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Por Belén Navarro

Cuando me decidí a ver Cuerpotesis pensé encontrarme con una obra relacionada netamente a la danza, físicos sudorosos y exigidos, despliegue escénico estrambótico… pero mejor empecemos de nuevo.

 

“El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información.”

(Fragmento: Carta abierta de Rodolfo Walsh, 1977)

 

Noche calurosa y húmeda de tormenta aflorante, llegué a horario, atribuí la escasez de gente al estreno que había sido el día anterior. Los sillones de la Hércules estaban forrados con papel de diario y sirvieron bocaditos. Se dio sala poco tiempo después de que explotara el chaparrón furioso con relámpagos y truenos. Me senté en primera fila, en la silla del medio, con las expectativas pertinentes a un ignorante de la temática y un con un estado de somnolencia atroz. Algunos pasos se escucharon en la madera levemente antes de que se prendieran las luces, y el proceso hipnótico de la obra hizo lo suyo a continuación.

Los personajes comenzaron a circular en escena como monigotes terroríficos. Había una magia surrealista en ese vestuario Ormaecheísta impecablemente planchado y adherido a la piel de entidades que parecían ser solo una carcasa perturbadora. Aún constituyéndose como una obra ineludiblemente relacionada a la palabra, la intimidación del contacto visual de uno de los personajes hacia el público, impactó en el acercamiento que establecería la obra 45 minutos después con la subjetividad de cada uno.

Usando los silencios, las ambigüedades y las contradicciones como formas de encarar filosóficamente las paradojas de la comunicación social y de la comunicación humana particularmente, el eje que más se trasluce, estuvo en la intención de someter al espectador a la reflexión de los argumentos de autoridad que le rigen frente a la moral, los hechos, la verdad, la historia, el lenguaje y la memoria.

Bajo la tesis de cuerpos actorales jugando a ser canales transmisores y rememorantes de la cicatriz ardiente bautizada como “proceso de reorganización nacional”; y del silencio, como recurso teatral simbolizante, que se hace eco del cuerpo sin género de aquellos desaparecidos cuya verdad fué “sistemáticamente” enterrada con el objetivo de quebrantar una voluntad con identidad de resistencia; profundiza como obra, el horror de hacer partícipe indirecto al espectador, de la victimización efectuada por órganos del estado bajo la ilusión del bien común, a sujetos como uno, como uno que pretende poner el pecho a los ideales de libertad y justicia, que en tiempos no muy lejanos a éste, han sido censurados y despedazados con impunidad.

Esos cuerpos son los cuerpos que resurgen como historia. Que eventualmente se transforman en palabra a través de conceptos que son advertidos por algunos, interesados en escarbar eso que se teme decir sobre las cosas importantes.

El Grupo Bisiesta se formó como un laboratorio y se desafió a resurgir, desde el registro de lo colectivo, algo de esa historia que nos involucra, recogiendo hechos que se resignifican desde lo teatral en esta maravillosa obra dirigida por Eduardo Betbeder. Hechos que acogen un fuerte simbolismo argentino y que nuclean gran parte de nuestro funcionamiento social presente.

Cuerpótesis se construye así, bajo la premisa del decir, y entre líneas, que si hay algo que permite deconstruir o reconstruir la MEMORIA es justamente la palabra, que no necesariamente se apareja siempre con la verdad.

Pareciendo insuficientes las incongruencias y los eventuales silencios morbosos para hacer brotar lo confusional; los personajes apelan a desplegar ambivalencias conceptuales y relaciones en espejo, que confrotan las construcciones imaginarias. Aparece la sonrisa frente a lo trágico, algo que descontextualiza; ellos interpelan permanentemente, se inmiscuyen y te escrutan. Interpelan el prejuicio, la norma inalterable que nos rige desde la cuna social, interpelan esa negación histórica que construimos argentinamente con el olvido y la repetición inércica de discursos armados.

Con claras referencias a la época de la dictadura militar, textos de Rodolfo Walsh, guerra de Malvinas, Carlos Juárez… dan rienda suelta a la puesta en juego de la condición humana que se autoatribuye erróneamente autoridad para ejercer la objetalización tortúrica de quién sostiene un pensamiento distinto; y como contrapartida, exponen el silencio de otros, esos que disponen sus oídos a banalidades mediáticas que los estupidizan. La imposicion de cumplimiento ciego a la norma marca la puerta de entrada al crimen; sea la sociedad o un poder que violenta, que juzga la desviación del mandato imponiendo turbación y pánico; sea la resistencia, el acallado, el engañado, quien devuelve la violencia con la cuál lo han coaccionado o sometido.

