pasillo central y puertas a los costados, que llevan a la sala de estar, a la cocina, a los baños, a las habitaciones y al comedor, respectivamente.

-Aquí comen niños, personas ancianas y mamás con sus hijos. Quienes no pueden asistir a comer, llevan viandas. Por la mañana se sirve el desayuno, al mediodía el almuerzo y por la tarde, la merienda. Y bueno, tenemos planeado comenzar a servir la cena.

María nos cuenta que también existe otro comedor que está ubicado en el Barrio Colonia Osvaldo, en la otra punta de la ciudad. Es el comedor en el cual se encontraba trabajando Isidro cuando tuvo una complicación en su salud que le costaría la vida. En ese lugar asisten aproximadamente quinientas personas, pero es un número que también va en aumento.

El día de la inauguración, confiesa, notó cierta tristeza en el semblante de Margarita, a pesar de la presencia del presidente Macri y la gran convocatoria.

-Estaba un poco triste y conmocionada por el hecho de que el comedor lleva el nombre de su marido que falleció y que hizo mucho para que esto sea posible. Pero a la vez también estaba contenta por el bien que significa la obra.

De nuevo aparece el interrogante respecto al regreso de quien se fue de su tierra natal siendo una niña a otra, hasta ese momento, desconocida. ¿Por qué volvió a Añatuya?

-Creo que ha vuelto a esta ciudad a continuar obras que empezaron en Buenos Aires porque aquí están sus orígenes, su familia y quiere ver progresar a este lugar, en donde está su gente- piensa María, que sueña con un futuro mejor.- Pienso que esto va a seguir creciendo, porque a Margarita la quieren muchas personas. Este lunes, por ejemplo, van a venir médicos especialistas de Buenos Aires a asistir y revisar a la gente.

Y aunque todas parecen ser buenas noticias en el comedor, las dificultades a veces vienen de la mano de los sectores o instituciones menos pensadas.

-Del gobierno municipal y del provincial no recibimos nada- señala María. Y en este punto cabe aclarar que los terrenos donde se encuentra el actual comedor fueron donados por Domingo Tonani, acaudalado terrateniente de Añatuya, con múltiples denuncias y causas por usurpación de tierras- Incluso nos han puesto muchas trabas cuando esta obra estaba en proceso y siguen haciéndolo. Pero no entiendo por qué lo hacen, cuál es la rivalidad.
En su casa, Silvia se ilusiona con el regreso de Margarita:

-Yo no sé, a veces pienso, ¿no? Margarita es una persona que tiene muchas amistades, que tiene muchos contactos. A pesar de su tercer grado, es una persona muy inteligente. Por ahí nos sentamos a tomar mate, le digo: Hermana, tan inteligente que sos, tanto Dios te bendijo, ¿qué dices cuando estás con alguien tan importante? Y ella me responde que no se recela de nada y cuando tiene que decir algo lo dice, eh.

– ¿Cree que Margarita asuma, en algún momento, un rol en la política añatuyense?

-Fijate que yo escuché unos gritos cuando vino Macri. ¡Margarita Intendenta!, decían. Un día no sé quién me había preguntado eso, entonces yo le pregunté a ella y me dijo que no. Que por el momento no quería ser. Mirá si tienes que ser intendenta de Añatuya, le dije. No sé, ya vamos a ver, me decía.

***

Son cerca de las once de la mañana y el mate pasa de mano en mano, muy dulzón. Sólo quedan restos de una tortilla que amaneció temprano y que se fue llegada la media mañana. El viento sopla y el fuego de la mesa de hierro redonda, tras horas de charlas, comienza a extinguirse.

Hay rumores de que Margarita andará por Añatuya en estos días. Silvia la espera ansiosa para charlar, contagiarse mutuamente de ánimos y continuar. Tal vez repasen juntas historias del ayer en el seno del monte santiagueño, que en sus descripciones parecen cinematográficas: los animales, el trabajo, la pequeña escuela, su familia, las visitas del Monseñor Gottau como autoridad religiosa y amigo de la casa y regresen, en una transición brusca de quince años de incertidumbre y distancia, al hoy que las encuentra juntas brindando por los logros y las penas.

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