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Edición #10

En los 90 inventó la noche santiagueña. Abrió, cerró y vendió bares y boliches durante veinte años. Militó un verano en el peronismo, y después se encumbró meteóricamente en el PRO.  Su defensa pública a represores santiagueños le costó el enfrentamiento con la prensa y organismos de derechos humanos. Esta es la historia de cómo llegó a ser hoy el principal hombre del Presidente en Santiago.

Por Ernesto Picco

A principios de 1989, cuando los vio por primera vez pegando afiches en los pasillos de la Universidad Católica, Rodrigo Posse pensó: ¿Qué hacen estos vagos recalcitrantes que no se van a estudiar? Acababa de entrar a cursar abogacía, y en ese momento el presidente del centro de estudiantes era Daniel Zamora, que después sería concejal y diputado provincial. Eran los años de oro de la Franja Morada y de enamoramiento con la figura de Alfonsín. Una generación nueva de estudiantes se lanzaba a la militancia universitaria en la post dictadura. Además de Daniel, estaba su hermano, Gerardo Zamora, que antes había sido presidente del centro y luego sería gobernador. Estaban Ramiro Santillán, Matilde O´Mill, Ricardo Daives y un puñado de jóvenes que quince años más tarde conformarían la plana mayor del gobierno del Frente Cívico. En ese momento Posse era cajero en Tusini, había sido vendedor en una agencia de publicidad y había trabajado en el servicio de ambulancias APE, vendiendo afiliaciones puerta a puerta.

– Yo no podía entender – dirá Rodrigo sobre los jóvenes de la Franja Morada – Yo decía estos están locos. Los veía que se juntaban y andaban todo el tiempo ahí, en vez de estar estudiando para rendir. Y ahora mirá… Yo nunca en mi vida me hubiera imaginado estar en la política. Lo mío era generar negocios.

 

***

 

La tarde del 22 de noviembre de 2017 Posse surca a toda velocidad la avenida Roca manejando una larga camioneta blanca, ploteada con logos de Cambiemos a los lados. Va solo. Dentro de trece días va a asumir la banca en la Legislatura que ganó hace un mes en las elecciones, y va a ser el presidente del principal bloque opositor en la provincia, que integrará con otros seis diputados. Ahora reniega porque alguien ha estacionado en la puerta su garaje. Bocinea, hace un par de llamados desde su celular y después de una pesada espera en doble fila aparece el conductor. Le hacen lugar y pasa.

– En Santiago nadie respeta nada – dice cuando se baja y abre la puerta de su estudio – ¿Has visto por donde cruza la gente la calle? ¡Por cualquier lado! Nadie respeta la senda. Por esas cosas chiquitas hay que empezar el cambio.

Y cuando dice cambio lo dice como con mayúsculas, como arrancando la conversación con un eslogan. Al final de una escalera empinada y angosta está el estudio jurídico que Rodrigo Posse comparte con Felicitas Scaraffia, que además es su prima y principal ladera política. En el primer piso hay una recepción de puertas marrones y altas, rústica y sin lujos. Al fondo está la oficina de Posse, antecedida por una sala de reuniones con una mesa en la que Rodrigo dice que nació la versión santiagueña del PRO. Aunque rápidamente aclara:

– En realidad era otra mesa. Esta que está ahora la he traído de mi restorán. Antes había una grande de vidrio que la llevé a la sede del partido. Ahí he llevado también gran parte de mi biblioteca, para que lean los chicos.

La otra parte de la biblioteca quedó en su oficina, repartida en un armario y un par de repisas: hay una colección de libros de management de La Nación, clásicos de filosofía política y los gruesos tomos de libros jurídicos con encuadernación de tela que hay en el estudio de cualquier abogado. La mesa en la que se acomoda Rodrigo está llena de expedientes apilados, y una placa amarilla con su nombre en letras negras escrito con la tipografía de Cambiemos: era la identificación que estaba pegada en la puerta de su viejo despacho del Concejo Deliberante, que no pudo poner en el nuevo edificio después de la mudanza porque estandarizaron carteles iguales para los concejales de todos los partidos. En cuarenta minutos Rodrigo tiene una reunión y cuando lo llamen les va a decir que vayan empezando. Los días del concejal y futuro diputado pasan como la camioneta blanca en la que llegó: a toda velocidad entre el estudio jurídico, los bares y la política:

– Yo no fumo, no tomo, no me drogo – dice frunciendo el ceño – Mi única adicción es el trabajo. Porque sé que es una adicción, y a veces no te dan los tiempos. He empezado a trabajar a los catorce años, cuando se divorcian mis viejos. Mi mamá era una mina muy jodida, me decía aquí la libertad se consigue con la independencia económica. Y después el dinero te puede abrir puertas y solucionar muchas cosas, pero no te soluciona lo más importante, que es cómo vives la vida. Y eso ha sido muy valioso para mis negocios después y mi forma de manejarme. Manejar el poder en la noche a mí me ha ayudado a manejar el poder en la política.

