Edición #11

Que te digan “mi niña linda”

28 marzo, 2018

Que te digan “mi niña linda”

Por Gladys Loys

Perdida entre la Jaramillo y Córdova te encuentras, mapa en mano, buscando la Benigno Malo. Tienes el paisaje pegado a los pies, nada es recto, nada es plano.

El mismo tronco, pero aquí dio ramas frondosas, los ríos le limpian las hojas, las hojas que te abanican de verde nuevo el alma. Cada tramo de empedrado regala embeleso, aquí la paja toquilla, allí la makana. El enjambre de sabores se dibuja en frutas y platos de nombres irrepetibles pero imborrables.

Y el hombre mayor, como uno, te dice: “mi niña linda”, señalándote la calle que has de tomar, en la calle, y no tiene ni una brizna de acoso callejero.

De aquí no se llevaron nada, piensas.

Bajas los 46 escalones de la Juana de Oro y en la mitad del trayecto, dos hombres, mayores, como uno, en sentido contrario. Toman el aire que la altura y el esfuerzo le quitaron, y en lengua extranjera dicen, haciendo ademan de “no”, lo que vos, en español, le completas: no, no es lo mismo subir que bajar la escalinata Juana de Oro. Ninguna brizna de viril superioridad.

Bajas, bordeas el río, los sauces lloran la despedida. ¿Cuánto tiempo dura, en ausencia, el estímulo de esta amigabilidad Cañaris?

¿Cómo retener los matices, que como en ese cuadro del museo de arte moderno, se superponen al fanático o blanco o negro?

En el descenso ganarás gravedad, perdiendo, no sólo la vista del Chimborazo.

Sabes que por aquí también pasaron, mira sino lo que testimonia Guayasamín. Contaminaron.

Pero como algunos seres, hay lugares que implosionaron la violencia, antes que devolverla entre los suyos. Contenidas manos para llorar del indigenismo su avasallamiento. No te sueltan. De alguna forma aprendieron que no hay salvación si no es con todos.

El secreto será, quizás, el insomne parque Pumapungo que vela, clavado en plena ciudad contemporánea, por el recuerdo de la administración que hacían en Tomebamba, buscando conservar, de aquella, la buena práctica de uso de lo biodiverso, queriendo que éste y aquel y aquel, uno y otro recurso gravite, en el empleo actual, su ser andino.

Serán los cañaris-inca habitando, aun, como Tomebamba, allá, insomnes, en el Parque de Pumapungo.

Sabes que cerrar la computadora apaga el día, casi consuela que por el gran ventanal te envuelve el Turi.

Un día menos. Otro enorme de latidos.

Y te preguntas: ¿es paso y continuidad la vida? No desaparecen tus mayores, ni tus compañeros de camino. La memoria cuando es amorosa es infinita. Hoy te llevas a dormir el recuerdo de la yuca compartida.