Edición #11

El largo camino del tesista

28 marzo, 2018

El largo camino del tesista

Por Esteban Brizuela

Escribir una tesis es encontrar un camino y transitarlo. El marco teórico vendría a ser tu ruta, pero sucede a veces que te desvías.

Redactar esta tesis me está haciendo sufrir horrores.

Hay días en que me siento Superman y pienso que podré terminar las por lo menos 120 páginas que necesito escribir en cuestión de meses. Hay otros días en que me levanto pesimista y pienso que esta tesis será el trauma irresuelto que me acompañará el resto de mis días.

“Hacé de cuenta que tengo que ir a Córdoba y estoy en Ojo de Agua con el motor casi fundido. ¿Qué tengo que hacer? ¿Me quedo ahí? ¿Intento volver? ¿O sigo?”. “Yo sigo, que se cague!!!”, me responde un amigo cuando intento graficarle mi dramática situación.

El encuentro y conversación con el director de tesis puede ser un alumbramiento o un pasaje a un túnel sin iluminación. Sucede esta segunda alternativa cuando el director en cuestión te muestra la ruta que debías seguir y te das cuenta que agarraste por cualquier otro camino.

La tesis es angustia. Siempre te acompaña en tu cabeza. Es como la novia que te dejó. Hagas lo que hagas, ella está, todo el día, a toda hora. Cuando te levantas y cuando te acuestas. Cuando trabajas y, especialmente, cuando tienes tiempo libre. Porque el tiempo libre que no dedicas a la tesis te hace sentir culpable. “En este momento debería estar escribiéndola”, dices mientras sufres.

Mi cuenta pendiente es haber sido becario del CONICET o alguna institución similar. Fantaseo con que si hubiera sido así, no estaría hoy en este callejón tenebroso. Con más tiempo y lecturas diarias, esto no estaría pasando. La historia contrafáctica sirve de consuelo.

¿Para qué escribo esta tesis? ¿Alguien la va a leer además del jurado que evaluará? ¿Qué clase de onanismo es esta práctica escritural? ¿Tiene otro sentido más que el de acumular certificaciones de avances de estudio?

El desafío más tremendo que debo afrontar en la escritura de esta tesis es el vínculo que tengo que establecer entre historia intelectual y teoría política. Debo lograr que si me lee un historiador no me objete que estuve flojo de fuentes y si me lee un politólogo no me diga que volé bajito en las reflexiones de naturaleza teórico política. En qué berenjenal me metí, Señor.

¿Alguien fue feliz escribiendo una tesis?

Tengo un aliciente en mis “crisis de tesis”. Ya escribí dos, una para la licenciatura y otra para una especialización. No hay dos sin tres, reza el dicho. Y tengo práctica en la escritura. Otro poroto a favor. Escribí muchas páginas, no creo que valgan la pena, pero no importa, sirvieron como práctica.

En diciembre leí “La novela luminosa” del escritor uruguayo Mario Levrero. En realidad, es el diario de la imposibilidad de escribir su novela. Levrero ganó la beca Guggenheim para su proyecto de “La novela luminosa”, y resulta que cuando se dispone a concretarla, no puede hacerlo, entonces escribe sobre su diaria lucha sobre esa imposibilidad. ¿Y si hago eso? ¿Si escribo 100 páginas sobre mi mente en blanco para escribir la tesis? ¿Si llevo un registro periódico de mi sufrimiento por no poder avanzar en la tesis, le doy forma, y presento eso en la universidad? ¿Qué cara pondría el tribunal al leer ese engendro?

Ya probé escribir de noche. De madrugada. De mañana. En el patio de casa. En todos los bares de Santiago. Al frente de la playa. En bares Havanna de la Costa Atlántica. Y nada.  La cosa no fluye. No arranca. O arranca un poquito y rápido se queda sin nafta.