 

***

 

Cuando Tusini cumplió su primer aniversario Rodrigo Posse tenía diecisiete. Era un flaco alto que sobresalía del resto por su porte. Sus ex compañeros del Bachillerato Humanista cuentan que de chico no tenía muchos amigos y que con frecuencia lo tenían de punto los grandotes que hacían bullying, aunque en los ochenta todavía nadie había pronunciado esa palabra. Por esos años un cuñado de Rodrigo había participado en los preparativos de la creación de Tusini, y lo acercó a Daniel y “Pantera” Ledesma, dos gringos de mandíbula cuadrada y ojos pequeños que eran los dueños de aquel primer boliche santiagueño. Era todavía un club más bien chico y hermético en la esquina de Jujuy y Gorriti. Empezaba a ponerse de moda la Lambada y los hits que sonaban en el boliche eran las canciones que empezaban a sonar en las radios FM, que empezaban a aparecer por todos los rincones de la ciudad. Era además el momento de un salto estético-hormonal, que iba desde la inocente estrofa Oh mamá, ella me ha besado, que cantaba Pablito Ruiz con catorce años, hasta el apretado baile que traían los brasileros del grupo Kaoma. La danza prohibida, como habían bautizado algunos medios a la Lambada, alimentaba en el mundo diurno y las mesas familiares todo tipo de mitos, fantasías y estigmas sobre lo que pasaba en las noches de boliche, que iban a ser cada vez más multitudinarias. Después del éxito de Tusini llegó la competencia. Los hermanos Dieguez abrieron Top Sound al costado su Grand Hotel, antes de que se convirtiera en Carlos V, y el turco Neme – otro histórico empresario de la noche santiagueña – abrió El Andén en La Banda. Nunca había habido en Santiago tanta vida nocturna. En medio de ese cambio de época también cambiaba la vida de Rodrigo, que iba a ser uno de los responsables de la transformación que tendría la noche santiagueña en las dos décadas siguientes.

En la fiesta del aniversario de Tusini Rodrigo llegó temprano, antes que el boliche se llenara de gente. Se encontró con “Pantera” Ledesma en problemas: le había fallado el encargado del guardarropa de la entrada. Era invierno. Afuera helaba y adentro era una caldera, y hacía falta alguien que recibiera y entregara los abrigos. Rodrigo se hizo cargo y se perdió la fiesta pero ganó algo más valioso. Dos semanas más tarde al cajero de la barra le diagnosticaron una enfermedad en el oído que le hacía perder el equilibrio, y le prohibieron trabajar en lugares ruidosos. Así que la cadena jerárquica de Tusini se corrió: el que era barman se pasó a cajero y Rodrigo saltó de guardarropas a servir tragos en la barra. Tres meses más tarde el nuevo cajero renunció, y Rodrigo llegó a la pequeña pero codiciada cima del empleado de boliche. Entre los destellos de las luces, los cuerpos estirados para hacerse oír entre la música y cientos de manos pidiendo y entregando, Rodrigo empezó a manejar la plata.

– Yo me llevaba muy bien con los Ledesma – recuerda Posse – Tanto que ahí al poco tiempo se abre en la autopista Cayo Coco, no les va muy bien, y yo les pido que me den la oportunidad a mí, que yo iba a armar un matinée un verano. Y fue un éxito. La primera mitad era matinée y después el trasnoche. Realmente un éxito comercial como ese en boliches no ha vuelto a haber. Se metían cinco mil personas entre los dos horarios en una noche. Después de eso empieza el tema de las estudiantinas, que antes se hacían en los colegios, y que las empezamos a hacer ahí. El trato era que yo organizaba y me llevaba un porcentaje de la ganancia.

Tusini abrió a finales de los 80 y se convirtió en un boliche emblemático de la noche Santiagueña. Posse comenzó ahí su trabajo como empresario nocturno. Fuente: Facebook Tusini.

