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Por Nicolás Adet Larcher

Cuando salimos con Mariana a la tarde siempre vamos al mismo bar. Está al frente de una plaza que de noche es oscura. Hay unas pocas mesitas afuera, una puerta de vidrio que separa la vereda de la barra donde se hacen los pedidos, dos heladeras a un costado con vasos enfriándose adentro y una cocina al fondo. Desde adentro sale una onda expansiva de calor y se arrastra hasta la vereda. El mundo de afuera está separado del mundo de adentro por una cortina improvisada de plástico, como de rotisería. En nuestra mesa se mezclan los vapores de la cocina con la brisa de una tarde inusual de 24 grados. Mira que son 24 grados en enero. No es joda.

Mariana siempre se pide un carlitos. Con licuado. Con cerveza. Con una Coca-Cola. El carlitos es como el actor de reparto de cualquier bebida. Y ella es una especialista: dice que la posta del carlitos es cuando le meten manteca y no le ratonean el queso.

Pido una Stella.

  • Te das cuenta que un tostado está bien hecho porque las servilletas se ponen transparentes  – me dice.
  • No me gustan
  • ¿Los tostados?
  • No, estas servilletas plastificadas que te ponen en los bares.
  • A mí tampoco.
  • Te desparraman todo por la cara.
  • Pero mirá — tira dos veces del contenedor de Coca-Cola — cada dos servilletas viene una que adentro tiene otra que es de papel de verdad.

Nos reímos por la charla de servilletas. Empieza a nublarse. Unas nubes negras trepan sobre el bar. El cielo se vuelve pesado, la brisa baja unos grados más. La cortina de plástico va y vuelve, se vuelve enredada, se queda enganchada en una silla y se libera cada tanto. El mozo nos pregunta si queremos sentarnos adentro. Le decimos que no, que estamos a gusto. Mariana le está dando las últimas estocadas a su carlitos. Me termino la Stella.

Mientras la tarde se va, nosotros nos quedamos. Me recuesto sobre la silla de Coca-Cola con respaldo de lona. Primero con desconfianza, después con seguridad. “A estas sillas hay que testearlas antes, sino puedes pasar de largo” le digo a Mariana. Me dice que en la escuela una vez le hicieron eso a una amiga y se dio contra el pasto. Le digo que yo también. Era una joda que consistía en aflojar la lona del caño de aluminio de la silla para que pareciera que estaba todo bien. Cualquiera se sentaba y con el peso del cuerpo terminaba en el piso.

A Mariana le cuento cosas y a veces me olvido que se las conté. Y ella también se olvida que le conté. Ahora siento que ya sabía lo de las lonas, que lo conversamos en otro momento, ahí, en el mismo lugar. Sentados comiendo un carlitos con licuado. Con cerveza. Con Coca-Cola. Pero ella tampoco se acuerda y la charla fluye como si fuera nueva. Con Mariana nos reseteamos y reciclamos el interés con nosotros mismos. Somos apenas una base sólida, pero ya conocida que envuelve y desenvuelve relatos revueltos. Ya dichos. Escucho sus anécdotas mil veces más. Escucha mis anécdotas mil veces más.

La miro mientras el sol diluye los tonos y vuelve todo amarillo, o naranja. Mientras se esconde Mariana pasa el dedo por el plato y recoge migas negras y blancas, dispersas. Las come y me mira. Y se ríe.

  • ¿Qué hacemos? ¿Pedimos otra cerveza?
  • ¿Traes el paraguas en el bolso?
  • Creo que lo dejé en tu casa, no creo que lluev…

Un sonido ensordecedor atraviesa su voz. Una luz blanca enciende la cuadra. El agua ahoga parte de la mesa y nos levantamos de un salto. Corremos hasta el techo de chapa que está encima de la puerta. El mozo nos mira con cara de “yo les dije” y se va adentro. Dos chicos entran corriendo al refugio improvisado. Estaban sentados en la otra mesa. Todavía se siente el vapor caliente que sale desde adentro del bar. El viento nos lanza la lluvia. Nos acorrala en nuestro propio refugio. Gotas dispersas que impactan en mi remera, en el vestido de Mariana, la lona de la silla, la puerta, la pared, la cortina de plástico.

