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El arte de mirar nuestro lado oscuro

13 marzo, 2018

El arte de mirar nuestro lado oscuro

Por Ignacio Ratier

Sucede que hace cuatro o cinco días entro al baño y la veo. Está en la esquina más alejada de la ducha, donde el agua no llega. Tirada, boca arriba, moviendo las antenas y dos de sus patas. Tengo una cucaracha en el baño, está agonizando y todavía no he hecho nada para que deje de sufrir.

Es verano, salen de a montones y, junto a ellas, sus cazadores, los escorpiones, se suman a un juego desquiciado de persecuciones que atenta contra el ritmo de la vida familiar. Todos, por lo menos aquí donde vivo, andamos con cuidado, revisamos los calzados antes de usarlos y un toque nos perseguimos cuando dormimos. Puede pasar que una cucaracha camine por tu piel, intranquila, con ese paso apurado que las distingue. Son espíritus condenados al escape. Muchos de nosotros, los humanos, nacemos bajo el mismo signo.

El punto es que esta situación me llevó a la reflexión de un par de cuestiones. Primero, a pensar que siempre las estamos persiguiendo, no mezquinamos nunca el chancletazo si las tenemos a tiro. En esta época se vuelve un deporte provincial. ¿Por qué, entonces, si la he visto sufrir estos cuatro o cinco días, a conciencia, no le he dado fin? ¿Qué me detuvo?

De chico nunca me llamaron la atención, más bien me dedicaba al pasatiempo de mirar hormigas. En el patio todavía no habían colocado panes de césped, entonces, buena parte de ese territorio lúdico era de tierra. Con mi hermano solía enterrar y desenterrar objetos constantemente. Habremos escondido alguna que otra cosa. A Lucas, por ejemplo, un pequinés atropellado por un camión a la vuelta de casa un sábado al mediodía que se escapó, lo sacábamos y devolvíamos a su zona de reposo. No faltará el esotérico que achaque la conducta, aludiendo a la falta de tacto y empatía. Alguna tara con la muerte o con lo poco que sabíamos acerca de ella puede que nos haya motivado a curiosear los restos del perro en numerosas ocasiones.

En el trajín de esas siestas en que hurgábamos los rincones del patio, de vez en cuando observaba la vida de las hormigas. Tan diferentes, ellas, a las cucarachas. Solidarias y laboriosas, cargadoras de pesos pesados, constructoras, inteligentes. Recuerdo haber seguido sus tareas con minucia y haber visto incontadas veces situaciones en las que, ante la irrupción de imprevistos, accidentes, trastabilles de alguna compañera, siempre aparecía una para relevar. Todo lo resolvían colectivamente. Si me encontraba con alguna extraviada, perdida del grupo, corriendo en círculos, a los pocos centímetros -cuadras y cuadras para ellas, en ese desierto en el que operan- ya se veía clarito como llegaba el auxilio y el encarrile para la obrera desorientada.

Con las cucarachas es distinto. Durante este verano infernal he visto a decenas de ellas pasearse por la casa y específicamente por el baño. Ninguno acudió en ayuda de la agonizante. Son samurais haciendo su camino solitario, jugando al sálvese quien pueda. Cada una con su mambo, persiguiendo los olores más exquisitos para su olfato. No obstante, de dar una mano -o una pata- no hablemos.

Eso, por un lado.

Por el otro, debo confesar: mi actitud me desconcertó. Pude ver adentro mío algo perverso e incómodo. Y, creo, ese hecho, facilitó el goce: me sentaba y una parte de mí pensaba en el sufrimiento del insecto. Y la otra disfrutaba. Qué creo que tiene que ver eso con el arte, con la escritura, es la cuestión a la que me he demorado tanto en llegar.

Por estos días, empecé a ver Mindhunter, una serie original de Netflix, esa mutación de lo audiovisual que nos hizo sentir poderosos y nos convenció de que tenemos el control, que decidimos todo por el sólo hecho de elegir el momento en que vamos a ver lo que nos interesa; y nos convenció de que vive para nosotros, para entendernos, conocernos y luego ofrecernos lo que queremos. En fin. La serie es sobre un agente del FBI que comienza a interesarse sobremanera en la mente de los criminales más peligrosos; los que violan y asesinan en serie. Los famosos incurables.

El protagonista es un joven de 29 años y se llama Holden Ford; se puede decir que es un puritano, así lo caracteriza su novia, una chica que está haciendo un posgrado en sociología y que conoce en un bar, mientras toman unos tragos. Holden no ha tenido una relación formal desde que ha terminado la escuela y predica dentro de la policía federal su fe en el diálogo y la empatía para resolver situaciones límites. En el comienzo de la serie, intenta convencer de entrar en razón a un desquiciado que tiene de rehén a una chica y está desesperado por encontrar a su novia. Usa su talento para hablar con él y tocar sus puntos frágiles sin que éste se sienta amenazado. Finalmente, el agente roza una fibra indebida en el maniático y éste, finalmente, se vuela la cabeza.

Holden Ford no soporta los sentidos comunes que sustentan las creencias mayoritarias dentro de las fuerzas de seguridad. No soporta la idea que más se pone en juego en ese espacio: el criminal nace criminal y no hay con qué darle. A todo momento busca poner en jaque los pensamientos de sus compañeros y superiores, y les hace preguntas que incomodan. Su nueva novia socióloga le ofrece el marco teórico que le faltaba a su ingenio y ahora quiere dedicarse a estudiar en profundidad la conducta criminal, con el objetivo de extraer respuestas que le permitan resolver problemas concretos. En ese camino, conoce a un agente que, al igual que él, se desempeña como profesor, y juntos emprenden una aventura perturbadora de búsqueda no exenta de sobresaltos y rispideces con sus superiores y entre ellos mismos.

Menciono la serie porque lo que le sucede al protagonista se parece mucho a lo que me pasa con la cucaracha moribunda. Él se ve seducido por la barbarie. Yo me veo sorprendido por el goce que me produce el sufrimiento de la cucaracha. Me veo seducido por la barbarie que me habita. Y escribo porque es la excusa perfecta para indagar en todo eso que somos y dejamos en el fondo del placard, tapado, para evitar en lo posible que sea percibido por los demás.

Hace tiempo que tiendo a pensar que la escritura, esencialmente, se justifica por eso. Es cierto, escribir es pararnos en un umbral y proponernos dar un paso adelante: conocer, crear conocimiento. La reflexión sobre cualquier tema implica poner en juego nuestro acervo y producir algo nuevo. Sin importar si lo que se sostiene es más o menos errado.

¿Pero es posible crear conocimiento sin antes explorar en nosotros? No imagino un hombre que en simultáneo sea libre e ignorante de lo que es. Escribir es un camino de autoconocimiento y el autoconocimiento no es posible si no escarbamos en nuestras miserias; en lo que nos avergüenza y pone en jaque nuestros valores, la zona más candente de nuestras contradicciones.

La criatura agonizante fungió con claridad de pista para pensar en esto. La escritura ahora debe hacer el resto. Algo vi en mí que me asustó. Eso que me choca y amenaza es la vela que elijo seguir cuando le encuentro sentido a sentarme y darle una forma a lo que pienso. Por lo pronto, la cucaracha ya se murió.