La apertura de la noche al público adolescente cambió la escena por completo. Posse construyó una importante red de públicas, como los llaman los de adentro. Los de afuera los llaman tarjeteros. Eran estudiantes de las universidades y también de escuelas secundarias. La oferta de la noche santiagueña se había masificado y para poder ser parte había que llegar a ellos. Las tarjetas se repartían durante la semana y estratificaban el acceso: podías pasar gratis, podías pasar con descuento, o podías pasar sin ellas después de hacer horas de cola en la puerta bajo el frío o el calor. La entrega de unas o el retaceo de otras se hacía en función de la disponibilidad de los contactos y las redes de amistades. Entre los jóvenes, ser tarjetero era ocupar una posición de poder, y Rodrigo estaba en el centro de esa red. Todos conocían su nombre, pero eran muchos menos los que conocían su cara. El local se llenaba y era común ver entre las chicas y chicos que se apiñaban en las filas y no habían conseguido sus pases, cómo algunos declamaban amistad con Rodrigo para poder pasar. De vez en cuando, él salía y habilitaba algún ingreso, ante la mirada deseante de todos.

Con el boom de Cayo Coco, Posse dejó los estudios de abogacía para dedicarse exclusivamente al trabajo y los negocios. Durante toda la década del noventa su nombre se fue convirtiendo en sinónimo de la noche santiagueña, siempre ligado a los hermanos Ledesma. Durante esos años también trabajó en una agencia de turismo que organizaba viajes a Dinsey para quinceañeras. En Estados Unidos le ofrecieron quedarse a abrir un bar y estuvo a punto de no volver:

– No me quedo al final porque mi mamá me insulta cuando le digo que tenía la posibilidad de quedarme. Yo ya no vivía con ella, me había mudado a la casa de mi abuela, pero le hablaba mucho de mi vida y de mis negocios. Vuelvo y estaba mi amigo Sebastián Sialle, que recién venía de abrir un bar en Córdoba y un día le devuelven una propiedad a sus padres en la Alsina frente a la Plaza Sarmiento. Y ahí me llama y me dice para que abramos algo. Y ese bar fue Mojho. Le pusimos ese nombre en honor al perro de mi socio, un dogo que era muy chiquito y estaba con nosotros cuando pintábamos y preparábamos el lugar. Abrimos y entonces con la debacle económica de 2001, los veranos de 2002 y 2003 la gente no se va de vacaciones. No daba la economía, el dólar estaba disparado. Yo digo siempre que los quiebres o los fracasos generan oportunidades. Y esa debacle fue nuestra oportunidad. Porque la gente se quedaba aquí y a la noche iba a Mojho. Y fue un éxito del comienzo al fin.

Eran principios del nuevo siglo y la música había cambiado completamente. Eran los años en que la cumbia y el cuarteto se habían vuelto chetos. El Potro Rodrigo había muerto en la cúspide de su carrera y se había convertido en ídolo popular. El Grupo Ráfaga había sido sensación en el Festival de Viña del Mar, y aparecían nuevos grupos tropicales por todos lados. En medio del derrumbe económico había surgido también la cumbia villera. Sonaban Damas Gratis, Pibes Chorros y Yerba Brava, que cantaban las penurias de los márgenes del conurbano bonaerense y hacían bailar a los chicos bien de todo el país.

Mojho se convirtió en un bar bailable donde iban jóvenes de distintas edades y sectores sociales. Posse aprovechó la red de relaciones que había construido con los Ledesma para llevar gente y ampliar el target. En Santiago, donde las noches son más largas, Mojho era la previa que arrancaba antes de la medianoche. Después de las tres de la mañana la gente se iba a Tusini en invierno y a Cayo Coco en verano. Posse los manejaba a todos. Pero al poco tiempo se separó de Daniel y de Pantera para hacer sus propios negocios. Eran años de crecimiento: cada temporada hacía ampliaciones en el local, había terminado la carrera de abogacía, se había casado y había sido papá. Hasta que Mojho se encontró con un obstáculo difícil de sortear:

– Estaba cansado de la persecución de Julio Alegre. Harto de que haya una persecución desmedida sin hacer respetar a otros las normas que me pretendían hacer respetar a mí. Esa época ha habido una corrupción desmedida. Todo era coima, y nosotros no hemos pagado nunca un centavo. Y a todos los he denunciado penalmente, a funcionarios que me han querido coimear. Hay varios que les hicieron sumario administrativo.