Otro estallido de luz y agua se deja caer sobre la calle. Me asusto. Mariana me dice que nos vayamos. Le digo que no, que esperemos a que pare. Me dice que si esperamos que pare puede que estemos una o dos horas parados ahí. Las calles se inundan. Las dos personas al lado nuestro parece que nos escuchan y nos dicen que vayamos los cuatro juntos.

  • “Lucas y Emilio” - se presentan.

Me quedo pensando. Lo suficiente para darme cuenta de que ya están corriendo entre la lluvia. Nos sumamos a ellos. Mariana improvisa un paraguas con la campera que tenía guardada. Estamos a veinte cuadras de mi casa y a muchas más cuadras de la de ella. Le grito que corramos lo más que podamos y nos refugiemos de nuevo. Me dice que bueno.

Alcanzamos a Lucas y Emilio. Lucas tiene la gorra empapada. Lo miro bien, parece tener unos cinco años más que nosotros. Una remera blanca y estirada de Back to the future que le llega casi hasta las rodillas, una bermuda de jean y unas zapatillas Nike. Emilio está vestido igual, pero con los colores invertidos. Remera negra lisa, zapatillas Adidas y bermuda de gabardina, beige.

Nos detenemos en una despensa. La lluvia es mucho más fuerte que cuando salimos del bar. Replanteamos nuestra estrategia. Mariana me mira. Percibo un gesto de angustia que me distrae mientras Lucas y Emilio hablan. La tomo de la mano y me acerco.

  • Bueno, vamos a tener que votar para quedarnos aquí o para seguir corriendo –  les digo.
  • Vivo cerca, no falta mucho - dice Emilio.
  • ¿Se inunda mucho por aquí?
  • Pero a dos cuadras hay una calle que tiene desagüe nuevo y casi no se inunda.

Mariana sigue angustiada. Ahora mira a Lucas fijamente. Como de reojo. Me acerco a su oreja y le pregunto qué pasa. Me dice que nada. Insisto. “Nada, nada”.

  • ¿Necesitan algo? — dice una voz atrás de nosotros.

Un hombre de unos 50 años se asoma por la ventana de la despensa. Un bigote despeinado le cubre toda la boca y atenúa su voz. Nos repite la pregunta. Le decimos que está bien, que ya nos vamos. Mira con desconfianza y traba la ventana desde adentro mientras la cierra.

  • El gordo Cejas. Unos chicos del barrio le roban alfajores siempre que pueden. Está re perseguido — nos dice Emilio.

Retomamos el camino. La lluvia sigue cayendo, cada vez con más frecuencia. Cada vez con más peso. El pavimento desapareció. Una capa de agua lo recubre. Los autos pasan provocando olas. Mojando a los desprevenidos. Los que esperan sobre el cordón de la vereda.

En los cuentos y en los poemas la lluvia es el engranaje que impulsa la creatividad. El café y la lluvia. La ventana y la lluvia. Hay canciones sobre el encanto de la lluvia. La lluvia es felicidad, intelectualidad, pero también es tristeza. “Quien detendrá la lluvia en mi” dice Maná. Las tardes son azules. Son grises.

A veces la luz del sol que aparece para armar algún arcoíris.

I want to know, Have you ever seen the rain
Comin’ down on a sunny day?

Dice Creedence.

Un lugar común dice Mariana.

Y en el imaginario la lluvia por lo general es eso. No hay poemas sobre los cables pelados que caen por el viento y se quedan esperando algún pie para atacar abajo del agua. No hay canciones sobre las cocinas y los colchones perdidos en las inundaciones de casas de barrio. No hay grandes voces que hablen sobre las baldosas flojas, los desagües tapados o los manteles mojados en la mesa de algún restaurante al aire libre.

Hoy, la lluvia no es el engranaje de ningún texto, ni es la inspiración de ninguno de nosotros. Con Mariana corremos a través de la balacera que cae del cielo.

Y eso es todo lo que sabemos.

 

*Primer capítulo de alguna novela.

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