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Por Soria y Obes

La muerte en Santiago es un remanso aciago. El cursus honorum del sentimento trágico bajo la veleidad de las frigorías.
El muerto y los deudos entran a un tiempo artificial de conservación: el dolor y las fragilidades del ser empiezan a llenar el espacio de las conversaciones, y las conversaciones van menguando su excitación inicial por un paulatino recogimiento.

El gran poder de las salas velatorias es obligarnos al delay: de nuestras pasiones, de los movimientos aleatorios en ese territorio, por los modos apesadumbrados y parcos con los que volvemos a sentarnos.

El frío del muerto es también nuestro frío, y finalmente son las condiciones de la sala…

A metros de la funeraria la florería tiene los vidrios empañados. Tenemos la fragilidad de las flores y el frío nos ayuda a que marchitemos con dignidad.

Los delivery entran y salen con coronas que cuelgan de los hombros, cruzan el desierto para llegar hasta ahí, y tocados por el arreglo se compungen y se ponen lentos. El frío de la muerte los abraza, y ellos abrazan la corona como el auxilio de una bicicleta que debe llegar a salvo.

Vivimos bajo el tinglado de una metalúrgica soplándonos el culo. Cuando llueve el yunque se moja, el jornalero respira y la remisería no atiende los teléfonos.

La muerte en general produce una delectación térmica, que las salas velatorias saben poner a resguardo. El frío del primer shock es galvanizado por la emisión constante de aire boreal. Se sirven gaseosas a los recién llegados y a los jóvenes, los demás aceptan café y whisky, una tasita de café y un vaso de agua es la combinación acostumbrada.

Cuando llueve el asfalto crepita igual al zinc, las gotas son piedritas que tocan la superficie, suenan y se esfuman. La gran boca del infierno permanece entreabierta y pese a los desagües de la civilización, las comisuras de la boca están soldadas en tierra.

Morir en el infierno es un remanso pasajero para los que vuelven al galpón, a la nuda vida de Agamben, al calor extremo de un infierno cotidiano.

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