En aquel momento el intendente de la capital había endurecido los controles por ruidos molestos y venta de alcohol a menores en los bares y boliches del centro y del Parque Aguirre. Ante el aumento de las inspecciones y las clausuras, Posse vendió el local y se fue a hacer negocios a otra parte. Trabajó como abogado, luego convirtió un viejo galpón de Pedro León Gallo y Aguirre en el boliche SIM. En 2010, después de que Alegre terminó preso por defraudación al municipio, Posse se volvió a asociar a los Ledesma con la reapertura de Tusini. Se compró el restorán Nicómedes y armó un local bailable de verano en el salón de fiestas Milano. Pero siempre se acuerda de Mojho, que dice que fue su primer hijo. E inevitablemente se acuerda también de Alegre y los inspectores municipales:

– ¡Era un aquelarre eso! – dice mostrando los dientes – ¡Todos creían que vos les tenías que dar algo! Hablabas con otros que tenían otro negocio y había que dejar un porcentaje a la policía, otro a la municipalidad. ¡Yo les decía no, eso no funciona así, yo no le voy a dar un porcentaje a nadie! Ahí me di cuenta que la política decide todo. Y que hay que renovar la política. Ahí decidí meterme en serio.

Y dice en serio porque su vida ya había visto de cerca la militancia, en un fugaz verano peronista.

 

***

 

En la casa en que se crió Rodrigo no había auto y el hogar se sostenía con el sueldo de empleada municipal de la madre. El padre se había ido a vivir a Buenos Aires después del divorcio. Por eso es que Frasquita Martilotti había mandado a trabajar a Rodrigo y sus dos hermanas mayores, siendo muy jóvenes. Frasquita es una morocha sonriente pero severa que había sido una de las primeras licenciadas en Turismo egresadas en Santiago. Era la cabeza de una típica familia de clase media aspiracional, donde el pariente más encumbrado era el Tío Pancho, al que varios de los Martilotti miraban con admiración: médico de alta alcurnia, presidente del Lawn Tennis, y fundador del Golf Club, Francisco López Bustos era, a pesar de todo eso, peronista. Había llegado a disputar cabeza a cabeza las elecciones de gobernador de 1973 con Carlos Juárez. Su hijo, Ramiro López Bustos, primo de Frasquita, heredó la profesión y la afiliación, y fue el quien acercó a Rodrigo a la política en 2004, cuando ya había pasado los treinta años.

Rodrigo estuvo prácticamente conviviendo en la casa de su tío Ramiro, y lo acompañó durante toda la interna del PJ, en la que ayudaron a ganar al ex funcionario menemista Pepe Figueroa. López Bustos encabezó entonces la lista de diputados del PJ y logró entrar en la legislatura como segunda fuerza, después de que Zamora ganara las generales:

– Ahí mi tío me quiere llevar a la Cámara de Diputados y yo le digo que no – recuerda Rodrigo refregándose la frente – Mi mamá se quería morir. Pero le he dicho mirá Ramiro yo no voy a asumir porque yo no soy peronista, si la tengo que escuchar de vuelta a la marcha tengo miedo de vomitar. ¡Escuchaba esta locura de combatir el capital! ¡Y no! ¡Es una contradicción total eso! – resopla – En la campaña nunca la he cantado pero la tenía que escuchar. ¡Y no! Así que me voy y ahí me meto a Recrear, que aquí lo manejaba Castor López. Porque a mí a nivel nacional me encantaba López Murphy y Carrió. ¡Lilita es lo más grande de lo más grande! Porque es irreverente, te dice lo que te quiere decir. No tiene miedo. Yo soy así.

Aquella etapa peronista no fue más que un escarceo de verano. Pero Rodrigo Posse ya estaba embarcado en el viaje que terminaría en su colorida primavera macrista.

 

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La tarde de 2013 en que Castor López se sintió acorralado, había en la mesa un misionero, un tucumano y cuatro santiagueños. Era el mismo estudio donde hoy Rodrigo Posse recuerda su historia, y era la mesa de vidrio que después iría a parar a la sede del PRO:

– Desde Buenos Aires decidieron armar en Santiago una reunión que fue con una agresividad muy notable – recuerda Castor López en su casa del barrio Jardín, alejado ya del fragor de la lucha política – Demandaban falencias mías. Yo estaba solo con ellos en el estudio de Posse. Me cuestionaron que tenía excesiva amistad con Zamora.