EL (Juancho Larrea) es el personaje de la autoridad política; de voz impetuosa, porte estricto y postura inalterable. Representa a gran escala ambas caras de la Guerra Sucia: el dictador y el censurado, el ejecutor y el desaparecido, el de la orden y el torturado.

Escena II: “El pueblo santiagueño está cansado, no se cuánto tiempo más aguantará, se alzará y se hará sentir. El fuego traerá cambios con su poder habitual. Caerán líderes que se pensaban indestructibles (…)

Escena III: “Si quieren venir que vengan, la casa está en orden. Basuras (…) Yo voy a quedar limpio, voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero si ante la historia ¿comprende?

ELLA (Eugenia Fittipaldi) es la presencia de la juventud pero no de la inocencia, se manifiesta como frescura de la posición empática, que es a veces cínica. En el día a día es la figura de la ignorancia oculta tras una sonrisa perturbadora y vacía, y de ojos ciegos a la realidad. Desde la polaridad contraria es quien reflexiona, la voz que cuestiona, se alza y aturde. Es la impotencia que marca el quiebre hacia la reconstrucción de lo humano cuando comienza a cuestionarse sobre la verdad y la dificultad de los hombres para relacionarse con fraternidad, reacciona frente a la dificultad de estos hombres para encontrar espacios donde se hace posible la unión, la inclusión y la equidad. Ella busca activamente el entrecruzamiento entre los personajes de la trama escénica, los moviliza, se fusiona con ellos, pero es el único personaje que parece sostener una identidad voluntariosamente firme.

El DESCONOCIDO (Daniela Ríos) parece constituir el enfoque periférico. Es quién se acopla a cualquier situación; el todo, lo general, lo amplio; es un personaje que según mi percepción no tiene cara, marca un clima escénico que representa al ausente que tracciona en la memoria y denuncia. A través del absurdo refuerza los aspectos más insanos del resto de los personajes, es el espejo de la causa social, de la causa política y sus efectos a gran escala. Lleva la impronta de la verdad oculta, que se mueve por todo el espacio sin revelar nada sino hasta el final. En un principio es una voz invisible y ajena entremezclada con el espectador, exclama y se acopla al escenario para apropiarse de él. Al poco tiempo promueve explícitamente el programa de acción de represión ilegal que sistematizó la dictadura militar en el `76. Metáfora de la historia; cuya contracara denuncia un sufrimiento que ha “desgarrado, masticado e inflado de odio hasta estallar”. Los NN, los sin nombre, quebrantados, inexistentes, desubjetivados. De quienes lo único que debía de trascender según el sistema perverso, debia de haber sido el sonido de la tortura.

Escena III: “Habría que romper todo, pero sin remordimientos Coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana ¡Salud!”

Escena X: “Seguís viviendo, casi no respiras pero seguís viviendo. Tus pulmones ya no funcionan pero seguís respirando y casi que podes escuchar como la sangre corre lentamente por tus venas y la memoria empieza a hacer su trabajo. El sufrimiento se va colando por tus poros y poco a poco se apodera de tu cerebro”

La VIEJA (Pablo Maldonado) es imagen de las creencias colectivas; viejas doctrinas que cuesta abandonar y que se fusionan con el prejuicio. Las estructuras mentales que se traducen en las formas políticas y las demandas sociales que someten a sujetos jóvenes que militan utopías. Es la resistencia al cambio, el miedo a la pérdida de lo ganado, es la perpetuidad de los gobiernos y la carga violenta frente a nuevas ideas. Es el control social encubierto tras una figura frágil e inestable. Una voz temblequeante que no revela la autoridad simbólica que conlleva, el respeto por lo viejo, es el conformismo y el estancamiento, el personaje se mueve lento, retorcido, y desde las sombras vigila. El ojo que todo lo ve; impone miedo, pudor y castigo. Representa el juego perverso de la política que distorsiona la información, que censura y silencia, que manipula y ejecuta en abuso del poder.

