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Por Sebastian Barrionuevo Sapunar.

Dormir la siesta hasta la seis de la tarde no genera ninguna culpa.

“Mis Anotes”, Jorge Rosenberg

Ahora que el verano arranca con todo su esplendor, en estos meses donde  suceden una especie de tormentas solares en la ciudad, la razón de ser de la siesta se explica naturalmente ¿Quién podría atreverse andar medio la calle con estos calores? La siesta santiagueña es una imposición del territorio desde tiempos inmemoriales y a esta altura un ritual consagrado.

Jorge Washignton Abalos demuestra en SHUNKO el poderío literario que la siesta detenta cuando se pretende hablar de nuestro pago con propiedad. El escritor marca en aquel libro: ..“3 de la tarde, siesta santiagueña”… Contextualiza todo un escenario en esa frase. Proclama en una oración mínima el cenit de algo que es central, luego avanza con el desarrollo de la historia de ese clásico personaje.

En la siesta: ¡todos tienen que dormir! Este sigue siendo el imperativo indiscutible. Padres, abuelas, tías vociferan de generación en generación aquella orden que a veces en un acto de arrojo brutal es acompañada de un cerramiento de puertas y ventanas con llave, para evitar que algún changuito vaya a estropear esas horas de descanso diurno. En  circunstancias especiales, si los niños y niñas en cuestión acostumbran contrariar en demasía el silencio siestero, se opta por  dejarlos jugando en la vereda o en la casa de un vecino donde irán a congregarse todos los herejes. En la cuadra de cualquier barrio todos los vecinos saben que familias duermen la siesta y cuáles no, es decir, todos tienen claro a donde no se debe molestar y a donde se puede concurrir sin cometer ningún sacrilegio.

Puede tolerarse en esta tradición cultural el inevitable ruido de la heladera que proviene de la cocina, el traqueteo de un aire acondicionado sin mantenimiento o un ventilador falto de lubricación, cualquiera de estos elementos sonoros puede actuar como somnífero cuando los moradores de la casa están familiarizados con él. Cuando viajaba a Frias, a la casa de mi abuela, el zumbido constante del ventilador de pie era una particularidad hermosa que iba acariciando los oídos hasta conciliar el sueño siestero.

Los porteños nos atribuyen el mote de vagos por dormir en horas de la siesta, varios humoristas santiagueños han hecho de aquel etiquetamiento, una parodia humorística que lleva al ridículo nuestra supuesta vagancia. Paradojicamente en la ciudad de Buenos Aires, actualmente hay un lugar que se llama “Selfishnes”, un lugar conocido como “siesteario”. Allí la gente paga por siestas de 20 min o una hora. Aunque parezca mentira, mucha gente va a dormir en esos lugares para aumentar su productividad y  rendimiento laboral. A mi entender se trata de una “relajación” que encubre cierto masoquismo, sin embargo aparecieron estudios científicos que prescriben estas siestas breves, promoviendo el desarrollo de este negocio.  En china, los siestearios son como unos cajones mortuorios en los cuales cada trabajador se acuesta con  cuidado para luego incrustarse en una suerte de nicho que le permitirá dormir planificadamente.

En Santiago, el “siesteario” rápidamente iría a la quiebra. Nuestra práctica cultural jamás enturbiaría su ceremonia con ese tipo de sofisticaciones que se sostienen sobre falsos cientificismos mercantiles. La siesta no puede ser un “desenchufe” momentáneo que pretende optimizar al hombre/maquina que debe rápidamente enchufarse nuevamente a la vorágine productiva que el sistema le impone. Los siestiarios son una estafa, para un trabajador que en el fondo lo que añora es soñar.

Jamás se podrá compatibilizar los siestiarios de las grandes urbes con la siesta santiagueña. La nuestra, genera un soponcio que necesita un tiempo de recuperación, un silencio, unos mates, una conversación calma, en voz baja… no se puede salir apurado a querer enfrentar no se qué obligación.  Dormir siesta en Santiago requiere de compromiso y empeño, es un acto que tiene un valor en sí mismo. Hay que poner la habitación a oscuras y dormirse sin culpa como señala el poeta, porque afuera hay una ciudad detenida.

La siesta santiagueña no tiene como finalidad primera hacer del hombre un sujeto más productivo. La siesta santiagueña esconde un sueño compartido por todos los comprovincianos, un sueño tan nítido que al despertar nadie puede recordarlo.

Dicho lo cual, si al despertase de una siesta la primera pregunta que le surge al siestero o siestera en cuestión es ¿Qué tengo que hacer? Probablemente haya sufrido la estafa de algún siestiario industrial, por que nada tiene que ver la siesta santiagueña con una obligación subsiguiente.

En cambio, el cometido habrá sido magistralmente cumplido si al despertarse de aquel profundo sueño colectivo la primera pregunta que aflora es ¿Quién soy?

 

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