Castor López es un tipo prolijo, de esos que parecen que nunca se despeinan. De barba candado y ojos azules. Da la sensación de ser incapaz de decir una mala palabra, y es dueño de un hablar tranquilo que no se altera ni cuando rememora el día que recibió el tiro de gracia. Hasta aquella tarde de 2013 en el estudio de Posse, Castor López había sido durante una década el referente santiagueño de lo que él describe como “una fuerza liberal, de derecha o centro derecha”.

A mediados de los ochenta, después de graduarse como ingeniero en la Unse, Castor López había cursado un posgrado en economía en el Instituto Di Tella, donde un joven Ricardo López Murphy había sido su profesor. Por esos años el santiagueño había tenido una militancia leve en la Ucedé, que en la provincia capitaneaba Carlos León González Ábalos, aliado al juarismo. Con sus pergaminos académicos, el ingeniero economista se volvería un técnico respetado, y la UCR lo convocaría para integrar el gabinete del intendente Mario Bonacina. Tras la crisis de 2001, en aquel grupo de radicales desencantados con el fracaso de la Alianza buscaron pasar el temporal aferrándose a nuevos referentes políticos. Con la creación del ARI, Bonacina fue el hombre de Carrió en Santiago, y con la creación de Recrear, Castor López fue el de Ricardo López Murphy.

En 2003 Castor fue candidato a intendente en la lista  Unidos por el Cambio. Quedó tercero con el 4% de los votos, el PJ quedó segundo con el 28%, y la UCR, que llevaba a Zamora como candidato, fue primera con el 53%. Ese mismo año, a nivel nacional, el partido de López Murphy había sacado un respetable 17% de los votos en las presidenciales, quedando tercero a seis puntos de Néstor Kirchner. Lejos, el radicalismo estaba sexto, y Recrear aparecía entonces como un partido con proyección nacional:

– En el 2003 todavía no teníamos la personería de Recrear en Santiago – relata Castor López – Pero después lo empezamos a armar al partido. Y Zamora estaba afín a nosotros. Nos dio una mano con las afiliaciones porque se empezaba a armar el Frente Cívico y él quería tener varios partidos adentro que lo ayudaran a sumar en ese espacio. Entramos como Recrear en el Crecimiento. Y fui candidato a diputado entre los diez primeros de la lista del Frente. Rodrigo ya se había acercado, yo la conocía a la madre, que había sido funcionaria en la municipalidad en la misma época mía. Y ahí empezamos a trabajar con él.

Rodrigo Posse recuerda el modo en que se convirtió en apoderado del partido, a pesar de que su colaboración no había sido tan activa en esa elección:

– La apoderada era la Marcela Soria Bussolini, que en 2006 se abre y se va de concejal. Y se empiezan a ir todos los abogados que había en Recrear. Se va Huatu Mansilla como juez, renuncia Diego Lindow, y me proponen a mí. Yo ya era asesor de Castor en la Legislatura, pero Zamora, que al principio era visto como el cambio aquí – y otra vez suena como si dijera cambio con mayúsculas – empezó a acercarse a los Kirchner, y ya no me gustó y me alejé.

Los años de diputado provincial de Castor López coincidieron con la fusión que se hizo a nivel nacional entre Recrear y el PRO para conformar Compromiso Para el Cambio. En 2009, Castor fue candidato a senador por esa lista, al mismo tiempo que era diputado provincial por el Frente Cívico. Esto no impidió que en 2010 fuera otra vez en la lista de diputados provinciales de Zamora. Tras llegar a la Legislatura, y por los reclamos de Buenos Aires, pensó en hacer un monobloque del PRO – sus proyectos los firmaba con ese sello – pero asegura que lo descartó porque su banca la había ganado desde el Frente Cívico. Esa tensa historia se terminó de desentramar aquella tarde de 2013 en la mesa de vidrio del estudio de Posse.