Escena VII: “Solo estaba cumpliendo con mi trabajo. Será su vida o la mía (…) me llamó la atención que hablasen de política… es tan peligroso”

La VIEJA dispara EL cae. La VIEJA dispara ELLA CAE, la VIEJA dispara el DESCONOCIDO cae.

Charly Güarez, el Coronel y el Vigilante se acoplan a la historia sobre  premisas inherentes a la corrupción, la anticonstitucionalidad y la violentación de los derechos humanos. El despliegue de éstos involucra a todos los personajes y son caóticos. Hablar de política es peligroso. El Vigilante piensa que ser útil es servir a la sociedad, pero le resulta asfixiante pensar en cambiar el mundo, y es por eso que se convence de que solo existe una manera de hacer las cosas; le han lavado el cerebro y ahora pide a gritos culpa, violencia y juicio.

El gemido, la agonía y la vulnerabilización del otro aparecen jugándose tras la presencia de estas entidades perversas, indefinidas físicamente, pero explicitadas a través de una energía invisible y todopoderosa, una voz que canta y que no se ve, pero que rodea a todos. Son momentos donde el silencio alcanza su estatus magnánimo como símbolo que encapsula la escena, haciéndola atemporal.

Entre los conceptos ejes que encolumnan la obra: repetición en acción, negación e indiferencia; aparecen afirmaciones que abandonan los lugares comunes para cobrar sentido como modos en que la sociedad presume una careta de compromiso frente a la realidad, (“viva la patria”, “qué casualidad”, “¿es un chiste?”, “¿es una bomba?”, “ser o no ser”, “todos los hombres son iguales” “¿se escuchó algo?”) Ellas encubren la negación y la indiferencia, son los personajes que observan al publico estáticos, de espalda al sufrimiento de quien se retuerce en escena.

“Algo pasa con la gente. Algo pasa con las palabras. Decimos palabras y las palabras no nos unen, nos separan. Las palabras forman puentes que nos separan”.  ELLA comienza a interrogar sobre la verdad, piensa en la fraternidad de todos los hombres, pero encuentra que es mejor callar, mientras las palabras no sirvan para comunicarnos y entendernos. Quizas el silencio sea la metáfora de los gobiernos del miedo, la única forma de afrontar los enfrentamientos ideológicos y la disparidad, frente a las cuestiones de poder.

Llegando al final de la obra, el DESCONOCIDO le revela que si hay algo que sirve como ilusión de encuentro y fraternidad es el sufrimiento. Lo mas real, lo que nos une, lo que nos vulnerabiliza, es lo que nos hermana. Pensarnos provincia o país, pensar en no repetir los abandonos sociales, pensarnos en equidad, en justicia, en derecho.. pensar-NOS, supongo, puede funcionar como inicio de conciliación frente a las nuevas grietas.

 

“Yo sé que me entiendes, porque en eso todos nos parecemos”

 

La obra trabaja conceptos fuertes desde el humor y los entredichos; un humor negro, interno, muy vinculado a la historia nacional. Un humor que si genera risa, ésta aparece como expresión de descarga frente a la crudeza del relato.

Las contradicciones, las fusiones entre personajes, los elementos en espejo, las réplicas en eco, generan un clima confusional, esa aura de distorsión mental y locura que impacta porque pone en juego representaciones sociales sobre las que nos hallamos inmersos. Todo esto en una dimensión de atemporalidad que lleva a reflexionar, a gran escala, sobre las formas en que construimos el pasado y el presente histórico de nuestro país. A mediana escala, sobre como construimos y deconstruímos relaciones cotidianamente; y a pequeña escala, sobre pensamientos, creencias, juicios, y conflictos internos en relación a valores y a formas en que percibimos lo que sucede en los diferentes planos de la vida.

Cuerpótesis es una creación colectiva que se complementa con el diseño lumínico de Melisa Hoyos y el sonido en vivo de Ale Gupalli. Cada función es una pieza única, y te invita ineludiblemente a ser protagonista de la escena; porque cuando los actores rompen con la cuarta pared, esa pantalla imaginaria que los separa del observador, te hacen responsable, te incitan a hacerte cargo de que, lo que está sucediendo, es el espejo de tu propia realidad.

 

 

Nota: La obra se reestrena en Santiago del Estero los días  31 de Marzo y 14 de Abril de 2018 a las 22hs. en sala “Hércules, espacio de artes escenicas”.

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