El misionero era Humberto Shiavonne, presidente del Consejo Nacional de PRO. El tucumano era Pablo Walter, que había sido concejal, diputado y senador por el partido bussista Fuerza Republicana, y más tarde ungido como armador político del PRO en el NOA. El cuarteto santiagueño lo encabezaba Posse. A su lado estaba Carlos Cejas Lescano, un productor cerealero de barba gris y ojos de panda que había encabezado los cortes de ruta de la Federación Agraria en Bandera durante el lockout del campo en 2008. Era, además, referente en Santiago del G25, el espacio construido por Esteban Bullrich para llevar profesionales y empresarios al mundo de la política. El tercer hombre era Lisandro Becker, un corredor inmobiliario de Los Juríes de familia de productores agropecuarios, con cara de bebé grande y melena recortada, que hablaba arrastrando algunas eses y comiéndose otras. También había sentido el llamado del PRO para meterse en política, después del conflicto por  la 125. Felicitas Scaraffía completaba la mesa. Prima trece años menor y protegida de Rodrigo. Él la había visto crecer, la había ayudado en sus estudios en la Universidad Católica, le había dado trabajo en Tusini y la había llevado a sumarse al estudio jurídico. Ella admiraba desde chica la capacidad de trabajo de él, y se había convertido en su compañera incondicional.

Mientras el cuarteto santiagueño miraba, los que hablaron fueron Schiavonni y Walter. La consigna era pasar a otra etapa, distanciarse definitivamente del zamorismo, elegir autoridades nuevas y competir fuertemente en las elecciones municipales de 2014. La movida fue rápida y efectiva. Castor López se quedó fuera, Posse fue electo presidente de PRO en Santiago, Becker vicepresidente y Cejas Lescano secretario.

Dos meses después, Mauricio Macri apareció en primer plano en un video en Youtube hablándole a la cámara, con una chacarera de fondo:

– Un cambio es posible. Para eso Gustavo y Rodrigo necesitan tu voto – les decía a los santiagueños.

Gustavo era Gustavo Pérez Leirós, que ya había sido candidato a intendente en 2010 por Propuesta Independiente, un extinto partido vecinal, creado para aquella elección, y que luego desaparecería. Porteño de origen, grandote y de apariencia amigable, Pérez Leirós era dueño de una de las principales inmobiliarias de Santiago y uno de los primeros impulsores de la construcción de barrios privados en la provincia. Combinaba la figura del empresario exitoso con algo de roce político, y desde PRO lo convocaron a sumarse para encabezar una campaña donde el objetivo real era lograr instalar los primeros concejales del partido en algunas localidades. En el video de Macri y la chacarera, Pérez Leirós y Rodrigo Posse recorrían el centro y algunos barrios de la ciudad saludando a la gente, mientras se escuchaban sus voces en off. Santiago se transformó en mi casa y me adoptó como uno más – decía Gustavo – yo elegí Santiago y lo volvería a elegir. Yo soy parte de Santiago – decía Rodrigo – vivo las mismas calles, respiro el mismo aire y quiero lo mismo que vos de nuestro lugar. Con tu voto el sueño comienza a convertirse en realidad.

Mauricio Macri junto a Gustavo Pérez Leirós y Rodrigo Posse en Santiago, durante la campaña de las elecciones municipales de 2014.

 

Trece mil santiagueños respondieron al llamado de Macri, Pérez Leirós y Posse, y llevaron a Rodrigo al Concejo Deliberante, acompañado por Gachi Orbuj, una joven profesora universitaria que, como la mayoría de ese grupo que se formaba entonces, recién entraba en política. En Los Juríes, Lisandro Becker también fue electo concejal. En Bandera, Cejas Lescano quedó fuera por muy poco.

– Cuando vos ves una foto del PRO en mayo del 2014 – recuerda Posse – Vas a ver que el ochenta por ciento de los jóvenes que había eran mis públicas. Ellos venían a acompañar porque decían Rodrigo vos tienes que llegar a ser concejal. Los quilombos que habíamos tenido en Mojho con la municipalidad han influido en eso.

– A nosotros nos decían los tarjeteros de Rodrigo_ dice con una sonrisa socarrona Damián Orellana, presidente de Jóvenes PRO  en Santiago – Pero la verdad es que yo casi no salgo a bailar.

Damián Orellana conoció a Rodrigo Posse cuando se le apareció en la puerta de su casa, en una transitada esquina del barrio Huaico Hondo, pidiéndole permiso para poner un cartel de PRO. Una amiga en común lo había invitado varias veces a acercarse a las reuniones del partido y él nunca había aceptado. Hasta ese día, que empezaron a charlar con Rodrigo en la puerta. Se hicieron amigos y tres años después Orellana fue electo presidente de los Jóvenes PRO. Damián es un muchacho de anteojos, rellenito y que se mueve despacio. Parece inofensivo hasta que abre la boca y empieza argumentar con contundencia:

– Chabay en un video salió a acusarlo a Rodrigo de tarjetero, como si fuera algo indigno. Pero no es algo que creo que lo ofenda. Ni a él ni a nosotros. Lo reconoce. Ser tarjetero es como ser folletero. Hasta el día de hoy con él repartimos casa por casa los votos. No es algo que a nosotros nos pese para nada. Y salió bastante bien. En las municipales de 2014, en las encuestas nacionales Macri no medía ni el 5%, y para nosotros haber sacado casi el 11% en Santiago Capital era un gran triunfo. En ese momento, durante la campaña, nos visita el mismísimo Macri. Viene a la Peatonal. Alfredo De Angelis también, Gabriela Michetti, Esteban Bullrich. Siempre se toma a Santiago del Estero como el puntapié del Cambio porque ha sido la única elección en el interior anterior a la presidencial, y hemos demostrado que sí se podía.

 

***

 

El 18 de agosto de 2016 Rodrigo Posse vivió el que fue, quizás, su día más duro como concejal capitalino. Una multitud de militantes de organizaciones de derechos humanos se había congregado en el recinto durante la sesión de ese día para repudiar una serie de declaraciones que había hecho reivindicando a represores y ex funcionarios judiciales que estaban siendo juzgados por crímenes de lesa humanidad en la Megacausa III. Ese día lo embistieron todos juntos. El que estuvo a la cabeza fue el joven concejal del Frente Cívico, Lelio Manzanares, que cobró visibilidad por la fuerza con la que atacó a Posse:

– El repudio no es mío, señor Presidente – dijo Manzanares dirigiéndose al titular del Concejo, como se estila – Hay un repudio generalizado y una gran parte de la comunidad se ha sentido muy dolida por estas publicaciones y por los dichos, que no vienen a aparecer de golpe. Vienen de una línea de pensamiento. El concejal Posse tiene hoy la posibilidad públicamente de pedir disculpas a los presentes.

Y desató los aplausos de la barra.

Posse lo escuchó desde su banca con la mirada baja, tocándose la boca y tomando apuntes. Se dijo algunas cosas al oído con Gachi Orbuj. La lista de episodios que le recriminaban en esta sesión era larga. A principios de año había posteado una foto en Facebook leyendo el libro “Mentirás tus muertos”, donde el escritor José D´Angelo cuestiona el informe de la Conadep y califica como un mito los treinta mil desaparecidos. Unos días antes de la sesión, Rodrigo había hecho otro posteo en el marco de la Megacausa III, en el que decía: “No más persecución mediante la utilización de los Derechos Humanos como instrumento de venganza de los ex terroristas y sus fanáticos”. Y unos meses antes había defendido al represor condenado Jorge D´Amico en una entrevista radial, diciendo que era “una persona de bien”, que en los setenta “era joven” y no le cabía “ninguna responsabilidad”. Y había rematado diciendo que “les cabe idéntica responsabilidad a Montoneros, ERP y a los militares”. Macri ya era presidente y hacía poco había dicho que en los setenta había habido una guerra sucia y que no tenía idea ni le interesaba participar del debate sobre si eran treinta mil los desaparecidos. En Santiago, Posse conocía de cerca a los procesados locales: D´Amico pertenecía al entorno familiar de uno de sus mejores amigos, y el hijo del ex fiscal Olmedo había sido también alumno del Bachillerato Humanista en su misma época. Estas declaraciones le costaron que el Nuevo Diario le empezara a dedicar un sinnúmero de tapas condenando sus declaraciones.

Para peor, Posse había perdido terreno dentro de la versión local de Cambmiemos. En las presidenciales de 2015, los candidatos a legisladores nacionales y del Parlasur se definieron en las PASO, en las que el PRO perdió con el radicalismo, al que se habían sumado viejos adversarios de Rodrigo. Castor López recuerda:

– En 2015 vuelvo de la mano de Marcelo Lugones, por un acercamiento personal. Yo soy amigo de Marcelo desde los diez años, somos los dos hinchas de San Lorenzo, hemos estado juntos en la municipalidad. Ahí en esas elecciones de 2015 participo con algo de revancha. Lo acompañamos con Perez Leirós en la interna, que iba como candidato a parlamentario del Mercosur, y Marcelo Lugones para diputado nacional. Se gana la interna. Marcelo le gana a Posse y Pérez Leirós a Becker.

Esas internas habían sido con escándalo. Pérez Leirós había denunciado a la esposa de Rodrigo de robar votos en el cuarto oscuro, y Posse había respondido en la prensa caracterizándolo como “un insano y un imbécil”. Y más tarde confesaría en privado su sospecha del fuego amigo: creía que algunos rivales internos de Cambiemos eran los que habían fogoneado las tapas y los escraches del Nuevo Diario.

Acomodado en su despacho de la Legislatura, durante sus últimos días como diputado provincial, Marcelo Lugones, viejo y experimentado militante radical, recuerda aquellos días:

– Después de una interna quedan siempre algunas rispideces. Pero el punto de acercamiento era el proyecto nacional, sin lugar a duda. El común denominador. El mandato de la convención para los radicales.

– Perdimos apenas por quinientos votos esa interna_ recuerda Damián Orellana – Pero a partir de eso hemos empezado a trabajar mucho más fuerte. Les ha costado congeniar más a los referentes grandes que a la juventud. Los Jóvenes PRO y la Juventud Radical trabajamos en la mesa coordinadora, y somos los que hemos dado el primer paso para trabajar de manera conjunta dentro de Cambiemos y hemos llegado a trabajar en conjunto de muy buena manera.

 

***

 

En la cancha de fútbol, Rodrigo elije siempre ir al arco. La noche del 16 de junio de 2017 Marcos Marcos Peña le metió un golazo en la quinta de Olivos. Rodrigo venía siendo la figura de un partido en la que un grupo de dirigentes PRO del interior le ganaba 2 a 1 a los de Buenos Aires, donde además del Jefe de Gabinete jugaban el ministro del Interior Rogelio Frigerio, el armador Pablo Walter, y un par de ex jugadores que habían pasado por las inferiores de River. Al final lo dieron vuelta y los porteños ganaron 4 a 3. Los porteños siempre se las arreglan para ganar, aun cuando van perdiendo. En Santiago, el portal de noticias Ultima Hora, alineado editorialmente a Cambiemos, publicó fotos de ese partido de fútbol y una nota donde calificaba aquel encuentro como “una muestra de apoyo de la primera línea del gobierno nacional” después del “escarnio público sufrido por el edil”, que seguía siendo tapa de Nuevo Diario con una batería de denuncias de distinto tipo.

Posse, al arco, junto al jefe de gabinete, Marcos Peña (izq.), el ministro del interior, Rogelio Frigerio (der.), y Pablo Walter (centro), armador político de Cambiemos en el NOA. Fuente: Periódico Ultima Hora.

 Aquella noche de fútbol, Posse acordó con Peña y Frigerio la lista de unidad de Cambiemos para las elecciones de gobernador y diputados. Garantizaron el apoyo a la candidatura a gobernador de Marcelo Lugones, a pesar de los duros cruces durante la última interna y la continuidad de los roces durante el último año. A cambio, pedían más nombres del PRO en la lista de diputados y apoyo para el crecimiento futuro del partido en Santiago. El domingo 22 de octubre más de noventa mil santiagueños los votaron y Cambiemos llevó siete diputados a la Legislatura: dos de la UCR y cinco del PRO. Y hoy el mapa es otro: Lugones finalizó su mandato de diputado y perdió como candidato a gobernador, en Pinto el intendente Emilio Rached fue derrotado por el Frente Cívico, y Perez Leirós no figura en la escena. En ese contexto, Rodrigo Posse, que presidirá el bloque Cambiemos en la Cámara de Diputados, emerge hacia el futuro inmediato como la principal figura de la oposición política santiagueña.

En la cúspide de su carrera política, Posse asegura que en su vida como empresario nocturno aprendió tres cosas que le sirvieron para sus años en la palestra:

– El trabajo en equipo, la perseverancia, y el saber que siempre en un momento vas a estar arriba y otro vas a estar abajo. Y tienes que encontrar un punto de equilibrio para no creerte dios o el peor. Porque en la noche vos a veces explotas y después hay veces que no. Una vez abrió un boliche que se llamaba Kilkeny en la autopista. Una porquería, chiquito. ¡Nada! Pero nos lleva la gente. Con Mojho nosotros habíamos sido dioses y hacía dos meses que no iba nadie. Es la vida. Eso es la vida. Siempre les he tratado de inculcar eso a los chicos del equipo. Que el día en que se la crean que han llegado, son unos imbéciles.

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